El descaro como política de Estado: la metamorfosis del guardián en delincuente indultable
Vergüenza ajena debería darle a este país ser testigo de cómo el ex fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, condenado por delito doloso, no solo sigue ocupando un despacho en el Supremo, sino que ahora activa toda la maquinaria del perdón institucional. El mismo hombre que personificaba la majestad de la ley, que perseguía su cumplimiento con supuesta firmeza, hoy se agazapa detrás de tecnicismos e indulgencias gubernamentales. ¿Dónde quedó aquella intachable severidad con la que juzgaba a otros? Se evaporó tan pronto como el dedo acusador apuntó hacia su propio chaleco.
El Ministerio de Justicia, con un cinismo que roza lo patológico, ha iniciado el trámite de indulto solicitado por dos particulares. ¿Quiénes son estos misteriosos benefactores? El anonimato resulta convenientemente opaco. Así funciona el club: cuando uno de los tuyos cae, se activa la red de favores, los hilos se mueven en la sombra y la institución entera se pliega a salvar al caído. Mientras, cualquier ciudadano común hubiera visto su carrera destrozada y su nombre arrastrado por el fango mediático sin contemplaciones.
La doble moral escrita en expedientes judiciales
La defensa del ex fiscal, subvencionada con dinero público a través de la Abogacía del Estado, alega «vulneraciones de derechos fundamentales» en una sentencia del Tribunal Supremo. Es decir, la institución que representa al Estado cuestiona al Poder Judicial del Estado. Un espectáculo grotesco de autoflagelación institucional donde el gobierno pide informes a un tribunal al que simultáneamente desacredita. ¿O acaso alguien cree que este informe del Supremo, cuando llegue, será considerado si es negativo?
El mismo García Ortiz que como fiscal general avalaba procesos y decisiones judiciales, hoy tilda de «irracional y arbitraria» la sentencia que le condena. ¿Eran racionales y justas solo las que beneficiaban a su posición? Esta capacidad camaleónica para cambiar de principios según sople el viento debería estudiarse en las facultades de Derecho como ejemplo de lo que NO debe ser un jurista.
El precedente indecente: los indultos como moneda de cambio político
El Gobierno de Pedro Sánchez ya demostró con los líderes del procés que los indultos son herramientas políticas, no actos de gracia. Aplicó entonces la doctrina de la «utilidad pública» contra el criterio del Supremo. Hoy, ese mismo patrón se repite: si el indulto a independentistas buscaba apaciguar Cataluña, ¿qué «utilidad pública» justifica perdonar a un ex fiscal? ¿Acallar sus posibles revelaciones? Comprar silencios incómodos? La ecuación es obscena: poder a cambio de impunidad.
Mientras, la víctima real, Alberto González Amador, exige en vano que se cumpla la sentencia. Su grito se ahoga en el estruendo de la maquinaria de autoprotección del poder. ¿Quién protege al ciudadano cuando quienes deberían hacerlo están ocupados protegiéndose entre sí?
La solidaridad corporativa: cuando los fiscales pagan por el pecador
La Unión Progresista de Fiscales recaudando 17.200 euros para pagar la multa de su ex jefe es el colmo del corporativismo degenerado. Estos mismos fiscales que diariamente piden penas para ciudadanos por delitos menores, ahora movilizan sus recursos para blindar a uno de los suyos. ¿Harían una colecta para un ciudadano cualquiera condenado por revelación de secretos? La pregunta es retórica porque sabemos la respuesta: nunca.
Esta solidaridad selectiva revela la verdadera naturaleza de ciertas elites judiciales: un club cerrado donde las reglas son para los de fuera. Mientras, García Ortiz no solo mantiene su puesto en la Sala de lo Social del Supremo, sino que evita astutamente la sección penal donde estaría con quienes le condenaron. Estrategia calculada, no casualidad.
La farsa procesal: multiplicar recursos hasta el infinito
La estrategia jurídica es tan transparente como desvergonzada:
- Incidente de nulidad (presentado)
- Recurso de amparo (previsto)
- Petición de indulto (en trámite)
- Tribunal Europeo de Derechos Humanos (amenazado)
Cada recurso, cada trámite, dilata la ejecución de la sentencia y desgasta a la justicia. Es el «método del salami«: cortar la sentencia en tantas rebanadas que al final quede reducida a migajas. Mientras, el mensaje a la ciudadanía es claro: hay justicia para los poderosos y justicia para el pueblo, y nunca se encuentran.
La burla institucional como norma
España asiste atónita a un espectáculo de impunidad en directo. El mensaje que se transmite es devastador: puedes ser el fiscal general, revelar secretos, ser condenado por ello, y aún así conservar tu puesto, tu sueldo y tu honorabilidad mientras tus colegas pagan tus multas y el gobierno estudia tu indulto.
La ley no es igual para todos, y casos como este lo demuestran con crudeza. Mientras un joven que roba un telémo puede ver su vida truncada, un ex fiscal general condenado por delito doloso sigue en su poltrona del Supremo. Esta es la España real, la de los privilegios bien guardados, la de las puertas giratorias entre la acusación y la defensa, la de los indultos que llegan cuando el condenado viste traje caro y tiene contactos en el poder.
El sistema no está roto, funciona perfectamente para lo que fue diseñado: proteger a sus élites mientras mantiene la ficción de igualdad ante la ley. García Ortiz es solo el síntoma más visible de una metástasis que corroe la credibilidad de la justicia española. Y lo peor es que, tras este espectáculo bochornoso, seguirán pontificando sobre ética, legalidad y Estado de Derecho. El cinismo, efectivamente, no tiene límites.









