El destape que ni en el destape
Hay confesiones que hieren, otras que matan políticamente y unas pocas que directamente dejan a la intemperie. La de Víctor de Aldama este miércoles en el Tribunal Supremo pertenece a esta última categoría. El presunto conseguidor del ‘caso Koldo’ no se ha limitado a tirar de la manta: ha agarrado el edredón nórdico, las sábanas de algodón egipcio, la funda de la almohada de seda y hasta el colchón viscoelástico con memoria de futuro, dejando al nº 1 en cueros sobre el frío suelo del salón de la Moncloa. Y por si fuera poco, ha abierto la ventana para que entre la corriente.
Del chanchullo a la zarzuela: un sainete con tarjeta black
Porque si algo ha conseguido este empresario con declaraciones dignas de un guion de Berlanga es situar la barra de la desvergüenza política en un nivel tan estratosférico que el mismísimo Luis Bárcenas, con su coche en el garaje, le aplaudiría desde la distancia. Todo ello envuelto en un dialecto de clan mafioso que haría sonrojar a los Soprano. Aquí nadie habla de «presidente» ni de «ministro»: aquí se habla de «el uno» y de «el jefe» como si estuviéramos ante una logia masónica de la casta, pero con peor gusto y menos misterio.
«El jefe» y «el uno»: cuando la corrupción se da títulos nobiliarios
Empecemos por la jerarquía criminal. En la mente privilegiada de Aldama y su inseparable Koldo García, el entonces ministro de Transportes, José Luis Ábalos, no era un simple cargo público sometido al control de las Cortes: era «el jefe». Pero cuidado, matiza el acusado, todo era «por respeto». Por supuesto. Igual que en El Padrino llamaban Don Corleone por respeto, no porque hubiera que matar a nadie. Y a Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno de España, Dios guarde, lo llamaban «el uno». Porque claro, «presidente» o «señor Sánchez» habría sido demasiado formal, demasiado institucional, demasiado… legal. Mejor un código críptico que suene a clave de bingo de legionarios o a contraseña de pub de carretera.
Sánchez lo sabía todo, pero miraba a otro lado (y le daba las gracias)
Lo de «el uno» es especialmente tierno. Da igual que la trama esté presuntamente hinchándose a comisiones ilegales —comisiones que salían de nuestros impuestos, oiga—, da igual que se paguen viajes, pisos y señoritas. Lo importante es que tenían jerarquía, organigrama y hasta protocolo. Y Pedro Sánchez, según Aldama, «tenía claro todo lo que hacían y lo sabía». No era ni «el cero», ni el despistado, ni aquel que se enteró por la prensa. Era el que veía, oía, aprobaba y, encima, daba las gracias. ¿Que cómo se atreve Aldama a decir eso? Pues porque Aldama estuvo allí, con escolta que se retiraba y todo, escuchando de labios del propio «uno» un «muchas gracias por todo, sé perfectamente lo que estáis haciendo». Traducción para idiotas: «Sigue rascando, que yo te cubro».
El mitin, las dos puertas traseras y el presidente en cuclillas
Reproduzcamos la escena porque merece un Goya al mejor guion de humor negro. Año 2019. Mitin del PSOE en el Teatro de la Latina. Madrid. Candidatura de Pepu Hernández —sí, el exseleccionador de baloncesto— a la Alcaldía. Aldama, que no es militante socialista, es llevado de la manita por Koldo García, quien le franquea dos puertas traseras. Dos. Como si accedieran al Backstage de un concierto de Justin Bieber. Y allí, en una estancia por detrás del escenario, estaba «el uno». Solo. Con un escolta que, al entrar el empresario, sale. Porque la intimidad es sagrada, especialmente cuando se trata de agradecer presuntos chanchullos. Sánchez, sonriente, le suelta: «Muchas gracias por todo, sé perfectamente lo que estáis haciendo». Y Koldo, cual fotógrafo de bodas rancias, les hace una foto y un vídeo. ¿Para el álbum familiar? ¿Para el archivo del chantaje? Pregunten ustedes.
«Él me debe mucho y él sabe por qué»: la frase que hiela la sangre
Pero lo mejor llega después, en el coche de vuelta. Aldama, aún fingiendo sorpresa (qué ingenuo), pregunta a Koldo por qué trata al presidente con tanta confianza, casi de colega. Y el exasesor de Ábalos suelta dos perlas que deberían ser grabadas en bronce y expuestas en el Museo de la Cínica Política Española:
Primera: «El día que el presidente me diga que le tengo que llamar presidente, dejo de estar en el partido y me marcho de aquí». O sea, que el tío que te llama «Pedro» y te habla de «arrancarte la cabeza» en plan broma coloquial, considera que su puesto es más fuerte que la presidencia del Gobierno.
Segunda: «Él me debe mucho y él sabe por qué». Ay, ese «él sabe por qué». El mantra favorito de todo chantajista de saldo, de todo conseguidor con información comprometedora. Porque claro, no se trata de explicar las comisiones, los contratos de mascarillas caducadas o los pisos pagados a la novia del ministro. No. Se trata de insinuar que el jefe del Ejecutivo está atado de pies y manos a una red de favores mutuos, como en aquella vieja canción de Sabina: «tú me debes lo que sabes, yo te debo lo que ves».
