Más Madrid y el arte de la indignación a la carta
Hay algo fascinante en observar a la izquierda radical cuando se cree con la sartén por el mango. Sobre todo cuando esa sartén se esgrime desde la tribuna de la Asamblea de Madrid, un lugar que, por definición, debería oler a deliberación y no a soflama sectaria. La última entrega de este espectáculo la ha protagonizado Manuela Bergerot, portavoz de Más Madrid en Vallecas, quien ha conseguido el difícil mérito de unir al personal —de derechas y de izquierdas sensata— en una reflexión común: ¿esta señora se ha leído la Constitución o solo el índice de Das Kapital?
El milagro económico del comunista con micrófono
No hay plaga más temible en el panorama patrio que un comunista con escaño. Porque cada vez que uno de ellos abre la boca, no solo se desintegra el sentido común, sino que, como por arte de birlibirloque, la vivienda se encarece, la inversión huye y el pequeño propietario tiembla. La ecuación se vuelve explosiva cuando Bergerot suelta, con la delicadeza de un ariete hidráulico, eso de que «al que tenga diez casas hay que freírle a impuestos y expropiárselas». Oigan, bienvenidos a Venezuela, habitación 404.
La niña del exorcista se sube a la tribuna
La diputada, con una verborrea que poco tiene que envidiar a la Regan de El Exorcista (solo le faltó la sopa verde), parece olvidar que no está en un círculo de Podemos ni en una asamblea de okupas. Está en un parlamento, señora. Y ahí las reglas las marca algo más gordo que su ombligo ideológico: se llama Constitución Española. ¿La ha leído? ¿La juró? Porque si la juró y ahora propone confiscaciones sin indemnización, tenemos un problema que excede la economía: se llama perjurio.
Artículo 33: ese incómodo papelucho
Resulta que el artículo 33 de nuestra Carta Magna, ese texto que algunos diputados usan de posavasos, es muy claro: la propiedad privada y la herencia son derechos reconocidos. Su función social los limita, sí, pero para expropiar hace falta una causa justificada y, atención al detalle que Bergerot se salta con alegría trotskista, indemnización. No es «te veo con diez casas y te las requiso». Eso no es expropiación; eso es confiscación, y es el deporte nacional en Cuba y Venezuela, no en un estado miembro de la Unión Europea. Por mucho que a la señora le duela, tener varias propiedades no es un delito: es, en muchos casos, fruto del trabajo, el ahorro y la asunción de riesgos.
Artículo 47: el derecho a la vivienda no es un cheque en blanco
Y luego está el artículo 47, ese que la izquierda esgrime como un mantra vacío. Dice: «Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada». Muy bonito. Pero no dice, ni en letra pequeña, que para conseguirlo haya que asaltar el patrimonio ajeno sin compensación. Lo que dice es que los poderes públicos deben promover las condiciones necesarias y regular el suelo para evitar la especulación. Pero regular no es robar. Promover no es confiscar. Que la señora Bergerot confunda el derecho a la vivienda con una patente de corso contra el propietario es, como mínimo, de una indigencia jurídica alarmante.
Cuando la ley importa menos que un calendario de 2010
A la izquierda radical las leyes le importan lo mismo que a un pez una bicicleta. Porque cuando han gobernado, como en el pacto de coalición, nos regalaron esa joya de ley de vivienda que consiguió el milagro de que los alquileres subieran mientras, supuestamente, los intervenían. El resultado: menos oferta, más mercado negro y los más vulnerables, precisamente los que dicen defender, peor que al principio. Pero la memoria es un estorbo para los poseídos por el dogma.
La española de a pie frente a la parásita de escaño
Mientras tanto, una mujer trabajadora que se ha dejado las pestañas —literal y figuradamente— durante 30 años para pagar su hipoteca. Una mujer que ha madrugado cuando otros dormían, que ha doblado el lomo en trabajos que dejan huellas en las manos y silencios en el alma. Una mujer que ha ahorrado cada euro como si fuera el último, que ha pagado sus impuestos con la puntualidad del que sabe lo que cuesta ganarlos. Esa mujer escucha a esta señora aprendiz de iluminada, poseída por una ideología de salón, que vive de las sandeces que suelta por la boca a costa de unos impuestos que ella misma califica de abusivos. Y la oye, con una mezcla de desprecio y pedantería, llamar a sus propiedades —a esa casa que ha sudado durante tres décadas— «un bien improductivo que hay que redistribuir».
Permítame, señora Bergerot, que se lo diga claro, sin rodeos ni cortesías falsas: usted no es una luchadora social. Es una parásita social. Una analfabeta funcional que confunde la retórica vacía con el pensamiento crítico. Una privilegiada con boquilla de tupperprogre que jamás ha
tenido que elegir entre comprar medicamentos o pagar el recibo de la luz. Usted confunde la política con el ajuste de cuentas contra los que no piensan como usted. Contra los que trabajan mientras usted pontifica. Contra los que construyen mientras usted desprecia. Contra los que pagan mientras usted se cree con derecho a decidir qué es productivo y qué no, sin haber producido jamás nada que no fuera una ocurrencia mal digerida en una comida vegana de tres horas.
La hipocresía no es un accidente: es su forma de gobierno
Lo más repugnante no es que crean en la expropiación sin complejos. Lo más repugnante es la indignación selectiva. Porque estos mismos que ahora se rasgan las vestiduras por la especulación inmobiliaria son los que guardan silencio cuando un agresor sexual se sienta en su mismo banco. O miran hacia otro lado cuando algún compañero de viaje acumula cargos públicos incompatibles con la pureza revolucionaria. La hipocresía de la izquierda radical no es un error en el sistema; es el sistema.
Al menos el exorcista era sincero
Al menos el cura de la película no fingía. La niña gritaba y vomitaba, pero no se ponía una pancarta feminista mientras negaba el derecho a un juicio justo a una víctima. Aquí solo tenemos a una señora que cree que por repetir «justicia social» y «plusvalías urbanas» ya tiene licencia para ignorar la Constitución, ningunear al pequeño ahorrador y convertir la Asamblea de Madrid en un mitin de la CUP.
Una sugerencia final entre escaño y escaño
Así que tranquila, señora Bergerot. Usted siga con sus soflamas. Mientras tanto, quienes aún creemos en el estado de derecho (incluyendo a muchos votantes de izquierda sensata) seguimos leyendo la Constitución, que por ahora sigue vigente pese a sus esfuerzos. Si le da tiempo entre mitin y mitin, debería hacer lo mismo, aunque sea para cumplir con el juramento que tomó el día que aterrizó en el hemiciclo. Porque jurar algo que no se tiene la menor intención de cumplir no es política. Es esperpento. Y mal actuado, además.








