«En el momento de abrir la puerta del maletero, estalló el coche, alcanzando a los dos policías Nacionales de lleno, siendo decapitados y mutilados y cuyos restos quedaron esparcidos en un radio de más de cien metros del alrededor».
La mañana del 13 de abril de 1984 en Pamplona comenzó como cualquier otra. Tomás Palacín Pellejero, cabo primero de 43 años, se preparaba para un día más de servicio. A pocos kilómetros, un comando de ETA ponía en marcha una operación que marcaría un sangriento precedente: el primer doble atentado encadenado de la organización. Lo que siguió fue una trampa mortal que no solo segó la vida de dos agentes, sino que destapó las profundas heridas de una sociedad fracturada.
Los hombres detrás del uniforme
Tomás Palacín Pellejero: el aragonés con raíces
Natural de Cervera de la Cañada (Zaragoza), Tomás Palacín tenía 43 años cuando fue asesinado. Estaba casado y era padre de dos hijos. Llevaba en Pamplona desde 1980 y, significativamente, estaba a la espera de su traslado a Zaragoza, donde acababa de comprarse un piso. Su vida se truncó justo cuando preparaba el regreso a sus raíces.
Juan José Visiedo Calero: el joven con futuro
Con solo 26 años, Juan José Visiedo representaba la nueva generación policial. Nacido en Melilla pero criado en Moncada (Valencia), llevaba casi tres años en el cuerpo. Estaba casado y tenía una hija de dos años que «apenas pudo disfrutar». Su hermano Antonio lo recuerda como «un chaval alegre, bromista y muy buena persona» que compartía habitación y ropa con él durante la adolescencia. En sus tres años de servicio, había recibido dos condecoraciones.
Perfil de las víctimas policiales:
| Víctima | Edad | Origen | Situación familiar | Trayectoria |
| Tomás Palacín Pellejero | 43 años. | Cervera de la Cañada (Zaragoza). | Casado, 2 hijos. | En Pamplona desde 1980, esperando traslado a Zaragoza. |
| Juan José Visiedo Calero | 26 años. | Melilla (criado en Moncada, Valencia). | Casado, 1 hija de 2 años. | 3 años en el cuerpo, 2 condecoraciones. |
45 minutos de terror: la mecánica de una trampa
Primer acto: el asesinato del comandante Alcocer
La secuencia comenzó a las 7:10 de la mañana en el mayorista «Mercairuña». Jesús Alcocer Jiménez, comandante retirado de 65 años y expresidente de Fuerza Nueva, realizaba sus compras habituales cuando dos terroristas a cara descubierta le dispararon simultáneamente a la cabeza desde tres metros. La muerte fue instantánea. Los agresores huyeron en un Renault 18 verde claro, robado en Hernani el 2 de julio de 1983, donde les esperaba un tercer cómplice.
La cacería y la trampa
Alertadas las dotaciones policiales, se establecieron controles por toda Pamplona. Aproximadamente 45 minutos después del primer atentado, una dotación del 091 localizó el vehículo abandonado en la ronda de Ermitagaña, frente al instituto Navarro Villoslada. Los terroristas habían convertido el coche en una trampa mortal colocando quince kilogramos de Goma-2 conectados a un dispositivo «de pinza» en una de las cerraduras.
Tomás Palacín y Juan José Visiedo decidieron inspeccionar el coche, situándose uno a cada lado. Mientras el conductor, Juan Vicente Sánchez Martín, avisaba a la central, al abrirse una puerta, la explosión fue devastadora. La onda expansiva hirió al conductor y, por milagro, no alcanzó a un repartidor de pan que pasaba en ese momento.
Consecuencias inmediatas: cristales rotos y heridas sociales
El impacto físico y social
La explosión fue de tal magnitud que reventó los cristales de los edificios circundantes y causó graves daños estructurales en el instituto, teniéndose que suspender las clases. Mientras los escolares evacuaban, «voluntarios de la Cruz recogían los esparcidos restos de los infaustos policías».
Funerales y divisiones políticas
Al día siguiente, los funerales en la iglesia de San Francisco Javier de Pamplona fueron presididos por el ministro del Interior, José Barrionuevo. El acto se desarrolló en un ambiente de tensión extrema: el ministro y las autoridades fueron «constantemente increpados» por parte del público, mezclándose gritos contra ETA con insultos al Gobierno y al PSOE. A la salida aparecieron octavillas de grupos de ultraderecha con lemas como «Si ellos no olvidan, nosotros no perdonamos».
Mientras, el arzobispo de Pamplona, Monseñor Cirarda, hacía pública una nota implorando: «Basta ya de sangre, Señor. […] La dialéctica del odio y la muerte no es cristiana».
Último viaje a casa
Los cuerpos de los agentes emprendieron su último viaje: Palacín fue enterrado en el cementerio zaragozano de Torrero tras un funeral multitudinario en el cuartel de la Policía Nacional de Zaragoza. Visiedo recibió sepultura en Moncada (Valencia), donde «prácticamente todos los vecinos del pueblo» asistieron al entierro.
Justicia y memoria: condenas y recuerdos amargos
Los responsables y sus condenas
Por estos asesinatos fueron condenados a 29 años de prisión los terroristas Mercedes Galdós Arsuaga, Juan José Legorburu Guerediaga y José Ramón Martínez de la Fuente Inchaurregui. Jesús Jiménez Zurbano recibió la misma pena por facilitar el explosivo.
El dolor que perdura
Cuatro décadas después, el dolor sigue vivo. Antonio Visiedo, hermano de Juan José, confiesa que «aquel día mataron a mi padre y a mi madre». Recuerda los comentarios insensibles que tuvo que escuchar: «por algo habrá sido». Incluso en 2020, la familia vivió un nuevo ultraje cuando la tumba de su hermano fue profanada.
Sobre la reconciliación, Antonio Visiedo es claro: «Me ha costado reconciliarme con vuestra tierra» (Navarra), y añade: «Por eso ni olvido ni perdono».
El legado de una mañana de abril
El atentado del 13 de abril de 1984 no solo acabó con la vida de dos policías en servicio, sino que reveló la sofisticación criminal de ETA al ejecutar por primera vez dos atentados encadenados. Mostró también la profunda división social en la España de la época, donde hasta los funerales de las víctimas se convertían en arena de confrontación política.
Más allá de las cifras y los informes, la historia de Tomás Palacín y Juan José Visiedo es la de hombres con proyectos, familias y sueños truncados. Tomás no pudo estrenar su piso en Zaragoza. Juan José apenas conoció a su hija de dos años. Sus muertes nos recuerdan que detrás de cada nombre en una placa conmemorativa hay una historia humana interrumpida, un vacío que nunca se llena.
En 2021, el Ayuntamiento de Pamplona colocó placas en su recuerdo con una dedicatoria que resume el sentimiento de los familiares: «Para que nunca se olvide el sacrificio de estos españoles, que dieron su vida por la libertad y la democracia y que nunca volvamos a sufrir las atrocidades que acontecieron».









