La hipocresía institucional no necesita coherencia, solo un atril bien iluminado.
Si hay algo que a Fernando Grande-Marlaska se le da casi tan bien como zurcir argumentos jurídicos a medida del Gobierno, es subirse a un atril para improvisar homilías sobre la vocación de servicio. En la primera edición de los Premios Valor y Servicio, organizados por El Periódico de España y Prensa Ibérica, el ministro del Interior desplegó ese repertorio de frases hechas que ya empiezan a oler a naftalina institucional. «Como funcionario desde hace casi cuatro décadas aplaudo lo público», dijo. «Es el pilar que cohesiona y construye la mejor España», remató, con la entonación de quien acaba de descubrir el agua caliente.
Aplauso fácil para una gestión de funambulista del ridículo
Y delante de él, claro, los palmeros de turno. Esos que nunca le criticarán la pésima gestión de su ministerio, porque el protocolo manda aplaudir antes que pensar. Así que ahí estaba Marlaska, tan campante, ensalzando «la vocación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado» mientras, de fondo, suena el eco incómodo de una realidad que él prefiere no ver. Porque si de algo es experto el ministro, además de en cambiar de opinión sobre los indultos, es en esconder la cabeza bajo tierra como un avestruz con chaqué.
Cohesión de boquilla y abandono de cazadora de cuero
Marlaska habla de «servicio público» y «valor de lo común» como si no llevara años ninguneando a quienes, presuntamente, encarnan ese valor. Habla de «cohesión» mientras su propia gestión siembra el descontento entre los que visten uniforme. Pero ojo, no nos vayamos a ofender: seguro que el ministro cree de verdad todo lo que dice. O no. Al fin y al cabo, la hipocresía también es un pilar —aunque no de la mejor España, sino de esa otra España que se tapa los ojos para no ver los cadáveres que deja tras de sí.
El ministro que nunca tiene tiempo para caerse al lado de un féretro
Porque mientras Marlaska disfrutaba de su aplauso fácil, dos guardias civiles muertos en acto de servicio esperaban en la fría soledad de sus ataúdes que el máximo responsable político de su seguridad les dedicara, al menos, cinco minutos. Pero no. El ministro tuvo una agenda muy apretada. O quizá un repentino ataque de vergüenza torera. O tal vez, sencillamente, le pareció más cómodo mirar hacia otro lado. Como hacen los valientes, ya se sabe.
«Nos abandona»: dos palabras que valen más que todos sus premios
El resultado: la Guardia Civil, esa institución que según Marlaska es «pilar de cohesión», ha estallado. No por el dolor de la pérdida —que también—, sino por la ausencia del ministro en el funeral de los dos agentes caídos. «Nos abandona», dijeron con rabia contenida fuentes del Instituto Armado. Y no hablaban de falta de presupuesto o de medios materiales —que también— sino de algo más básico, más humano, más de pilar: de estar al lado de las familias y de quienes se juegan la vida cada día. Esa chorrada que Marlaska llama «vocación de servicio» cuando le viene bien para la foto.
El cantante de la orquesta Titanic que seguirá aplaudiéndose a sí mismo
Pero no se preocupen. Seguro que en la próxima ceremonia de premios, con la orquesta de fondo y los flashes a punto, el ministro volverá a emocionarse con lo público, con la mejor España y con esos valores que tanto adornan sus discursos. Y quizá, si nadie le pregunta por los muertos, hasta se le escape una lagrimita. De hipocresía, se entiende. Porque eso sí: a Marlaska que no se le caiga la cara de vergüenza. Al fin y al cabo, no se puede caer lo que hace tiempo dejó de estar sujeta.
Los muertos no aplauden, pero ellos sí descansan»
Mientras el ministro colecciona premios y fotografías con palmeros de salón, dos nombres quedan grabados en la memoria de quienes sí se juegan la piel: Germán y Jerónimo. Ellos ya no leerán estos artículos ni sufrirán otra ausencia más. Descansan en paz, como solo descansan los que dieron todo sin recibir nada a cambio. Marlaska, en cambio, si aún le queda un resto de conciencia —aunque todo apunte a que la extravió junto a su dignidad—, no descansará nunca. Porque no hay peor condena para un ministro que haber sido, en vida, el verdadero huérfano de los héroes a los que tanto dice venerar.








