El Archipiélago se muere de una enfermedad llamada «lealtad». Una dolencia rara que el Gobierno de Pedro Sánchez premia con indiferencia, mientras que a otros territorios, los que agitan banderas, queman contenedores y amenazan con romper España, les concede todo lo que piden. La pregunta que quema en los labios de cualquier isleño con dignidad es ya inevitable: ¿Tenemos que poner una huelga general, rodear aeropuertos y amenazar con la independencia para que nos miren a la cara? Porque con la docilidad y el voto sumiso, llevamos décadas mendigando limosnas mientras nos hunden en la miseria.
El «buenismo» canario: una patología que nos lleva al matadero
Los canarios tenemos un problema, y no es solo Pedro Sánchez. El problema es que nos hemos creído el papel de «hermanos buenos» de la familia española. Somos ese hijo al que se da por sentado, al que se le exige y se le exige porque «siempre está ahí». Mientras los catalanes montan un ‘procés’ cada otoño y obtienen mesas de diálogo, indultos y reformas del Código Penal, a nosotros nos dan una palmadita en la espalda y nos piden que aguantemos un poco más con los muertos en los muelles y las listas de espera quirúrgica.
¿Dónde está la rabia canaria? ¿Dónde están los cortes de carretera que paralicen el turismo, que es su principal fuente de ingresos? Si cortamos la TF-5 o la GC-1 durante una semana, si impedimos que los turistas lleguen a los hoteles, el Gobierno central mandaría al ejército si hiciera falta, pero al menos nos escucharían. Pero no. Nosotros preferimos la queja educada en el Parlamento, la carta a los Reyes Magos que el PSOE se encarga de tachar con desprecio, y el voto sumiso que sigue manteniendo en el poder a quienes nos ningunean.
Clavijo habla de «sentimiento de abandono». Pero el sentimiento no se come. El sentimiento no paga las facturas de la luz desorbitadas de un territorio aislado. El sentimiento no desala el agua que nos falta por la inversión robada. El sentimiento no rescata a los niños que se pudren en los centros de menores mientras Moncloa se lava las manos. Necesitamos hechos, y los hechos solo se consiguen cuando el poder tiembla. Y a Sánchez, Canarias no le hace temblar. ¿Por qué? Porque sabe que aquí, pase lo que pase, el voto se divide y una parte importante sigue siendo para el PSOE. Somos rehenes de nuestra propia sumisión electoral.
Cataluña: el chantaje que funciona vs. Canarias: el silencio que mata
Hagamos un ejercicio de realismo político. Cataluña lleva años chantajeando al Estado. Han desviado impuestos, han desobedecido leyes, han intentado una declaración unilateral de independencia. ¿Y el resultado? Pedro Sánchez se sienta con ellos, les perdona la deuda, les transfiere competencias y les concede todo tipo de privilegios fiscales y políticos con tal de mantenerse en la Moncloa. El «cupo catalán» o la condonación de la deuda son palabras mayores.
Mientras tanto, Canarias, con un Régimen Económico y Fiscal (REF) que debería ser sagrado, tiene que pelear como si fuera una subvención discrecional. Los 700 millones de euros evaporados de los Presupuestos Generales son la prueba del algodón: si eso se lo hacen a Cataluña, arden las calles, arden las embajadas españolas en Europa, y el mundo entero se entera. A nosotros nos lo hacen, y lo único que ocurre es una declaración institucional de Clavijo que nadie escucha en la Península.
La diferencia es abismal: a los que amenazan con romper España se les compra con millones; a los que juran la bandera y se parten la cara por la solidaridad interterritorial se les deja morir de inanición. Es la máxima del cinismo político: «Al que protesta, se le calla con dinero; al que aguanta, se le exige más paciencia».
La estrategia del colapso: convertir las islas en un gueto ingobernable
El Gobierno de Sánchez ha entendido perfectamente la geopolítica interna. Canarias es la frontera sur de Europa, el muro de contención de la migración africana. Y como muro, solo necesita mantenerse en pie. No importa si está lleno de grietas, si los que viven en él no tienen luz, ni agua, ni trabajo digno. El muro cumple su función: retener.
Por eso no hay inversión en infraestructuras. Porque una isla que vive al borde del apagón energético, con unas carreteras colapsadas y una sanidad tercermundista, es una isla débil. Una isla débil es más fácil de controlar y no tiene fuerzas para rebelarse. El apagón del que habla Clavijo no es una metáfora, es una profecía de un gobierno que nos quiere a oscuras.
Y mientras, la pobreza se cronifica. El 25% de exclusión social no es un dato, es una bomba de relojería. Generaciones enteras criándose en la precariedad, viendo cómo el turismo llena las arcas de los hoteleros mientras ellos no pueden acceder a una vivienda digna. El mensaje es perverso: «Tú trabaja para el turista, sonríe, sé amable, pero no aspires a nada más. Si te quejas, te llamaremos radical. Si protestas, te diremos que eres un antisistema».
¿Independencia? No, dignidad
No se trata de ser independentistas. Canarias tiene un arraigo profundo con España, y la mayoría de los canarios se sienten españoles. Pero el sentimiento de pertenencia no puede ser un billete de ida hacia la esclavitud moderna. No podemos seguir siendo españoles de segunda, ciudadanos a los que se les exige lealtad absoluta mientras se les niegan los derechos más básicos.
Si el precio de que nos escuchen es comportarnos como los catalanes, que negocian con pistas en la mano, entonces quizás ha llegado la hora de que Canarias aprenda la lección. No se trata de romper España, sino de hacer entender que este Archipiélago no es una colonia de explotación turística y vertedero migratorio. Somos ocho islas con 2,2 millones de personas que merecen vivir con dignidad.
El Gobierno central solo entiende un lenguaje: el del conflicto. Y mientras nosotros sigamos siendo dóciles, mientras sigamos tragando y esperando que el próximo decreto «Canarias» no sea una burla, seguiremos siendo invisibles.
¿Hasta cuándo, Canarias? ¿Hasta que un niño muera de frío en un polvorín? ¿Hasta que una isla entera se quede a oscuras una semana? ¿Hasta que la exclusión social llegue al 40%? Los canarios tienen que decidir si quieren seguir siendo el hermano tonto de la familia española, o si por fin están dispuestos a rugir. Porque el silencio nos ha costado ya demasiada sangre, demasiada pobreza y demasiada dignidad arrebatada.
O aprendemos a plantar cara, o nos condenamos a mendigar por siempre. La elección es nuestra. Pero el tiempo se agota.









