La Fiscalía se indulta a sí misma: corporativismo, cinismo y una fiscal de beso en la mejilla

May 8, 2026

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El informe que pide indultar a García Ortiz no busca justicia, sino salvar los muebles de una institución que antepone la lealtad al delito

Hay comportamientos que, por mucho que se vistan de informes jurídicos y declaraciones institucionales, huelen a cloaca. Uno de ellos es el que acaba de perpetrar la Fiscalía del Tribunal Supremo al respaldar un indulto parcial para el exfiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz. Condenado a dos años de inhabilitación por revelar información confidencial de Alberto González Amador –sí, el novio de Isabel Díaz Ayuso–, García Ortiz se convertirá, si los magistrados lo aceptan, en el nuevo mártir de una casta que no soporta mirarse en el espejo.

Argumentario para la defensa propia: «lo hice para salvar la institución»

El escrito, firmado por la teniente fiscal María Ángeles Sánchez Conde, es una joya de la argumentación circular: García Ortiz filtró datos secretos, pero lo hizo para “preservar el buen nombre de la institución”. Es decir, cometió un delito para defenderse de las críticas. ¿Y las consecuencias de su condena? “Intensas y desproporcionadas”. Pobrecito. Ha tenido que dimitir, pagar multa y soportar el escarnio público. Por eso, según la Fiscalía, merece que le rebajen la pena. No importa que la sentencia sea firme. Lo relevante es que el gremio se protege.

El azar no existe, pero la magistrada amiga sí

Pero el esperpento no acaba ahí. La propia Fiscalía ha recurrido la condena ante el Tribunal Constitucional alegando vulneración de derechos fundamentales. Y el azar –ese gran comediante– ha querido que la ponencia recaiga en María Luisa Segoviano, magistrada que el pasado diciembre fue grabada por La Sexta dándole dos besos a García Ortiz en la toma de posesión de la nueva fiscal general, Teresa Peramato. “Mucho ánimo”, le susurró Segoviano entre abrazos. “Muchas gracias”, respondió el exfiscal. Amistad íntima, según el artículo 219 de la Ley del Poder Judicial. Motivo de recusación, según cualquier manual de ética elemental. Pero en esta España nuestra, la imparcialidad es un estorbo cuando hay compañeros que salvar.

Cinismo en estado puro: «le acusaron falsamente»

Lo más sangrante del informe de la teniente Sánchez Conde es su cinismo: sostiene que García Ortiz fue acusado “falsamente” de un comportamiento no ajustado a la ley. ¿Falsamente? Los jueces del Tribunal Supremo –no unos tertulianos– le condenaron por revelar secretos. Pero la Fiscalía, en lugar de aceptar el fallo con la mínima dignidad, responde con un relato alternativo: él solo quería informar verazmente, él solo defendía el honor de los fiscales, él solo es víctima de una campaña. Y ahora, además, reclama el indulto parcial porque, total, la inhabilitación ya es un castigo demasiado humillante para alguien que se siente llamado a mandar.

La lealtad al grupo como excusa para la podredumbre ética

Este es el núcleo del problema: el corporativismo de la Fiscalía no es una mancha ocasional, sino un método de gobierno. Cuando la lealtad al grupo se antepone a la verdad y a la responsabilidad ética, la institución se convierte en una secta. Blindar a los propios, minimizar sus delitos, recurrir al Constitucional con abogados del Estado y pedir indultos mientras se besan con la fiscal de turno no es defender la justicia. Es exactamente lo contrario: es atentar contra ella desde dentro.

No pidan justicia, pidan pertenecer al club

García Ortiz podrá ser indultado de forma parcial. O no. El informe no es vinculante. Pero lo que ya es irreversible es el espectáculo de una Fiscalía que, incapaz de asumir sus vergüenzas, prefiere convertir la corrupción ética en una rutina administrativa. Como dijo el poeta: “No pidas justicia si no estás dispuesto a ser juzgado”. En la cúpula fiscal, parece que nadie ha leído esa frase. O la han leído y, simplemente, les importa un bledo.

“La fiscal que pide indulto para su jefe no está defendiendo la justicia: está firmando el certificado de defunción de su propia vergüenza. El corporativismo no es una mancha ética: es el modus operandi de una casta que ha aprendido que tapar un delito propio rinde más réditos que perseguir uno ajeno. Cuando la lealtad al grupo se vuelve más sagrada que la ley, la Fiscalía deja de ser un ministerio público para convertirse en una logia de encubridores con despacho oficial y besos de fiscales incluidos. ¿Y quién dice que la Fiscalía no es imparcial? Ah, cierto: solo los que la ven indultarse a sí misma, recurrir al Constitucional con abrazos de por medio y pedir perdón para el jefe mientras señalan con el dedo al de enfrente. Pero seguro que eso es casualidad. Como lo del beso de la fiscal. Como lo del informe que excusa la filtración. Todo casualidad. Todo imparcial. Todo, claro, menos creíble.”

 

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