Sánchez se cree el puto amo del universo y ningunea a Felipe González como si fuera un don nadie
«Encantado de que en un futuro vuelva a votar al PSOE, pero será lejano porque me voy a volver a presentar». Esta frase, que debería provocar vergüenza ajena en cualquier demócrata con dos dedos de frente, la soltó Pedro Sánchez con la chulería del matón de patio de colegio que acaba de descubrir que el director le tiene miedo. Y lo peor: lo dijo ante un auditorio de aplaudidores profesionales que seguramente le reirían las gracias aunque anunciara que va a bombardear Valencia.
El okupa de la Moncloa da lecciones de democracia al fundador
¿Pero este tío quién se cree que es? Porque una cosa es tener ambición política, y otra muy distinta es mirar por encima del hombro a FELIPE GONZÁLEZ, el único líder que ha tenido el PSOE que ganaba elecciones sin hacer el pino puente con separatistas, sin tener que indultar a golpistas y sin que su partido pareciera una sucursal de la trama rusa de lavado de dinero.
Felipe González, con todos sus defectos, representa algo que Sánchez jamás podrá comprar ni aunque vacíe las arcas públicas (que ya las está vaciando): dignidad. Ese señor se fue cuando tocaba, dejó paso, no convirtió el partido en su cortijo particular. Mientras tanto, el actual inquilino de la Moncloa lleva años instalado en el poder como esos inquilinos que dejan de pagar el alquiler y encima amenazan con denunciar al casero por acoso.
«Mi electorado se queda en casa»: la putada de gobernar para unos pocos
Y entonces llega la confesión: «Parte de nuestro electorado se queda en casa». ¡Hostias, qué descubrimiento! La gente que te votó está harta, decepcionada, asqueada. Gente que creyó en el cambio, en la decencia, en que ibas a ser diferente, y ahora ven cómo pactas con Bildu, cómo blanqueas a ETA, cómo repartes poder a cambio de tu sillón, cómo tus ministros están bajo sospecha judicial, cómo tu hermano sale en los papeles, cómo tu mujer… bueno, eso ya lo sabemos todos.
¿Y cuál es tu solución, oh gran líder? «Trabajaré para recuperarlos de cara a las generales». O sea, que los próximos meses, mientras la gente no puede pagar el alquiler, mientras la sanidad pública se desangra, mientras la educación pública se hunde, mientras los precios se disparan, tú vas a dedicarte a HACER CAMPAÑA. A montar mítines. A soltar frases hechas. A prometer lo que no vas a cumplir. Porque gobernar, lo que se dice gobernar, eso parece que va por libre.
La dictadura del «voy a volver a presentarme»
Lo más siniestro de todo es la naturalidad con la que Sánchez asume que él es el PSOE, que él es el gobierno, que él es el puto Estado. No dice «el PSOE se presentará», dice «YO me voy a volver a presentar». No es el partido, es ÉL. No es un proyecto colectivo, es su ambición personal. No es España, es su puto ombligo.
Estamos ante el primer presidente que gobierna pensando exclusivamente en cómo seguir gobernando, no en cómo mejorar la vida de los ciudadanos. Cada decisión que toma está meditada en función de su supervivencia política. Los presupuestos, los pactos, los indultos, las cesiones, las leyes… TODO responde a una única pregunta: ¿esto me mantiene en el poder?
Y mientras tanto, Felipe González, el hombre que ganó cuatro elecciones consecutivas, el que modernizó este país, el que metió a España en Europa, tiene que tragarse que este iluminado le suelte semejante desprecio. Y lo hace con la boca pequeña, porque en el fondo sabe que el PSOE de Sánchez ya no es su partido, es una secta donde la crítica no existe y la lealtad se mide por el número de veces que aplaudes.
El futuro lejano de España y el presente perpetuo de Sánchez
Cuando Sánchez habla del futuro «lejano» de Felipe González, en realidad está diciendo: «Yo voy a estar aquí hasta que te mueras». Porque a sus 82 años, el futuro de Felipe no es tan lejano, es más bien limitado. Pero el nuestro, el de los españoles que tenemos que soportar esta farsa, también empieza a parecerlo.
Porque este hombre no se va a ir por las buenas. Ya lo demostró cuando se aferró al acta de diputado tras fracasar, cuando maquinó para tumbar a Rajoy, cuando pactó con los enemigos de la Constitución, cuando indultó a quienes querían romper España. Siempre encuentra una excusa, siempre hay un «interés superior», siempre hay una emergencia que justifica su permanencia.
España, un país con okupa en Moncloa
Felipe González tuvo un par de cojones para irse. Dejó el poder cuando entendió que su ciclo había terminado. No necesitó reformar leyes para perpetuarse, no necesitó controlar el poder judicial, no necesitó comprar voluntades, no necesitó vaciar las instituciones.
Sánchez, en cambio, es la prueba viviente de que el poder no se abandona voluntariamente. Es la confirmación de que algunos políticos confunden su proyecto personal con el destino de la nación. Es la evidencia de que la democracia española tiene un problema grave con un presidente que se cree insustituible.
Así que ya sabes, Felipe: olvídate de votar al PSOE. Para cuando tú llegues al colegio electoral con tu papeleta, Sánchez habrá cambiado la ley para presentarse hasta que se le sequen las neuronas, habrá convertido Ferraz en su capilla privada y, probablemente, estará negociando con Bildu para que le dejen gobernar desde el más allá y nacionalice a 500.000 para que le voten. Porque esto no es política, es una enfermedad. Y España, desgraciadamente, es el paciente cero.









