Terrorismo o un mal viaje de cannabis
Lo que parecía un manual de terrorismo yihadista resulta ser, según el implicado, el trágico resultado de un mal viaje de cannabis. Mientras, el Ministerio del Interior guarda un silencio que habla por sí solo.
En el agitado barrio de Vallecas, Madrid, un joven de 18 años, español de origen marroquí, ha dado con la excusa definitiva para justificar una noche de desvaríos. Tras consumir, según su propia declaración, más de veinte porros, parece que no solo vio a Alá, sino que este le encomendó una misión: “muerte a los infieles”. El resultado fue un paseo armado con un cuchillo por la calle Carlos Martín Álvarez, donde apuñaló a tres viandantes, y un posterior enfrentamiento con la policía en su domicilio.
Lo que en cualquier manual de psiquiatría o toxicología se catalogaría como un brote psicótico agudo inducido por sustancias –con alucinaciones, paranoia y conducta violenta–, ha terminado en los juzgados de la Audiencia Nacional como un caso de terrorismo yihadista. La juez María Tardón ha decretado prisión provisional sin fianza para el joven, acusado de cuatro tentativas de asesinato terrorista, y espera a que reciba el alta médica para ingresarlo en la cárcel.
La ‘divina’ confusión: ¿Viaje astral o proclama yihadista?
Los hechos, ocurridos el pasado 22 de noviembre, tienen todos los ingredientes de un thriller de bajo presupuesto con pretensiones geopolíticas.
- Primer acto: El paseo divino. Sobre las 14:00 horas, el joven, posiblemente en medio de un estado de euforia, descoordinación y percepción alterada típico de una intoxicación aguda por cannabis, ataca con un cuchillo a tres personas desconocidas. Las heridas, afortunadamente, fueron leves.
- Segundo acto: El enfrentamiento sagrado. Hacia las 16:30, agentes del Subgrupo Operativo Antiterrorista (SOAR) acuden al domicilio. Allí, el joven, armado con un cuchillo y un ejemplar del Corán, recitaba pasajes en árabe. Cuando los agentes entraron, se abalanzó sobre ellos gritando «Allahu Akbar» (Alá es grande). Tras el fracaso de dos descargas de una pistola Táser, los policías, viendo sus vidas en peligro, abrieron fuego. El joven recibió tres impactos de bala y fue hospitalizado en estado grave.
La Fiscalía y la investigación policial toman estos gritos y el recitado del Corán como evidencia de una motivación terrorista yihadista. El sospechoso, por su parte, alega una alucinación inducida por drogas. La ciencia señala que sustancias psicodélicas y disociativas pueden, efectivamente, provocar visiones intensas, paranoia, sensación de persecución y una pérdida de contacto con la realidad. ¿Fue una revelación divina o un bad trip monumental? El tribunal tendrá que decidir.
El silencio ministerial: La estrategia del avestruz
Quizás lo más irónico –o preocupante– del caso no es la defensa del acusado, sino la actitud del Ministerio del Interior que gobierna Fernando Grande-Marlaska. Según el sindicato policial JUPOL, mayoritario en la Policía Nacional, desde el Ministerio «se ha intentado negar cualquier carácter yihadista del suceso».
Esta no sería la primera vez. El mismo medio que destapa este silencio recuerda que Marlaska se resistió a calificar como atentado yihadista el atropello masivo de Torre Pacheco en 2021 (donde el agresor dejó notas en árabe sobre un «atentado terrorista») y el asesinato de un sacristán en Algeciras en 2023. La estrategia parece clara: si no se nombra, no existe. O, en palabras de fuentes de la lucha antiterrorista consultadas por ABC: «Parece que si no se habla de esto no existe el problema, y es un error».
Mientras, el ministro solo ha convocado a los partidos políticos para hablar de terrorismo una vez en sus siete años de mandato. El Partido Popular ha pedido reuniones que, según denuncian, ni siquiera han merecido respuesta. En un país que mantiene un nivel 4 de alerta antiterrorista (sobre 5), esta política de la omisión genera perplejidad.
Un cóctel explosivo que nadie quiere nombrar
Al final, nos encontramos con un rompecabezas perverso:
- Un joven con un grave problema de consumo de drogas, cuyos efectos pueden incluir agitación, agresividad y psicosis.
- Unas acciones –gritos religiosos, recitado del Corán– que encajan en el modus operandi del terrorismo yihadista.
- Una autoridad judicial (la Audiencia Nacional) que investiga como terrorismo.
- Un Ministerio del Interior que opta por el mutismo, evitando nombrar la posible motivación yihadista.
- Un sindicato policial que acusa al Gobierno de «negar la realidad» y «minimizar» los hechos.
La ironía es tan grande que duele. Podríamos estar ante un caso de violencia inducida por drogas –un fenómeno documentado con sustancias como el cannabis, donde la paranoia y la impulsividad llevan a la agresión–, vestido con la retórica del terrorismo global. O podríamos estar ante un terrorista radicalizado que, simplemente, también consumía drogas. Lo que es inadmisible es que, en un Estado de Derecho, la respuesta oficial sea mirar para otro lado.
España se enfrenta así a un espejo incómodo: el de un problema complejo –la intersección entre adicciones, salud mental y radicalización– que ningún discurso político parece dispuesto a abordar con la crudeza y la claridad que exigen las víctimas y la seguridad pública. Mientras, los ciudadanos de Vallecas, y todos los demás, se quedan con un cuento para no dormir: el de un ataque que, oficialmente, aún no tiene nombre.








