Reflexión sobre el silencio de la Corona y la memoria selectiva

Mar 18, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 Reflexión sobre el silencio de la Corona y la memoria selectiva

Felipe VI, el Rey que no heredó el valor de su padre y lo cambió por el silencio

Hay silencios que pesan más que cualquier discurso. Y hay palabras que, dichas a destiempo, terminan vaciando de significado el lugar desde el que se pronuncian. Lo que está ocurriendo en España con la deriva política de los pactos con Bildu no es solo una cuestión de aritmética parlamentaria o de supervivencia gubernamental. Es, sobre todo, un síntoma de algo más profundo: la erosión silenciosa de los principios que deberían sostener la convivencia.

Cuando un Estado pacta con quienes no han condenado el terrorismo, cuando se acortan penas a asesinos a cambio de votos, cuando se normaliza lo innegociable, lo que se está produciendo no es un simple movimiento táctico. Es una mutación ética. Y en ese proceso de degradación, las instituciones llamadas a velar por la permanencia de los valores constitucionales tienen una responsabilidad ineludible: la de hablar, la de advertir, la de marcar una línea que no debería cruzarse.

Pero aquí el Rey calla. Y no es un callar cualquiera. Es un silencio institucional, medido, calculado. Un silencio que, por su propia naturaleza, acaba siendo interpretado como consentimiento. Porque quien tiene la palabra para recordar lo que no debe olvidarse y elige no usarla, termina convirtiéndose en cómplice de lo que se olvida.

Y entonces ocurre lo paradójico: ese mismo Rey que no encuentra palabras para lo que ocurre hoy en España, viaja a México y las encuentra para lo que ocurrió hace quinientos años. Pide perdón por los «abusos» de la conquista, por hechos que no cometió, por responsabilidades que no son las suyas. Y uno no puede evitar preguntarse: ¿de verdad es más fácil pedir perdón por lo que hicieron otros, hace siglos, que alzar la voz por lo que está pasando aquí, ahora, con los nuestros?

Porque el problema no es pedir perdón a México. El problema es la desproporción, el desajuste, la anomalía de una conciencia que se activa ante lo remoto y se anestesia ante lo inmediato. ¿Dónde queda la memoria de las víctimas del terrorismo? ¿Dónde la dignidad de los que sufrieron el horror de ETA y ven ahora cómo sus verdugos son blanqueados por necesidades parlamentarias?

Lo más grave de todo es que este desajuste no es casual. Responde a una lógica: la de una Corona que ha decidido que su supervivencia pasa por no molestar al poder de turno. Que prefiere ser el Rey del sanchismo que arriesgarse a ser un Rey incómodo. Que asume que el precio de la estabilidad institucional es el silencio ante la ignominia.

Pero el silencio, cuando lo que está en juego son los cimientos mismos de la democracia, no es neutral. El silencio es una posición. Y en este caso, es la posición de quien prefiere mirar hacia otro lado mientras se reescribe la historia, se blanquea a los verdugos y se humilla a las víctimas.

Al final, la pregunta que queda flotando es terrible en su sencillez: ¿de qué sirve un Rey que pide perdón por lo que no hizo, si no es capaz de decir una sola palabra sobre lo que está consintiendo? Porque las monarquías, en democracia, solo tienen una justificación: ser el símbolo de la permanencia, el recordatorio de que hay valores que no se negocian, límites que no se traspasan. Cuando eso se abandona, cuando el símbolo se pliega a la conveniencia, lo que queda es puro decorado.

Y los decorados, por muy bellos que sean, no sostienen nada cuando el edificio tiembla.

Dios salve al Rey. Porque los españoles, viendo su silencio cómplice ante el sanchismo, ya han decidido no hacerlo. Así que, Majestad, encomiéndese al Altísimo. De los mortales, poco va a tener.»

 

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