Poltronas y Pululantes: Crónica de una Decadencia Anunciada

Sep 6, 2026

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O cómo la clase política española convierte el arte de gobernar en un espectáculo de mal gusto

Hay quien dice que la política es el arte de lo posible. En España, sin embargo, parece haberse convertido en el arte de lo imposible: imposible ponerse de acuerdo, imposible mirarse sin desprecio, imposible anteponer el interés general al ombliguismo más rancio. Y mientras los problemas reales —la vivienda, el empleo, la sanidad, la educación— se pudren en el cajón del olvido, nuestros diputados han encontrado una ocupación mucho más lucrativa y menos fatigosa: tirarse mierda unos a otros desde sus cómodas poltronas.

El circo de los horrores (parlamentario)

Si Cervantes levantara la cabeza, probablemente confundiría el Congreso de los Diputados con una venta de La Mancha donde cada huésped intenta apuñalar al vecino con la navaja del sarcasmo. Pero no, señores: esto no es ficción, es el pleno de los jueves. Donde los discursos no buscan convencer, sino humillar; donde las propuestas no aspiran a resolver, sino a desacreditar; donde el adversario no es un político con ideas distintas, sino un enemigo al que hay que exterminar dialécticamente.

Y el espectáculo, por desgracia, funciona. Porque mientras ellos se enzarzan en batallas campales por quién tiene la razón —o el escaño más confortable—, los españoles de a pie vemos cómo el agua nos llega al cuello. Pero no, no se preocupen: nuestros representantes tienen asuntos más importantes que atender. Como decidir qué grupo tiene el mejor eslogan, o quién pronuncia la réplica más afilada en el turno de la tarde.

La gran mentira: «trabajar por España»

Escuchar a un diputado decir que «trabaja por España» es como oír a un pirata jurar que protege el comercio marítimo. Las hemerotecas, testigos mudos de su inacción, guardan miles de promesas incumplidas, cientos de acuerdos bloqueados, decenas de pactos rotos por el simple placer de llevar la contraria.

Los datos, esos incómodos invitados, no mienten:

  • Bloqueos legislativos que se cuentan por años, no por meses.
  • Reformas que nunca llegan porque «no toca» o «no es el momento».
  • Debates que se eternizan sobre nombres y cargos, mientras los problemas de fondo se enquistan como una gangrena.

Y mientras tanto, la decadencia avanza sigilosa, como un ladrón en la noche, disfrazada de normalidad. Porque lo más grave no es que los políticos no resuelvan; es que ya ni siquiera intentan hacerlo.

La casta que se retroalimenta

La política española funciona como un club de la lucha donde todos se pelean, pero nadie abandona el ring. Porque, al fin y al cabo, el premio no es resolver problemas; es perpetuarse en el poder.

Los «Odiosos Ocho» del texto original no son ocho, son todos. Todos los que ocupan un escaño y confunden la representación con la propiedad privada del pueblo. Todos los que usan la tribuna como un púlpito para predicar su propia grandeza, mientras el país se desmorona a sus espaldas.

El problema no es la ideología. ¡Ojalá fuera tan sencillo! El problema es la falta de altura de miras, la pequeñez del alma, la mezquindad del que prefiere hundir el barco antes que ceder el timón. Y, por supuesto, la impunidad de un sistema que los premia con sueldos vitalicios, aforamientos y una desconexión absoluta con la realidad que les permite decir, con toda la cara del mundo, que «todo va bien».

El público se cansa

Pero hay algo que estos profesionales del teatro político parecen olvidar: el público se está levantando de la butaca. No para aplaudir, sino para irse a casa. Porque ver el mismo espectáculo una y otra vez —los mismos protagonistas, las mismas broncas, las mismas promesas incumplidas— produce un cansancio profundo, una fatiga democrática que no es apatía, sino desprecio.

Los españoles ya no creen. Y no porque sean desconfiados, sino porque la realidad les ha dado demasiadas razones para no hacerlo. Cuando el político de turno promete soluciones y luego se dedica a bloquear al adversario, el mensaje que recibe el ciudadano es claro: «Tú no importas; solo importa mi silla».

Decadencia en estado puro

La decadencia no es un ruido ensordecedor; es un silencio incómodo. Es el ruido de las máquinas de votar que nunca se usan para reformas profundas. Es el eco de los debates que nunca llegan a puerto. Es la ausencia de autocrítica en un sistema que se alimenta de su propia podredumbre.

Y lo peor de todo: la normalización de la mediocridad. Ya no escandaliza que un diputado insulte al otro; ya no sorprende que los pactos se rompan por un quítame allá esas comisiones; ya no indigna que los problemas estructurales sigan sin resolverse. Nos hemos acostumbrado a la farsa, y eso, amigos míos, es el síntoma más evidente de que algo huele a podrido en el Congreso.

El consenso del desacuerdo

Como bien dice el texto original, el único consenso posible en España es el de seguir en desacuerdo. Y mientras tanto, el país se desangra en una hemorragia silenciosa de oportunidades perdidas, de talentos desaprovechados, de futuro hipotecado por rencillas del pasado.

Mientras unos y otros se enzarzan en guerras de trincheras, España se queda sin tren, sin sanidad digna, sin vivienda asequible, sin empleo estable. Pero tranquilos: los diputados tienen asegurada su jubilación dorada. ¿Y nosotros? Pues nosotros, a mirar el espectáculo desde la barrera, pagando las entradas con nuestros impuestos y aguantando el mal teatro de una clase política que ha hecho de la irresponsabilidad su principal seña de identidad.

El espejo roto

Este artículo no busca soluciones mágicas —que para eso ya están los políticos, que son expertos en prometerlas sin cumplirlas—. Solo pretende señalar lo evidente: que la política española se ha convertido en un reality show de baja estofa, donde el objetivo no es gobernar, sino sobrevivir. Donde el mérito no está en resolver, sino en permanecer. Donde el honor no consiste en servir, sino en mantener el escaño.

Y mientras ellos se tiran los trastos a la cabeza, nosotros, los de fuera, seguimos esperando que alguien, alguna vez, decida ponerse a trabajar de verdad. Pero no, es más fácil: seguir en la poltrona, seguir odiándose, seguir siendo parte de esa España que, como un mal sueño, nunca termina de despertar.

Porque, al fin y al cabo, la decadencia no es un destino; es una elección. Y ellos, nuestros representantes, han decidido abrazarla con todas sus fuerzas. Mientras tanto, nosotros solo podemos preguntarnos: ¿cuánto tiempo más vamos a tolerar esta farsa?

Porque España no necesita más ruido; necesita hechos. Pero los hechos, parece ser, no están en el orden del día.

 

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