Al principio pensé que era una nueva versión renovada del himno, con toques podemitas, confesaba un asistente al acto, aún con el trauma en la retina. “Pero no. Marlaska estaba intentando sobrevivir moviendo los labios como un pez fuera del agua. Era patético, pero también fascinante. Como ver a un astronauta intentar plantar un bandera en un lago”.
El contraste humillante
Y mientras Marlaska miraba al suelo, quizá buscando la letra escrita en las baldosas, a su izquierda y derecha sonaba la perfección. El director general de la Policía, Francisco Pardo Piqueras, la secretaria de Estado de Seguridad, Aina Calvo, y el nuevo DAO, José Luis Santafé, entonaban cada estrofa como si llevaran toda la vida cantándola bajo la lluvia. Daba igual: el ministro ya era un muñeco diabólico en medio de un belén.
Porque sí: el apodo de “muñeco diabólico” que algunos le endosan a Marlaska (por su mirada de oráculo tenebroso y su capacidad para generar polémicas donde solo había silencio) volvió a cobrar sentido. Allí estaba él, impasible, tarareando un himno que no conocía, confundiendo el “Tesón de Hierro” con “ME LA SUDA”, y demostrando que, para ser ministro del Interior, no hace falta saberse ni la letra de la canción que representa a los que arriesgan su vida.
“Es grave, pero no sorprende”
Fuentes cercanas al ministerio se muestran comprensivas: “Marlaska tiene muchas cosas en la cabeza. La agenda, la migración, la ley mordaza, los giros políticos, y ahora aprender la letra de un himno… Es mucho, ¿no?”. Otros no son tan benevolentes: “Lleva siete años. ¡SIETE! ¿No ha tenido tiempo de escucharlo siquiera? Es como si el Ministro de Agricultura no supiera que la leche sale de las vacas”.
Lo peor del caso es que el ridículo no queda solo en un vídeo de tres minutos. Queda en el alma de los agentes, esos que se juegan el tipo mientras su máximo responsable confunde un himno con un éxito de lo más casposo. Queda en la memoria colectiva. Y queda, sobre todo, en la ironía de un hombre que quiso poner orden en la Policía y no es capaz de ordenar dos versos seguidos.
Fin (y que suene el Tesón, o me la suda, según se mire).








