Del escándalo al escepticismo total, y la autodevoración
A Münchhausen le arruinaron la reputación. Murió «ofendido» al ver su ingenio convertido en patología. Un final triste para un hombre que solo quería entretener.
Sánchez ha logrado algo infinitamente más perverso: no ofende, normaliza. No erosiona solo su cargo; erosiona el concepto mismo de verdad y promesa. Su legado no es una anécdota hilarante, sino una estadística gélida: la mayoría de ciudadanos que ya no creen en ninguna palabra política. El barón hacía reír; el presidente enseña a desconfiar. Uno fue víctima de la sátira; el otro, su arquitecto en el poder.
Pedro Sánchez ya no es un político: es un mecanismo de defensa. Un organismo biopolítico que segrega decretos, conflictos ficticios y subsidios, no para gobernar, sino únicamente para perpetuarse un día más. Su «gestión» es un catálogo de tácticas de distracción masiva donde la agricultura, la vivienda o Venezuela son meros decorados intercambiables en un escenario vacío.
Münchhausen contaba sus mentiras con gracia en la sobremesa. Sánchez nos obliga a tragarlas a diario en el BOE y las ruedas de prensa, con la solemnidad del que legisla su propia fantasía. El barón murió en la ruina, traicionado por su inventiva. El presidente sigue en pie, demostrando que en su política, la coherencia es un lastre y la memoria, un error del sistema que se resetea con cada nuevo giro dialéctico.
Ironía final: Münchhausen, el «mentiroso», anhelaba ser recordado como un hombre de honor. Sánchez, el «estadista», ha demostrado que el honor es un bien prescindible. El primero fue un artista fracasado. El segundo es un técnico triunfante en el arte de vaciar la democracia.
Y en eso, precisamente, reside nuestra tragedia colectiva: que el éxito del prestidigitador se mida por la profundidad del letargo de su público. Mientras el país es anestesiado, el anestesista se consume en directo, víctima del mismo veneno que administra. Un final perfecto para una farsa perfecta.