«Señoritas para relajar al jefe»: el momento más Trujillo de la jornada
Y entonces llegamos al punto álgido del esperpento. Aldama, generoso en detalles que ningún contribuyente pagaría por visionar, nos regala el instante prime time: México, un restaurante, Koldo García con mirada de fauno y la siguiente petición: «Hay que buscar a unas señoritas y presentárselas al jefe, ¿vale?». Atención, porque no es una metáfora. Son «señoritas» con comillas explícitas, de esas que sirven para que un ministro de Fomento «se relaje» después de tanto asfaltar autovías. Y Aldama, que es un detallista, paga. Por supuesto. «Primera y única vez», matiza el empresario, dejando en el aire la pregunta: ¿y la segunda y la tercera quién las pagó? ¿Los Presupuestos Generales del Estado?
El piso, la novia, el vídeo comprometedor y los huevos de Ábalos
Pero la cosa no queda ahí. Porque si el asunto de las señoritas era ya de juzgado de guardia, lo del piso de la entonces pareja de Ábalos, Jéssica Rodríguez, es directamente de película de serie B. Aldama ordenó a su socio Alberto Escolano que dejara de pagarlo en septiembre de 2021. ¿La razón? Koldo le dijo que Jéssica tenía un vídeo comprometedor de Ábalos y que «le tenía cogido por los huevos». Palabras textuales, con perdón. Y cuando Aldama quiso desengancharse, enviaron a su hermano Joseba a la oficina a partirle la cara al socio. Al final, Koldo subió, agarró a Escolano por la pechera, y salió con la cara partida. O sea, que estamos hablando de un presunto grupo criminal que amenaza, pega, extorsiona con vídeos íntimos, paga señoritas y financia pisos. ¿Y todo esto mientras «el uno» daba las gracias y decía que lo sabía?
Ábalos en el coche oficial con señoritas: el último clavo en la dignidad institucional
Por si alguien albergaba alguna duda sobre el nivel de descomposición, Aldama suelta un detalle menor: «Yo he visto al señor Ábalos llevar señoritas en el coche oficial». No un coche cualquiera, sino el coche oficial de un ministro de Transportes. El mismo que pagamos todos con nuestros impuestos. El mismo que debería trasladar a un señor con cartera a reuniones sobre peajes, AVE y déficit de infraestructuras. Y resulta que circulaba de lupanar móvil. Habría sido cómico si no fuera porque es el retrato exacto de una casta política que se creía intocable.
El presidente que está en todas partes (menos en los papeles de acusación)
Mientras tanto, el presidente del Gobierno, al que llamaban «el uno» en la trastienda de los chanchullos, tendrá que explicar por qué siempre aparece en las fotos, en los vídeos, en las frases de los implicados («lo sabía todo, me dio las gracias») pero nunca en los escritos de imputación. Será que tiene un don mariano: estar en todas partes sin aparecer en ninguna, bendecir tramas discretamente y luego lavarse las manos como Poncio Pilatos en un spa. «Yo no sabía nada», dirá. Pero Aldama ya ha sembrado la duda: ¿cómo es que no sabías nada si te llamábamos «el uno»?
Lo único que ha quedado desnudo es el andamio de la coartada
Lo único que ha quedado desnudo hoy no es Pedro Sánchez —que ya sabemos que en las fotos siempre sale trajeado y sonriente—, sino el andamiaje de una coartada que empieza a tener más agujeros que un colador de cocina en una casa de estudiantes. Porque si Aldama miente, que lo demuestre la justicia. Pero si Aldama dice verdad, España entera tiene derecho a saber por qué el presidente del Gobierno daba las gracias a un presunto conseguidor de comisiones por «todo lo que estáis haciendo».
El desnudo final: ni edredón ni vergüenza
Y así, señores, hemos llegado al final de este sainete de declaraciones donde un empresario confeso de todo (comisiones, señoritas, pisos, amenazas) pone al presidente de su partido en la picota y a su exministro como un personaje de Sálvame Deluxe. La manta no solo se ha caído, sino que alguien la ha quemado en la puerta del Sol, mientras los implicados miran a otro lado y los españoles se preguntan si esto es un país o una teleserie de Antena 3 con 37 temporadas.
Moraleja: Cuando la manta es corta y la trama es larga, y encima hay quien tira del edredón, más vale no llamarse «el uno» porque terminas siendo el cero a la izquierda de la decencia política española.
Epílogo: La pregunta que ningún periodista debería dejar de hacer en la próxima rueda de prensa no es si Sánchez conocía o no a Aldama. La pregunta es: ¿por qué un empresario que presuntamente manejaba comisiones ilegales se sentía tan cómodo con el presidente que este le daba las gracias en persona? Porque, se mire como se mire, eso no es política. Eso es, como mínimo, desnudo de vergüenza ajena.








