Regeneración, transparencia y decencia: tres palabras que Sánchez desayunó, prometió y luego enterró en el mismo cajón de los «errores»

Abr 18, 2026

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Y mientras, el contribuyente sigue pagando la fiesta

Decía Pedro Sánchez, con aquella pose de estadista recién llegado de la nada, que él venía a regenerar la democracia. Que su palabra sería sagrada. Que la transparencia iba a ser un estandarte. Que nunca, jamás, haría lo que Rajoy: mentir, recortar y subir impuestos a los de siempre. Lo decía con puño cerrado, con ceño fruncido y con un discurso que parecía recién salido de una lavandería ética. El problema, como siempre, es que la realidad no entende de marketing político.

Siete años después, aquel supuesto adalid de la regeneración ha batido todos los récords de cinismo. Porque si algo define a este Gobierno no es su capacidad para mejorar la vida de los españoles, sino su talento casi quirúrgico para hacer exactamente lo contrario de lo que prometía. Y hacerlo, además, con una desfachatez que ya no molesta: asusta.

Lo que dijo que haría (spoiler: no hizo nada)

Vayamos por partes, que la hemeroteca no perdona y Sánchez debería tenerla prohibida en Moncloa.

Dijo que aumentaría la inversión en educación. Mentira. Las aulas siguen colapsadas, los docentes siguen mal pagados y la inversión real ni se acerca a lo comprometido.

Dijo que blindaría la sanidad pública. Mentira. Las listas de espera crecen, las urgencias colapsan y comunidades enteras dependen de muletas privadas porque la pública se ahoga en su propia gestión.

Dijo que no habría recortes. Mentira. Los ha habido, disfrazados, silenciados y maquillados con titulares amables. Pero el que sufre la sanidad, la educación o las infraestructuras sabe bien que el tijeretazo sigue existiendo.

Dijo que regeneraría la vida política. Esta es quizá la más sangrante. Porque mientras Sánchez prometía ejemplaridad, su Gobierno batía récords en indultos a sediciosos, pactos con partidos triturados por la corrupción, y una ley del «solo sí es sí» que liberó a cientos de agresores sexuales. Pero no, si él es el buenista. La culpa, ya se sabe, es del mal escrito.

Lo que sí ha cumplido: exprimir al contribuyente como a una naranja en agosto

Aquí sí, aquí no ha habido fallo. Lo que prometió no hacer –subir impuestos a la clase trabajadora– lo ha convertido en su seña de identidad. Y lo que advirtió que haría Rajoy –más impuestos, más recortes encubiertos– lo ha superado con creces.

En términos ajustados por población, los españoles han pasado de aportar una media de 4.157 euros en 2017 a 6.573 euros en 2025, lo que se traduce en 2.416 euros más por persona, equivalentes a un incremento del 58,1%.

Pero lo más retorcido, lo más miserable, es el truco del IRPF no deflactado. La inflación sube, el sueldo nominal sube para no perder poder adquisitivo, y Hacienda interpreta que ganas más. Resultado: pagas más. No porque seas más rico, sino porque el sistema está diseñado para castigarte por intentar sobrevivir. 28.000 millones de euros han salido de los bolsillos de los ciudadanos solo por este mecanismo. Este año, otros 12.000 millones más.

La mentira de la regeneración: cuando el fin justifica los indultos

Pero si hay una mentira que escuece especialmente, es la de la regeneración democrática. Sánchez llegó prometiendo un Gobierno ejemplar, sin corrupción, sin amnistías encubiertas, sin rodearse de quienes habían manchado la política. Y hoy gobierna gracias a los votos de quienes quisieron romper España, indulta a sus líderes, cambia leyes penales para beneficiar a sus socios y llama «progreso» a lo que no es más que supervivencia política.

¿Dónde quedó aquella cruzada contra la corrupción? ¿Dónde quedó la promesa de no gobernar con quien no condenara el terrorismo? ¿Dónde quedó la decencia que vendían como un producto de lujo? Respuesta: la decencia se cambió por poder, la regeneración por indultos, y la palabra por cinismo.

Y mientras tanto, el contribuyente sigue pagando. Porque aquí solo hay dos verdades absolutas: los impuestos nunca bajan y Sánchez nunca cumple. Lo demás son ruedas de prensa, tuits bonitos y ese discurso vacío de un presidente que ya ni se molesta en disimular.

Europa nos mira (y no es para felicitarnos)

Porque claro, mientras Sánchez nos vende que España es un ejemplo, la realidad fiscal es tozuda: hemos disparado la presión fiscal un 31% desde 2018, mientras nuestros socios europeos la reducían. La brecha se ha cerrado, sí, pero no porque seamos más ricos. Es porque pagamos más. Mucho más. Somos un país con salarios de segunda, pero con impuestos de primera. Y lo peor: con unos servicios públicos cada vez peores.

El balance final: un presidente que solo cumple lo que no promete

Sánchez prometió regeneración y ha entregado cinismo.
Prometió justicia fiscal y ha entregado castigo a la clase media.
Prometió no recortar y ha recortado en lo esencial.
Prometió ejemplaridad y ha gobernado con quien escupe sobre ella.

Lo único que ha cumplido, con una precisión casi obsesiva, es la máxima que nunca verbalizó: «Pagad, idiotas». Porque en la España de hoy, el verdadero problema no es que los impuestos sean altos. Es que nunca lo fueron tanto, nunca se recaudó tanto, y nunca se invirtió tan mal.

Así que ya saben. Cuando escuchen a Sánchez hablar de regeneración, tomen la cartera. Cuando hable de justicia, preparen el talonario. Cuando hable de decencia, revisen su declaración de la Renta. Porque en este país, la única certeza es que él nunca cumple. Y nosotros, siempre pagamos.

 

 

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