Marlaska: El ángel de la guarda caído de violadores y coke boys, mientras fusila a los que aún tienen dignidad

Mar 11, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 Marlaska: El ángel de la guarda caído de violadores y coke boys, mientras fusila a los que aún tienen dignidad

La parábola del buen samaritano según el sanchismo: Al buen pastor, crucifícalo; al lobo, ponle una alfombra roja

Habría que preguntarse en qué encrucijada demoníaca vendió Fernando Grande-Marlaska su alma —y la cartera de Interior— para terminar convertido en la antítesis viviente de todo lo que un día juró defender. Porque no hay explicación terrenal —ni sobrenatural que no implique un pacto con Mefistófeles— para que un ministro del Interior, otrora juez estrella contra ETA, se haya transformado en la madrina protectora de presuntos violadores con carnet socialista, encubridora de diputados esnifadores y verdugo implacable de los hombres que aún creen en la ley.

O el diablo paga en especie, o la dignidad está en el outlet de las rebajas.

Mientras los españoles de a pie observan con la boca abierta —y la cartera vacía—, Marlaska ha perfeccionado el arte de la picaresca gubernamental hasta convertirlo en una disciplina olímpica: premiar al delincuente, defenestrar al honorable, borrar atestados como quien limpia el historial de un móvil robado. Una suerte de justicia al revés que ni el mismísimo Lewis Carroll —que en paz descanse— habría imaginado para su país de las maravillas. Esto ya es país de los horrores.

LOS ELEGIDOS: EL CURRÍCULUM DEL ESPANTO

El DAO acusado de violación… ¿desfenestrado? No, espera, que eso sería demasiado obvio. Mejor: jubilado y protegido.

Un presunto agresor sexual. Una subordinada. Un ministerio que mira hacia otro lado mientras afila el cuchillo contra los que cumplen la ley.

Sobre este caso, el gran Marlaska. Con esa cara de «yo soy el bueno de la película, el que reparte hostias a los malos» y esa expresión de beatífica inocencia que haría sonrojar a un sacerdote pederasta, salta al ruedo y suelta con la boca pequeña —la misma con la que debe besarle el anillo a Sánchez—:

«¿Que hay un violador en mi casa? ¡Ah, no sabía nada! Es que yo solo leo los titulares del Público.»

La misma cantinela de siempre. El «yo no fui, fue el calentón global». Porque claro, siendo ministro de Interior —el jefe de todos los cuerpos policiales, el responsable último de la seguridad del Estado, el que tiene acceso a todos los informes confidenciales—, uno no tiene por qué enterarse de lo que pasa en el Ministerio del Interior. Eso es para los cargos menores, los que manchan sus manos con los papeles, los que aún no han aprendido que aquí lo importante es la foto, el titular, la carrera.

Él está para las alturas, para posar en las fotos con esa sonrisa de estreñimiento crónico y para gestionar su carrera política mientras los violadores campan a sus anchas en sus despachos.

«Si la víctima no se ha sentido protegida, renunciaré…»

Ahí llega la guinda del pastel envenenado: la amenaza de renuncia condicionada. Una promesa tan firme como un juramento de borracho en una timba de carabanchel. Esa coletilla no es una declaración de intenciones, es un brindis al sol con champán robado, un cortafuegos lingüístico para que la noticia no le salpique mientras él sigue calentando el sillón.

La cuestión no es si la víctima se ha sentido protegida. La víctima está en su casa, con el trauma, con la mierda, mientras su agresor —presunto, que es muy importante decirlo, ya saben, la presunción de inocencia para los nuestros— sigue cobrando del erario público. La cuestión es si un presunto agresor sexual ocupaba un cargo de confianza en el ministerio que vela por la seguridad de todos. Pero eso es secundario, ¿no? Eso son detalles.

Y mientras tanto, el presunto violador… ahí está. Tan campante. Premiado por su lealtad al sistema sin expediente y jubilado con una buena paga. O quizá, simplemente, protegido por la misma red que debería desenmascararlo. Porque aquí todos se conocen, todos se tapan, todos callan.

Felipe Sicilia: El diputado fiestero y la cocaína que se esfumó como por arte de magia (negra)

Pero el caso del DAO es solo el aperitivo, el entrante para ir abriendo boca. El plato fuerte —regado con cava y raya— nos llega con Felipe Sicilia, aquel diputado socialista y portavoz de la Ejecutiva Federal del PSOE que, según han revelado José Luis Ábalos y Koldo García —sí, el de la trama, el de los mordiscos, el que ahora canta como un ruiseñor enjaulado para salvar el pellejo—, participó en una fiesta ilegal durante lo más crudo de la pandemia con consumo de cocaína a espuertas, en cantidades industriales, de esas que harían palidecer a Pablo Escobar.

