Un barco fantasma, un virus de cine de terror y el mismo payaso de siempre
Parece que el destino, con su infinita paciencia para los chistes malos, ha vuelto a cruzar el camino de Fernando Simón con una crisis sanitaria. Esta vez no es un coronavirus chinchoso, sino un brote de hantavirus en un crucero fondeado en Cabo Verde. Tres muertos, siete infectados, 147 almas en cuarentena flotante y 14 españoles mirando al horizonte con la esperanza de no acabar siendo carne de titular.
«No hay riesgo alto»: la frase predilecta del iluminado de turno con cara de percebe
Pero tranquilos, que don Futurología de pacotilla ya ha hablado. Este martes, el mismo que en enero de 2020 nos vendió la moto de que el coronavirus sería «probablemente solo algún caso en España», ha dictaminado que el crucero no supone «un riesgo alto». Ah, menos mal. Por un momento llegué a pensar que un barco con un virus que ronda el 40% de mortalidad en algunas variantes, aislado frente a la costa de un país con recursos limitados, podría ser problemático. Pero no, Fernando Simón lo ha dicho. Y si él lo dice, yo me tomo la jubilación.
La misma prosopopeya, el mismo desprecio por las víctimas
Lo fascinante no es que se equivoque —que lo hace, y con una consistencia digna de estudio—, sino que lo haga con la misma prosopopeya tecnocrática de quien reparte chocolate en un velatorio. El mismo que en 2020 nos aseguró que no pasaba nada mientras los hospitales montaban morgues en los parkings, ahora nos pide calma con un virus que se transmite por ratas. Pero no, no hay riesgo alto. A lo mejor el riesgo lo define por categorías de su invención: riesgo bajo, riesgo medio, riesgo «que se lo coman los roedores en Canarias».
De la memoria histórica sanitaria y los 130.000 muertos
Y luego está lo de la memoria, que no solo sirve para fosas comunes, sino también para declaraciones homicidas. Porque sí, señor Simón, usted dijo aquello del coronavirus y luego España acumuló 130.000 muertos oficiales (y Dios sabe cuántos sin contar). Usted fue el «matarife» de las ruedas de prensa, el que restaba importancia mientras las UCI ardían, el que convertía la prudencia en un chiste de mal gusto.
Un gobierno sin escrúpulos y su eterno jefe de bomberos pirómano
Pero, ay, este gobierno —que tiene escrúpulos para unas cosas y para otras ni de broma— no solo no le apartó del cargo, sino que le mantiene como director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES). Vamos, como poner a un pirómano de jefe de bomberos. Lo más sangrante, con perdón, es que el personaje sigue viviendo del cuento. Sus afirmaciones no tranquilizan: inquietan. Porque cuando alguien con su historial dice «no hay riesgo alto», lo que cualquier persona con dos dedos de frente escucha es «prepárense para lo peor».
El fantasma de Binefar: ni allí le querían
Y yo me pregunto: ¿de verdad nadie en el Ministerio ha pensado que igual lo mejor sería que este señor se dedicara a otra cosa? Porque como médico, según cuentan en Binefar —ese pequeño pueblo del que tuvo que salir por la puerta de atrás—, no le querían ni para poner inyecciones de suero. Pero en la administración, claro, las críticas se amortiguan con alfombras de titanio y los errores se reescriben con tinta de funcionario.
Para náufragos: huir del puerto cuando hable Simón
Así que ya saben: cuando Fernando Simón les diga que un barco infectado no es peligroso, cojan a sus seres queridos, un par de mascarillas FFP2 (que esas al menos funcionan) y manténganse alejados del puerto. Por si acaso. Porque los ratones no muerden dos veces, pero los futurologos de pacotilla nunca aprenden.
«Quien minusvaloró una pandemia con 130.000 muertos no tiene derecho a pedir calma; solo a callarse y, de paso, presentar la dimisión.»








