Un «accidente laboral», dijo con una naturalidad pasmosa, mientras otros políticos se retuercen buscando las palabras adecuadas para consolar a unas familias destrozadas. Porque claro, dos hombres que se enfrentan a mafias armadas con lanchas nodrizas y pistolas, que chocan su embarcación durante una persecución a alta mar… eso es equiparable, según la lógica superlativa de la señora
Montero, a que se te caiga un ladrillo en la cabeza en una obra o a que te dé un golpe de calor en un almacén.
La venda y los andaluces
Pero lo más divertido —por no decir otra cosa— es que la vicepresidenta parece no haber recibido el memo. Los andaluces ya no se tragan estos discursos. Esa venda que durante décadas les impidió ver cómo el PSOE trataba a Andalucía como un cortijo particular se ha caído, y por la rendija han entrado la indignación y la memoria.
Los andaluces saben perfectamente qué clase de políticos son estos socialistas. Los mismos que durante 40 años hicieron de la Junta un chiringuito clientelar, los mismos que ahora hablan de «accidentes laborales» cuando dos guardias civiles son masacrados por el narco. Y encima se atreven a vendernos que son los únicos que defienden los derechos de los trabajadores. Vaya derechos: los de los agentes fallecidos consistieron en ser pasto de las balas —o de las colisiones— mientras el Gobierno que ella misma coordina miraba para otro lado con la seguridad en el Campo de Gibraltar y en Huelva.
Vergüenza ajena (y propia)
Las redes sociales, ese termómetro cruel pero a menudo certero, ardieron en cuestión de minutos. Asociaciones de guardias civiles, sindicatos policiales y hasta políticos de su mismo signo prefirieron esconderse bajo la mesa al escuchar semejante barbaridad. Porque no es casualidad: Montero no es una becaria recién llegada; es la número dos del Gobierno, la que maneja los presupuestos, la que decide cuántos medios se destinan a la lucha contra el narcotráfico. Y resulta que esos mismos medios son «insuficientes», según reconocen hasta los sindicatos policiales, pero ella lo reduce a un accidente de trabajo.
La conclusión es trágica, pero sobre todo patética: para Montero, los guardias civiles que mueren en Huelva son una anécdota estadística. Un dato más en la siniestralidad laboral. Como si su vida y su sacrificio cupieran en una casilla de Excel del Ministerio de Hacienda titulada «Percances varios en acto de servicio».
Una Choni Barriobajera que se cree inteligente
Lo peor de todo es que la señora Montero se cree inteligente. Piensa que usar eufemismos y tecnicismos administrativos es una muestra de superioridad intelectual. Pero lo único que ha demostrado es una indigencia moral tan profunda que hasta sus propios compañeros de partido deben sentir vergüenza. O no, porque tratándose del PSOE, probablemente le den el próximo puesto en las listas como premio por «ser valiente».
Mientras tanto, los dos guardias civiles siguen muertos. Y el narco, celebrando en sus chalés de lujo que haya políticos que llamen «accidente laboral» a la cacería de quienes intentan pararlos.
Gracias, señora Montero, por recordarnos a los andaluces —a los que ya no llevan venda, como usted dice— por qué su partido fue desalojado de San Telmo. Y por qué, con suerte, no volverá ni de visita.