Visualicen la escena, que bien merece un Goya al mejor cortometraje de humor negro:

  • España confinada: muertos en las residencias, familias sin poder despedir a sus seres queridos, sanitarios llorando en las puertas de los hospitales, niños sin poder salir a la calle.
  • Sanitarios muriéndose de fatiga: sin EPIs, sin descanso, sin sueldo, sin esperanza.
  • Ciudadanos sin poder despedir a sus familiares: desde ventanas, desde balcones, desde la más absoluta impotencia.

Y mientras tanto, el diputado Sicilia —el de la voz firme, el que salía en la tele a defender las medidas del gobierno, el que nos llamaba a la responsabilidad ciudadana— dándose un homenaje en un hotel con «grandes cantidades de cocaína». Y no solo eso: fiesta ilegal, porque las reuniones estaban prohibidas, porque la gente se jugaba el tipo por comprar el pan.

Lo que habría supuesto para cualquier español de a pie —para un camarero, para un conductor de autobús, para un profesor— un juicio rápido, una multa multimillonaria, la vergüenza pública y el despido fulminante, para el socialista se convirtió en un acto de prestidigitación gubernamental digno de Copperfield y el Gran Mago de Oz juntos: el atestado policial desapareció.

Así, sin más. Poof. Como por arte de magia. Como si la policía hubiese tenido un lapsus colectivo. Como si las pruebas se hubiesen esfumado en una nube de humo blanco.

Koldo García —el que maneja los hilos del guiñol— lo soltó con una naturalidad pasmosa, con esa tranquilidad del que sabe que aquí no pasa nada porque aquí mandamos nosotros:

«Nunca más se supo» del atestado.

¿Y quién ordenó su desaparición? «Gente del Gobierno», incluido, según apuntan todas las fuentes —las oficiales, las oficiosas y las que hablan en los pasillos—, el mismísimo Pedro Sánchez. El presidente. El que nos prometió decencia, regeneración, mano firme. El mismo que ahora debe estar rezando para que Koldo no suelte más prendas.

Y aquí entra Marlaska como el perfecto director de orquesta del silencio, como el maestro de ceremonias de este aquelarre de impunidad. ¿Dónde estaba el ministro del Interior mientras se esfumaban las pruebas de un delito cometido por un diputado socialista? Probablemente supervisando que el truco de magia saliera bien, dando órdenes por lo bajini, asegurándose de que los papeles desaparecieran en la trituradora adecuada.

La pregunta es obligada, y huele a podrido: ¿cuántos atestados más han desaparecido en la trituradora de Interior? ¿Cuántas fiestas con cocaína de cargos socialistas han sido borradas de los archivos policiales por orden del «entorno del Gobierno»? Porque, según las revelaciones de Ábalos, él mismo fue informado por la Policía del incidente precisamente por su cargo en el partido. O sea, que las fuerzas de seguridad ya sabían a quién tenían que proteger: a los suyos. El partido informado de los delitos de sus miembros para, presuntamente, ocultarlos. Y Marlaska, como garante de esa operación de encubrimiento. Como el notario del régimen.

El Partido Popular ya ha solicitado la comparecencia urgente de Marlaska y del director de la Policía para que expliquen qué pasó con ese atestado y por qué se permitió que «desapareciera». Vox, por su parte, ha ido más lejos y pide investigar a Sánchez y Marlaska por posibles delitos de prevaricación, omisión del deber de perseguir delitos, infidelidad en la custodia de documentos y tráfico de influencias. Pero tranquilos, seguro que todo se resuelve con una rueda de prensa de Marlaska poniendo cara de circunstancias y soltando un par de vaguedades mientras mira a las musarañas.

Lo más grotesco —y en esto superamos la ficción, porque la realidad siempre gana—: Sicilia, tras su etapa dorada como diputado fiestero, ha acabado destinado como policía nacional en la comisaría del Tribunal Constitucional. Lean bien: el presunto infractor, el cocaínomano, el del atestado volatilizado, protegiendo nada menos que la sede del máximo intérprete de la Constitución. Es como poner a un pirómano de bombero jefe. La ironía es tan gruesa, tan obscena, tan insultante, que podría cortarse con un cuchillo y servirse en bandeja de plata.

El repudiado: El vía crucis del que aún cree en la ley

Mientras los acusados de violación y los fiesteros cocaínomanos reciben protección celestial —y un puesto fijo—, los hombres que cumplieron con su deber asisten a su particular vía crucis diseñado por Marlaska con esmero y saña. Porque si hay un nombre que simboliza la inquina del ministro contra la honestidad, ese es el del coronel Diego Pérez de los Cobos.

Coronel Pérez de los Cobos: el delito de ser honorable (pena: destierro)

¿Qué delito cometió este hombre para ser cesado fulminantemente, como un perro sarnoso al que se echa de casa?

