El arte de no hacer nada y seguir mintiendo

Ago 31, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 El arte de no hacer nada y seguir mintiendo

Sánchez y la elección del deshonor como estrategia de gobierno

Hay problemas que no se pueden evitar. En la vida, sí; pero en política, eso es un lujo que no se pueden permitir quienes ostentan el poder. Sin embargo, existe una escuela de pensamiento –cuyo máster honoris causa parece ser Pedro Sánchez– que sostiene que el mejor modo de afrontar una tormenta es quedarse quieto, mirar al horizonte y esperar que el viento cambie por arte de birlibirloque. O, mejor aún, que se lleve por delante a los demás.

El nudo gordiano de las interdependencias: Nadie quiere desdatarlo

Porque si algo caracteriza a este Gobierno es su habilidad para generar interdependencias tan enrevesadas como un nudo gordiano, y luego, cuando toca desatarlo, optar por la tijera del olvido. O por la inacción. Da igual. El caso de Ábalos, el caso Cerdán, el caso Begoña, el caso de su hermano, el caso de la SEPI, el caso de Junts, el caso de Bildu, el caso Leire… todos ellos comparten un mismo patrón: el presidente no mueve un dedo. No porque no pueda, sino porque no quiere.

La comodidad del silencio cómplice frente al estrépito de la verdad 

O porque, como reza el refrán popular, «si no te mojas, no te salpica». Y si te salpica, siempre puedes decir que ha sido culpa de las olas, o de la oposición, o de la prensa, o de los jueces. Pero la falta de respuesta, señores, no es neutralidad; es hundimiento. Es la elección del deshonor en lugar de la guerra. Porque el presidente ha decidido que es mejor ser un mediocre mentiroso que un líder valiente. Y lo ha demostrado en cada uno de los escándalos que han salpicado a su Ejecutivo: siempre ha preferido el silencio cómplice al estrépito de la verdad. ¿Para qué asumir responsabilidades si puedes delegar en el «yo no fui» o en el «estamos en ello»?

Ceuta, la gran oportunidad perdida que pudo salvarlo todo 

Pero lo más grave no es lo que hace, sino lo que deja de hacer. Y aquí entra la gran oportunidad perdida: Ceuta. Ceuta era, digo era, la chispa que podía haber reavivado la llama de un presidente que necesita desesperadamente recuperar su imagen. Solo tenía que plantarse allí, mirar a Marruecos a los ojos, y soltar un discurso españolista que recordara a aquellos tiempos en los que los políticos todavía creían en algo más que en su propia supervivencia.

La Mareta: El retiro dorado donde murió la última chispa de dignidad 

Pero no. Eligió el deshonor. Prefirió quedarse en La Mareta, con sus piscinas y su retiro vacacional, mientras Marruecos hacía lo que le daba la gana con la frontera. Ni un discurso, ni una advertencia, ni una sola medida contundente. Solo el silencio cómplice de quien prefiere alabar al vecino antes que defender la puerta de su casa. La imagen del presidente tomando el sol mientras Ceuta ardía simbólicamente es el mejor resumen de su mandato.

El Pegasus de Cristal

En el Olimpo de la política moderna, donde los dioses se llaman «agendas» y los oráculos son «encuestas», ha aparecido una nueva criatura mitológica. No es el Pegasus alado de la poesía, sino su primo hermano, el Caballo de Troya digital: ese software llamado Pegasus que, según dicen, se coló en los móviles del gobierno para susurrar secretos al oído del poder.

Pero, ay, la cuestión no es quién montó el caballo, sino quién, teniendo la lanza en la mano para derribarlo, prefirió hacerse el dormido. Porque no hay corcel más veloz que la cobardía cuando se disfraza de «prudencia estratégica». ¿Por qué Sánchez no plantó cara? ¿Por miedo a enfadar al vecino del sur y que este saque todas las miserias de este gobierno corrupto?

La respuesta, que muchos intuimos y nadie se atreve a nombrar, es tan diáfana como incómoda: porque el «legado» de este gobierno parece escribirse con tinta de indiferencia. Mientras unos ven un ataque a la soberanía, Sánchez ve un simple «goteo de bulos israelitas y rusos» o una «tormenta perfecta de la ultraderecha». ¿Tormenta? No, señoría: la tormenta es la que lleva dentro, esa que le impide ver que no hacer nada también es una decisión, y de las peores.

Al final, el caballo mitológico no es Pegasus, sino la propia inacción y mentiras del presidente. Un corcel de cristal que prefiere ser recordado por su frágil transparencia antes que por su determinación. Porque, como bien dice el refrán, «no hay peor gobierno que aquel que, pudiendo desmontar el caballo, elige mirar hacia otro lado mientras este corre libre». Y el legado, para la posteridad, no será el espionaje, sino la elección del deshonor como seña de identidad. Lástima que, en esta fábula, el héroe haya decidido quedarse en casa, esperando a que el monstruo pase de largo. Pero el monstruo, señor Sánchez, ya está dentro. Y se llama usted.

Tal vez te gustaría leer esto