España el país de los rebuznos

May 1, 2026

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Crónica política de urgencia. (O cómo Tip y Coll, sin saberlo, escribieron el guion de nuestra actualidad)

No se alarme el lector. Lo que viene a continuación no es la transcripción de una sesión en el Congreso, ni el acta de una comisión de investigación, ni el currículum vitae de un alto cargo con méritos en “gestión de sobremesas”. Es, simplemente, el recuerdo de un sketch de Tip y Coll que, por error, se coló en el prime time de la realidad. Pero entendámonos: cuando la sátira envejece y se convierte en documental, algo falla. O quizá no. Quizá siempre funcionó así y nosotros no queríamos verlo.

La oficina de los milagros (de la mediocridad)

Corría el año de gracia en que Tip hizo de funcionario vocacional y Coll de aspirante a nada. La escena era simple: una oficina de contratación donde buscaban a alguien “sin experiencia, sin vergüenza, que no supiera hacer nada y delegara hasta el saludo”. Coll se postula. Es rechazado: “Usted aún sabe posar para la foto”. El público ríe. La prensa de entonces lo titula “genialidad”. La prensa de ahora lo reimprime como “instrucciones para opositar a la política española”.

Porque lo que nadie advirtió aquella noche es que Tip y Coll no estaban haciendo humor: estaban redactando los criterios de selección de media docena de gobiernos autonómicos, tres legislaturas nacionales y un número aún no cuantificado de asesorías fantasma. El chiste era la verdad disfrazada de monólogo. Lo triste es que la verdad ya no necesita disfraz.

Entra el jefe: un equino con cartera ministerial

Llaman a la puerta. Tip, solícito, hace pasar. Y aparece un burro. Pelaje gris, mirada de quien acaba de descubrir la ley de la gravedad y ha decidido ignorarla. Coll, actor consumado, pregunta: “¿Quién era?”. Tip, sin pestañear: “El jefe”.

Silencio en el plató. Carcajada después. Pero hoy, en 2026, aquella carcajada suena a llanto contenido. Porque ese burro no es un chiste: es un ministro de Fomento que no sabe cambiar una rueda, un consejero de Educación que cree que PISA es una marca de refrescos, un vicepresidente económico cuya principal habilidad es decir “depende de lo que entendamos por crecer”. Y lo peor no es que existan. Lo peor es que nos parecen normales.

La rebelión de los rebuznos

Tip y Coll, benditos sean, hicieron algo que ningún articulista político se atreve: ridiculizar al poder sin nombrarlo. Porque el burro no tiene siglas. El burro no tiene chalé en la playa ni sobrino en la mesa de contratación. El burro solo rebuzna. Y sin embargo, miren los titulares de hoy:

  • «Una diputada del PSOE, hemos hecho lo que no hicimos y lo que sí hicimos».
  • «El expresidente del gobierno  PSOE, El infinito es el infinito y el universo es muy probablemente infinito».
  • «El presidente del gobierno PSOE, Yo estoy bien, son las 5 y no he comido y ahora».
  • «La exministra de igualdad PODEMOS, «El capitalismo es incompatible con la vida».
  • «Vicepresidenta segunda del gobierno SUMAR, Vamos a adaptar las condiciones meteorológicas a los puestos de trabajo»
  • «Ex presidente del gobierno PP, Hay cosas bonitas, otras no tanto, y no me acuerdo de ninguna»

¿Dónde está el burro? En todas partes. Pero ya no hace gracia. Como decía aquel viejo chiste: la diferencia entre Tip y Coll y la realidad es que Tip y Coll sabían cuándo habían acabado.

Con bisturí y vergüenza ajena

Lo que aquellos dos genios diseccionaron no fue la casta política. Fueron sus propias vísceras. Sacaron el hígado de la incompetencia, los pulmones de la nepotismo, el corazón –pequeño, seco, casi decorativo– del “yo solo firmo, que otro lo haga”. Y al final, el burro seguía ahí, impasible, porque el burro es el único animal que puede vivir sin cerebro en un sistema diseñado para que no haga falta uno.

Así que ya sabe, estimado lector. La próxima vez que vea a un político dar una rueda de prensa sin decir nada, o apruebe una ley que nadie ha leído, o nombre a su hermano director de algo que no existe, no busque el sarcasmo. Busque el rebuzno. Y sonría, no por felicidad, sino por el mismo reflejo que nos hace reír en un entierro: porque si no nos reímos, nos tocaría llorar. Y las lágrimas, ay, no cotizan en Bolsa ni dan escaños.

Publicado en la sección Política donde la realidad supera a la ficción,con la colaboración involuntaria de toda la clase política nacional. Se permite su reproducción, aunque preferiríamos que no hiciera falta.

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