Españoles en el 2060: Viaje al futuro

Abr 20, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 Españoles en el 2060: Viaje al futuro

O cómo aprendimos a querer ser la basura de nuestro propio jardín

Por Perico de los Palotes
Un español con papeles caducados

Voy a ser breve: si todavía crees que España es de los españoles, despierta, iluso. Estás en 2060. España es de cualquiera que tenga un aval, tres testigos y una historia más triste que la tuya. Los españoles somos ahora los «nativos», una categoría jurídica parecida a la de las tribus amazónicas protegidas pero sin selva, sin derechos y con colapso en la seguridad social.

Pero no nos engañemos. Esto no ha sido una invasión. Esto ha sido una cesión en toda regla de Pedro Sánchez. Con firmas, votos, sonrisas falsas y aplausos en laSexta. Los españoles vendimos nuestra soberanía al mejor postor, y el mejor postor resultó ser todo el mundo menos nosotros. Así de listos somos.

Cómo perder un país sin darte cuenta 

Primero llegaron los inmigrantes. Luego más. Luego muchos más. Y nosotros, cual borregos con derecho a patios de colegio inclusivos, aplaudimos. «Qué ricos son los kebabs y el Tajin», decíamos. «Qué diversos son los barrios», presumíamos en las cenas de navidad. Y mientras tanto, los alquileres subían, los salarios bajaban y los españoles emigraban a Alemania a servir schnitzels porque aquí ya no quedaba ni para pipas.

Pero la guinda del cinismo llegó cuando los que se quedaron —los más pobres, los más jóvenes, los más idiotas— descubrieron que ya no eran dueños de nada. Ni de su piso (hipotecado en yenes), ni de su colegio (enseñan en árabe marroquí), ni de su idioma (optativo). Para entonces, ya era tarde. Los que mandaban —los nuevos ricos del Estraperlo multicultural— habían cambiado las reglas.

La residencia permanente para nativos (sí, has leído bien) 

Hoy, para que un español obtenga la residencia permanente en España, debe demostrar:

  1. Que no es una carga para el Estado (aunque el Estado ya ni existe como tal, es una franquicia de la UE gestionada por marroquíes y chinos).
  2. Que tiene arraigo social. O sea, que no es un «nativo problemático». ¿Cómo se demuestra eso? Con el aval de tres ciudadanos de larga duración. ¿Y quiénes son esos ciudadanos? Gente de Senegal, Pakistán y Bangladés, por supuesto. Españoles no valen. Sería como pedirle al lobo que cuide las ovejas.
  3. Que sabe comportarse. Esto incluye no hablar mal de la diversidad, no echar de menos la tortilla sin cebolla (la de ahora lleva kimchi) y, sobre todo, no preguntar por qué la mezquita ocupa el solar donde antes estaba la iglesia.

Si cumples todo esto, enhorabuena. Te dan diez años. Diez años para volver a demostrar que eres digno de vivir donde naciste. Porque, oye, la vida es una prueba continua. Y tú, español, suspendes por defecto.

Los nuevos amos (y los viejos idiotas)  

Lo más gracioso de todo —y cuando digo gracioso es aterrador, pero el cinismo me obliga a reír— es que los nuevos amos no son malas personas. Son eficientes. Llegaron con una mano detrás y otra delante, y en veinte años montaron un imperio. Ahora los restaurantes son suyos, las farmacias son suyas, las empresas de reparto son suyas, y hasta los sindicatos los dirigen ellos. ¿Y los españoles? Pues repartiendo paquetes, limpiando baños o dando clases particulares de «español para extranjeros» a los hijos de los que antes eran extranjeros. La justicia poética, en estado puro.

Pero no les echemos la culpa a ellos. Ellos solo hicieron lo que cualquier ser humano haría: aprovecharse de un país de idiotas útiles que confundió la generosidad con la autodestrucción. ¿Quién iba a imaginar que abrir las fronteras sin control, eliminar el concepto de «nacionalidad» y subvencionar la llegada masiva mientras los jóvenes autóctonos se iban al paro iba a acabar así? Solo los que llamábamos «fachas», y a esos los crucificamos en la plaza del pueblo digital. Bien hecho.

El ritual de la cola 

Hoy, los españoles hacemos cola en las oficinas de extranjería como quien va al dentista: con miedo, con dolor, y sabiendo que va a doler más. La funcionaria, una mujer de Dakar con un máster en Derecho Europeo, te mira por encima de las gafas. «Papeles», dice. Y tú se los das. Tu contrato de trabajo (firmado por un jefe pakistaní), tu certificado de arraigo (firmado por tu casera de Lahore) y tu prueba de árabe marroquí (porque, claro, el español ya no sirve para nada salvo para pedir cerveza, y la cerveza ahora la fabrican en Qatar).

—Falta el aval de tres ciudadanos —te suelta, mientras teclea sin mirarte.

—Ahí fuera me esperan Fatima, Wang y Oumar —respondes, con una sonrisa que te duele en el alma.

—Pues que pasen. Usted espere.

Y esperas. Como llevas esperando veinte años. Como esperarán tus hijos, si es que tienes hijos, porque tenerlos siendo español es casi un acto de rebeldía (los colegios públicos ya ni siquiera ofrecen plaza a nativos salvo que demuestres utilidad social).

El final del espectáculo 

Al final, te dan la residencia. O no. Da igual. Porque aunque te la den, sabes que no es tuya. Es un préstamo. Una concesión. Un «permiso de estancia para especie en extinción». Y cuando llegas a tu casa —tu piso alquilado por una inmobiliaria nigeriana—, tu casera te ha dejado un tupper con lentejas. En la nota pone: «Para que no olvides de dónde vienes». Y tú te preguntas, mientras las tragas, si de verdad viniste de algún sitio o solo fuiste un accidente estadístico en el camino hacia un mundo sin fronteras, sin historia y sin esa cosa ridícula que llamaban «patria».

Pero luego sonríes, porque eres un hombre moderno, cínico, adaptado. Y piensas: Al menos las lentejas están buenas. Y ese es el triunfo definitivo del sistema. Que ya no te importa. Que has interiorizado la derrota como una forma de vida. Que pagas el alquiler en dírham, hablas en mandarín con el portero y votas en las elecciones locales a candidatos que ni siquiera saben dónde está el barrio donde naciste.

Porque, seamos sinceros: tú ya no naciste en ningún sitio. Naciste en una cola. Y allí morirás. Con la carpeta roja bajo el brazo y una sonrisa de idiota.

Artículo publicado en el diario «El Mal Fario» (edición para nativos con permiso caducado, 15 de abril de 2060). El autor no acepta réplicas porque ya no le queda paciencia ni dignidad. Si no le gusta, vaya a quejarse a la Oficina de Armonía Social. Ah, espere. Cierra los martes. Y los miércoles. Y siempre.

 

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