«Sánchez, Cintora y la República de los Espejos: cuando la historia se mira con gafas de sol»

Sep 10, 2026

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Memoria Selectiva: Sánchez y el Elogio de la Segunda República

Hay que querer a Pedro Sánchez. No por su gestión, que es discutible, sino por su inagotable talento para la performance histórica. En su última comparecencia, el presidente del Gobierno ha vuelto a desempolvar el viejo manual del «abrir heridas», esa afición tan española que consiste en usar el pasado como ariete político. Y, para variar, lo ha hecho con la sutileza como un miura en una cristalería rememorando la Segunda República como si fuera un jardín de delicias, olvidando convenientemente que aquel paraíso terrenal, según la propaganda de la época, venía con algunas letras pequeñas bastante incómodas.

La «Mejor de las Españas» y sus Pecados Capitales

Declarar que «la mejor de las Españas fue la de la segunda república» no es solo una opinión; es una provocación. Es como si un chino dijera que el mejor momento de su historia fue cuando Mao, el cual provoco la muerte de 45 millones de chinos, porque en China no había suficiente comida para todos. Se trata de una idealización tan profunda que roza la mitología. Porque, claro, para la izquierda más nostálgica, la República fue un ensayo de luz y taquígrafos. Para la otra media España, fue el preludio de un caos donde, como bien documenta la historia (y no solo la del bando ganador), se produjeron atrocidades que ningún demócrata sensato debería enarbolar como bandera.

El presidente Sánchez, en su afán por trazar un relato monolítico, parece haber decidido que los curas asesinados, las iglesias quemadas y las monjas violadas no son más que «daños colaterales» de un proceso revolucionario. O, peor aún, que son bulos de la caverna mediática y del Opus Dei. La historia es incómoda, y la de la República, también. Hubo una persecución religiosa sistemática, alimentada por un odio visceral que la propaganda del Frente Popular (y sus apologetas actuales) se empeña en blanquear con el barniz de la «legítima defensa del pueblo».

Pero no, el presidente no entra en esos berenjenales. Su discurso es quirúrgico: se queda con la República de la cultura, de la Constitución de 1931, de la universidad laica. Omite la República de los checas, de los paseos, de la quema de conventos. Esa amnesia selectiva es el principal talento del sanchismo. Se critica el franquismo con razón, pero se mitifica el germen que lo provocó, como si este hubiera surgido de la nada, como una exhalación demoníaca, y no como reacción (brutal e injustificable, pero reacción al fin) a un clima de violencia y polarización extrema.

Cintora, el Confesor de Cabecera

El escenario elegido para tan sesuda reflexión tampoco ayuda. Una entrevista con el «lameculos» de Cintora, ese periodista que ha hecho de la victimización y del titular sensacionalista su seña de identidad. Es el marco perfecto para un discurso sin matices, donde el entrevistador asiente con la cabeza mientras el entrevistado repite eslóganes de su libreto de cabecera. ¿Qué periodismo crítico se puede esperar en un plató donde el entrevistador parece más un confesor que un periodista? Es como pedirle a un pez que opine sobre la sequía.

La elección del interlocutor no es casual. Sánchez no busca un debate, busca un altavoz. Necesita que alguien le pregunte lo que él quiere responder. Y Cintora, con su estilo melodramático y su fijación con las cloacas y las conspiraciones, es el vehículo perfecto para transmitir un mensaje que, de otro modo, no pasaría el filtro de una redacción seria. Es la simbiosis perfecta: el político que necesita relato y el periodista que necesita audiencia. El contenido histórico es solo el pegamento.

La Historia como Arma Arrojadiza

Al final, la perorata de Sánchez sobre la República no es más que un capítulo más en su particular guerra cultural. Un intento de reescribir el pasado para justificar un presente y, sobre todo, un futuro. Al afirmar que la República fue la «mejor de las Españas», está diciendo, en clave, que el modelo de convivencia actual es una concesión, un mal menor, un paréntesis conservador que hay que superar. Es el mismo discurso de la «España vacía» pero aplicado al tiempo: un país al que hay que «recuperar» de su propia historia.

El problema de este relato no es solo que sea maniqueo y falso en sus omisiones. Es que es profundamente irresponsable. Utilizar la memoria histórica como un hacha para derribar al adversario político, ignorando el sufrimiento de todas las víctimas (las de un bando y las del otro), no es construir; es dinamitar los cimientos de una convivencia ya de por sí frágil. Pero claro, eso no vende titulares. Y en el negocio de la política y el periodismo actuales, lo que importa no es la verdad, sino la versión que más likes genera.

 

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