Ni más ni menos que negarse a revelar a la Dirección General de la Guardia Civil el contenido de los informes que sus hombres estaban elaborando para una jueza sobre la manifestación del 8M. O sea, cometió la osadía de:

  • Actuar conforme a la ley (vaya frescura)
  • Respetar la independencia judicial (qué anticuado)
  • Entender que las investigaciones policiales pertenecen al juzgado que las ordena, no al Ministerio del Interior (menudo peligro)

Vamos, un auténtico peligro público. Un terrorista de la decencia. Un enemigo del régimen.

La nota de su cese fue clara como el agua sucia: «no informar del desarrollo de investigaciones y actuaciones de la Guardia Civil, en el marco operativo y de Policía Judicial, con fines de conocimiento».

Traducción para no iniciados: el coronel pecó de no convertirse en confidente del ministerio, de no violar el secreto de las actuaciones judiciales para contentar a sus jefes políticos, de no pasar la información que le pedían para usarla contra el PP, contra la oposición, contra los enemigos del gobierno. Por ese delito de honorabilidad, fue defenestrado. Por no ser un chivato, lo echaron.

El código del honor invertido: La tabla de la vergüenza 

Si alguien albergaba dudas sobre la deriva ética del Ministerio del Interior —si alguien pensaba que esto era exageración, que esto era postureo—, que observe este cuadro comparativo. Que lo imprima. Que lo enmarque. Que lo cuelgue en la puerta de su nevera:

 

LOS PROTEGIDOS (LOS SUYOS)EL REPUDIADO (LOS NUESTROS)
DAO José Ángel González: acusado de presunta violación a una subordinada. Situación: jubilado, tan pancho.
Felipe Sicilia: presunta fiesta con cocaína en pandemia con atestado desaparecido. Situación: protegiendo el Tribunal Constitucional.
Coronel Pérez de los Cobos: cesado por negarse a vulnerar el secreto sumarial. Situación: desterrado, humillado.

La moraleja es tan diáfana como repugnante, tan clara como el caldo de un mal restaurante:

Si eres un mando honesto que actúa con arreglo a derecho, prepárate para el ostracismo, la humillación y el destierro. Eres un peligro. Fuera.

Si, por el contrario, acumulas acusaciones de violación, fiestas con cocaína o corrupción a espuertas, Marlaska te protegerá, borrará tus delitos de los archivos, hará desaparecer los atestados y te recolocará en algún puesto donde puedas seguir siendo útil al partido. Cuanto más turbio, mejor.

¿A qué huele el alma de Marlaska?

Uno recuerda al Marlaska juez, al que se llenaba la boca hablando de firmeza contra ETA y de respeto a la ley, al que se fotografiaba con las víctimas, al que prometía mano dura contra los delincuentes. Y cuesta conciliar esa imagen —blanco y negro, seria, de juez implacable— con la de este ministro que hace desaparecer atestados para proteger a diputados fiesteros, que mantiene en su puesto a acusados de violación, que castiga a los que cumplen la ley.

Pero claro, los jueces tienen la dignidad cara; los ministros del sanchismo, la tienen en liquidación permanente, en oferta 2×1, con regalo y envoltorio incluido.

Ver a un ministro del Interior convertido en el ángel de la guarda caído de presuntos delincuentes mientras vapulea a quienes cumplen la ley provoca una mezcla de indignación y vergüenza ajena que pocas veces se había visto en este país. Y mira que hemos visto cosas.

¿Qué precio tiene la dignidad de Marlaska? ¿Quién le compró el alma y a cambio de qué? Porque servicios como los que presta no se hacen por amor al arte ni por lealtad al partido. Se hacen por algo más oscuro, más profundo, más comprometedor. Se hacen cuando te tienen cogido por algún sitio, cuando sabes que si no obedeces, te caes del guindo.

Mientras tanto, Pérez de los Cobos en el destierro con honor seguirá tomando café en la cafetería de ese viejo cuartel de Batalla del Salado, comentando «lo ocurrido en los últimos meses en el seno de la Benemérita». Y seguramente, entre sorbo y sorbo de un café aguado, se pregunten cómo es posible que un ministro haya conseguido invertir los valores hasta convertir la honradez en delito y el delito en mérito.

Y seguramente, también, se responderán con un suspiro, con una mirada cómplice, con esa sabiduría amarga de los que ya lo han visto todo:

«Cuando se pierde la dignidad, cualquier cosa es posible. Incluso esto. Incluso Marlaska.»

¿Te ha parecido poco? Difúndelo. Que la vergüenza no se quede en el tintero. 

Y tú, Marlaska, si te pica el artículo, ya sabes: puedes hacerlo desaparecer como los atestados.

 

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