«Solo soy un hombre que amaba»: el drama shakesperiano de José Luis Ábalos
Con la misma entereza con la que antaño gestionaba los plazos del AVE a Murcia, el exministro de Transportes ha comparecido este lunes ante el Tribunal Supremo para explicar que, en el fondo, todo es un malentendido. No hubo mordidas, por supuesto. Ni organización criminal. Ni enchufes. Solo el corazón, esa fiera indomable, empujándole a los brazos de una fémina que, casualidades de la vida, ejercía el oficio más antiguo del mundo. «Estaba enamorado», parecía sollozar su declaración. Lástima que el objeto de su pasión le hiciera ‘ghosting’ –sí, ese término de adolescentes– dejándole con el alma rota y varias comisiones sospechosas en el camino.
Traicionado por una prostituta (y por su exasesor, y por la UCO, y por los audios)
La trama se complica cuando comparecen otros actores. Víctor de Aldama y Koldo García –supuestos compinches, hoy también acusados– han deslizado versiones que chocan con el relato del exministro como un patinete contra un camión. Pero no, Ábalos no se arredra: él es la víctima. Una víctima de una mujer de vida alegre que le dio esquinazo –qué falta de caballerosidad– y, sobre todo, de una «persecución mediática» feroz. Porque ya se sabe que el periodismo de investigación es, en realidad, una venganza personal contra quien inauguró líneas de tren vacías. Los informes de la UCO, las periciales sobre contratos, los audios, las exparejas y empresarias que han declarado… todo eso debe de ser parte de una conjura orquestada por WhatsApp.
Negación total: el arte de mirar a otro lado mientras el juez enseña las pruebas
La estrategia es antigua pero eficaz: negar, negar y negar. «Nada de mordidas, nada de organización criminal, nada de enchufes». Es la cantinela estándar de cualquier acusado, pero aquí choca con la realidad como una locomotora contra un muro de ladrillos. Porque mientras Ábalos habla de amores no correspondidos y campañas del bulo, la instrucción acumula indicios que pesarían hasta en una romana de mercado. Los testimonios, los correos, las transferencias y hasta las declaraciones de sus antiguos socios dibujan un panorama que ningún «fantasma de la opera» mediático podría inventarse.
Cuando el victimismo se convierte en el mejor abogado del sepulturero
Sus mentiras, ironías del destino, no le están salvando del precipicio, sino cavándole una tumba de dimensiones ministeriales. Porque el público, ese juez cruel, no distingue entre un enamorado despechado y un exministro señalado por la justicia. Y los jueces, menos. Así que don José Luis puede seguir insistiendo en que es un mártir del ciberacoso sentimental, o puede darse cuenta de que, en este cuento, el lobo no era ella –la prostituta fugaz– sino el maletín. Pero claro, siempre es más cómodo culpar al amor. O a la prensa. O a la luna de Valencia. Cualquier cosa, antes que al espejo.








