O cómo convertir una monarquía de 300 años en una ingeniosa excusa para no hacer nada.
Por un ciudadano que ya no sabe si reír o llorar
Pónganse en situación. Es Nochebuena. Toda España está pegada al televisor con las uvas virtuales en una mano y la copa de cava en la otra. El Rey, vestido de rigurosa etiqueta, Felipex VI, el ser más neutral desde el árbitro de un partido de la FIFA amañado, se dirige a la nación. Y suelta esto:
«La convivencia está rota. Hay hastío. Desencanto. Los poderes públicos deben dar ejemplaridad. Por favor, por lo que más quieran, dejen de pelear como niños en un patio y gobiernen como adultos».
(Todo ello dicho con esa entonación suya que suena a profesor de instituto cansado de repetir el temario).
Y Pedro Sánchez, desde La Moncloa, mientras se toma un zumito de naranja y ajusta su colección de puños americanos sin mangas, mira al televisor, sonríe, y piensa: «Qué bonito. Mañana salgo en la foto dándole las gracias. Ahora, a seguir nombrando a mis primos en el Tribunal Constitucional». El PP, por su parte, aplaude con las orejas mientras sigue vetando la renovación del Poder Judicial. Y los independentistas… bueno, los independentistas ya están tuiteando «Borbón huy» y pidiendo la abdicación.
Y entonces, ocurre lo que siempre ocurre: absolutamente nada.
El Rey ha hablado. El Rey ha advertido. El Rey ha fruncido el ceño (o al menos eso parece, porque con el bigote y la barba no se sabe bien). Y los políticos, cual adolescentes con el «no» de sus padres, han seguido haciendo exactamente lo mismo que estaban haciendo: polarizar, bloquear, insultarse y repartirse el pastel institucional como si la democracia fuera un chiringuito playero.
«Pero es que el diseño…»
Ahí es donde aparece el «experto de guardia». El tertuliano de turno. El que sale en la tele a defender lo indefendible. Y suelta la perla:
«No, no, no. Usted no lo entiende. No es que el Rey sea un inútil. Es que el diseño de la monarquía parlamentaria hace que el gobierno responda ante el Parlamento, no ante el monarca. No es un fallo del Rey, es la Constitución».
¿Perdón? ¿Repita?
Es decir, ¿que tenemos un Rey que cuesta 8,4 millones de euros al año y su principal función constitucional es… no poder hacer nada cuando el país se hunde? ¡Qué chollo!
Imagínense que usted contrata a un vigilante de seguridad para su casa. Le paga un sueldazo, le da un uniforme impecable y un coche oficial con chofer. Una noche, entran diez ladrones a robarle. El vigilante se queda mirando, saca un megáfono y dice: «Por favor, señores ladrones, les ruego que no roben, que la convivencia en este hogar es frágil».
Los ladrones pasan de él. Usted se enfada. Y el responsable de la empresa de seguridad le dice: «No se queje. El diseño de nuestro servicio permite a los vigilantes advertir, pero no intervenir. No es un fallo del vigilante, es el reglamento».
Pues eso. Exactamente eso.
¿Para qué demonios sirve entonces?
Porque usted, pobre ciudadano, se rasca la cabeza y pregunta: «Vale, si el Rey no puede hacer nada contra la corrupción del gobierno de Sánchez, ni contra Bildu (herederos de ETA), ni contra Puigdemont (el sedicioso)… ¿para qué sirve?»
Y los monárquicos, con una sonrisa beatífica, responden:
- Sirve para la «unidad» de España. Ya. Como la selección de fútbol, pero más cara y sin marcar goles.
- Sirve para la «representación internacional». Ah, claro. Porque cuando Sánchez va a Bruselas a pedir fondos, el Rey se queda en Madrid calentando el trono. Y cuando el Rey viaja al extranjero, los periodistas españoles tienen que explicar a los alemanes qué hace allí esta señor con traje mientras el de verdad que manda está en Moncloa.
- Sirve para «arbitrar». Sí, como un árbitro que no puede mostrar tarjetas, no puede pitar faltas y cuyo único poder es pedir «por favor» después del partido.
¿Y lo de «mando supremo de las Fuerzas Armadas»? Eso es mi favorito. El Rey es el jefe militar. Pero para declarar la guerra necesita que Sánchez y el Congreso se lo digan. O sea, que es el «mando supremo» igual que el conductor del autobús del cole es «el jefe del vehículo»: gira el volante pero no decide el destino.
La verdad incómoda (que nadie quiere oír)
Vamos a ser sinceros, aunque duela. El Rey no le hace falta a Sánchez ni a nadie.
Si Sánchez rompe la convivencia, si nombra a sus afines en el TC y en la Fiscalía General del Estado, si polariza hasta el infinito, si gobierna sin presupuestos, si da prebendas a los que quieren romper a España, si permite que los asesinos de ETA salgan a la calle por el pacto con Bildu… ¿qué va a hacer el Rey? ¿Enviarle una carta? ¿Llamarle por teléfono para decirle «Pedro, por favor, pórtate bien»? ¿Decir en un discurso que está muy, muy, muy enfadado?
Sánchez sabe que el Rey no tiene una sola bala en la recámara. Ni una. La única «bala» que tenía la Corona era la influencia personal, y esa se la cargo su padre (el emérito) con sus comisiones en Arabia y sus cacerías furtivas.
Así que Sánchez sigue gobernando como si el Rey fuera un mueble más de La Zarzuela. Y Feijóo le secunda en el bloqueo. Y Junts le da patadas a la mesa. Y todos aplauden al Rey en los actos oficiales mientras por detrás se lo pasan por el forro de la Constitución.
Final (con un punto de mala leche)
Que al Rey «no le hace caso Sánchez» no es un fallo del diseño, señores. Es el éxito absoluto del diseño. Porque este diseño permite que la monarquía se lleve 8,4 millones de euros al año para lucir bonita en las fotos y dar la sensación de que «algo hace», mientras la política se pudre y los ciudadanos aplauden (porque, claro, «el Rey es neutral, no puede meterse»).
O la monarquía sirve para algo más que para dar discursos de Nochebuena que nadie atiende, o deberíamos plantearnos seriamente si no estaríamos mejor con un presidente de la república elegido a sueldo de diputado (y sin palacios).
Pero no, claro. Como dijo aquel: «El problema no es que el Rey no pueda hacer nada, el problema es que usted no entiende la Constitución».
Pues mire, igual no la entiendo. Pero lo que sí entiendo es que cuando mi casa se quema, no pago a un bombero que se quede en la puerta diciendo «qué bonita es la convivencia, ojalá no ardiera todo».
Y mientras tanto, en La Moncloa, Sánchez sonríe. Porque sabe que el Rey le regañó como un abuelo enfadado… y que un regaño sin consecuencias es solo ruido blanco.
Bienvenidos a la monarquía ejemplar. Donde el Rey advierte, los políticos desobedecen y el ciudadano paga el pato.
(Y no, no me refiero al pato del estanque del Palacio de la Zarzuela, que seguro que come mejor que el 90% de los españoles).








