Sánchez y la elección del deshonor como estrategia de gobierno
Hay problemas que no se pueden evitar. En la vida, sí; pero en política, eso es un lujo que no se pueden permitir quienes ostentan el poder. Sin embargo, existe una escuela de pensamiento –cuyo máster honoris causa parece ser Pedro Sánchez– que sostiene que el mejor modo de afrontar una tormenta es quedarse quieto, mirar al horizonte y esperar que el viento cambie por arte de birlibirloque. O, mejor aún, que se lleve por delante a los demás.
El nudo gordiano de las interdependencias: Nadie quiere desdatarlo
Porque si algo caracteriza a este Gobierno es su habilidad para generar interdependencias tan enrevesadas como un nudo gordiano, y luego, cuando toca desatarlo, optar por la tijera del olvido. O por la inacción. Da igual. El caso de Ábalos, el caso Cerdán, el caso Begoña, el caso de su hermano, el caso de la SEPI, el caso de Junts, el caso de Bildu, el caso Leire… todos ellos comparten un mismo patrón: el presidente no mueve un dedo. No porque no pueda, sino porque no quiere.
La comodidad del silencio cómplice frente al estrépito de la verdad
O porque, como reza el refrán popular, «si no te mojas, no te salpica». Y si te salpica, siempre puedes decir que ha sido culpa de las olas, o de la oposición, o de la prensa, o de los jueces. Pero la falta de respuesta, señores, no es neutralidad; es hundimiento. Es la elección del deshonor en lugar de la guerra. Porque el presidente ha decidido que es mejor ser un mediocre mentiroso que un líder valiente. Y lo ha demostrado en cada uno de los escándalos que han salpicado a su Ejecutivo: siempre ha preferido el silencio cómplice al estrépito de la verdad. ¿Para qué asumir responsabilidades si puedes delegar en el «yo no fui» o en el «estamos en ello»?
Ceuta, la gran oportunidad perdida que pudo salvarlo todo
Pero lo más grave no es lo que hace, sino lo que deja de hacer. Y aquí entra la gran oportunidad perdida: Ceuta. Ceuta era, digo era, la chispa que podía haber reavivado la llama de un presidente que necesita desesperadamente recuperar su imagen. Solo tenía que plantarse allí, mirar a Marruecos a los ojos, y soltar un discurso españolista que recordara a aquellos tiempos en los que los políticos todavía creían en algo más que en su propia supervivencia.
La Mareta: El retiro dorado donde murió la última chispa de dignidad
Pero no. Eligió el deshonor. Prefirió quedarse en La Mareta, con sus piscinas y su retiro vacacional, mientras Marruecos hacía lo que le daba la gana con la frontera. Ni un discurso, ni una advertencia, ni una sola medida contundente. Solo el silencio cómplice de quien prefiere alabar al vecino antes que defender la puerta de su casa. La imagen del presidente tomando el sol mientras Ceuta ardía simbólicamente es el mejor resumen de su mandato.








