Éxito o desastre: cuando la mejor gestión es la que inventas sobre la marcha
Dicen que en política el lenguaje es clave. Como aprendería aquel aprendiz de brujo, Fernando Simón —a quien ya le va saliendo una digna sucesora—, la palabra adecuada puede convertir un naufragio en una travesía exitosa. La ministra de Sanidad, Mónica García, ha decidido poner en práctica esa filosofía con un pequeño, mínimo, casi insignificante detalle llamado «hantavirus».
Porque hete aquí que un crucero se convierte en el escenario de una gestión modélica. ¿El motivo? Tres pasajeros —dos estadounidenses, un francés— han sido desembarcados en Tenerife sin una simple PCR. Como quien baja a por el pan. Pero no se alarme, querido lector: según la ministra, todo es un «éxitazo». O un «éxito», que para el caso es lo mismo. Quizás el problema es que no dominamos la nueva semántica gubernamentil, donde «éxito» significa «menos mal que no hemos tenido que cerrar el aeropuerto».
El periodista que se atrevió a preguntar (pecado mortal en Moncloa)
El corresponsal de The Telegraph —si, ese periódico tan sospechosamente aficionado a los hechos— cometió la osadía de preguntar: ¿de verdad cree usted que es un éxito dejar esparcir tres potenciales bombas biológicas por suelo canario? Y entonces, como un espejismo en el desierto de la responsabilidad, llegó la matización: no, si éxito sí, pero matices… Verá, lo importante es la foto internacional. El «gobierno humanitario». Solidario con los pasajeros, con los inmigrantes —aplauso cerrado—, pero ay, queridos canarios, ustedes no son más que el escenario. Como la tierra donde cayó el meteorito.
Jugar con fósforos en un polvorín (y llamarlo política sanitaria)
Juegan con fuego, sí, pero no fuego cualquiera. Esos de los que ahora manejan las cerillas lo hacen dentro de un polvorín, la pólvora humeante repartida por cada rincón de Canarias. Solo falta una chispa. Y tres pasajeros sin test son tres mechas encendidas paseándose por Tenerife mientras el Gobierno mira para otro lado y susurra: «Todo va bien, jefa».
El humanismo selectivo: solo para los que no votan aquí
Pero lo mejor de todo es la sublime contradicción: el mismo Gobierno que defiende ser «el más humano de Europa» —sobre todo cuando se trata de votos en el Congreso o de quedar bien con la progresía continental—, ese mismo, se olvida de lo más básico: de los suyos. Del pueblo español. De los vecinos de la isla que ahora mismo podrían estar incubando un virus sin saberlo. Porque sí, señora aprendiz de Simón, la responsabilidad planetaria es cansina y muy poco agradecida. Es más fácil sacar a los pasajeros del barco, darles palmaditas en la espalda, y desearles buen viaje a ver si el virus se pierde entre aeropuertos.
El problema —y aquí viene lo realmente tragicómico— es que no son conscientes de su propia irresponsabilidad. Camino del desastre, lo adornan con banderas de éxito. Como quien pinta de rosa una pared que se va a derrumbar. No saben exactamente lo que hacen, pero suenan muy seguros al decirlo.
El éxito final: cuando la catástrofe se haga global (y la culpa sea de otros)
De modo que, querida ministra, permítame la osadía de repetirme: si al final el hantavirus empieza a propagarse por Tenerife, por España, por el mundo, por culpa de una gestión que desembarca enfermos sin diagnosticar, ¿seguirá hablando de éxito? Porque si es así, entonces estamos ante un nuevo concepto de éxito: aquel que solo se mide por la capacidad de no enterarse del desastre hasta que es demasiado tarde.
Y por favor, que nadie le diga a Fernando Simón que tiene una alumna aventajada. O quizás sí. Quizás se merecen el uno al otro. Ah, y los canarios, al sofá y a esperar. Que para eso están las islas: para postal, no para prioridad sanitaria.








