El Asesinato que Envenenó la Transición
La madrugada del 1 de agosto de 1980, mientras España dormía en su joven democracia, un doble crimen en una lujosa mansión de Somosaguas marcaría para siempre la crónica negra del país. El asesinato de María Lourdes de Urquijo y Morenés, V marquesa de Urquijo, y su marido, Manuel de la Sierra y Torres, banquero y propietario del Banco Urquijo, contenía todos los ingredientes de un thriller: alta sociedad, un yerno despechado, pruebas desaparecidas y un final envenenado en una celda. Más de cuatro décadas después, el caso sigue planteando una pregunta inquietante: si Rafael Escobedo, el yerno condenado, era inocente, ¿por qué se declaró culpable?
Una Escena del Crimen con Testigos Mudos
La mañana del 1 de agosto, una empleada doméstica descubrió la escena dantesca. Los marqueses yacían en sus camas —ellos en la habitación principal, ella en un dormitorio contiguo— asesinados a tiros. La investigación inicial pronto chocó con una serie de irregularidades que enturbiaron el caso desde el primer momento.
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El Administrador y los Cadáveres Lavados: Diego Martínez Herrera, el administrador de la familia, apareció en la mansión vestido de riguroso luto, un hecho estrafalario en pleno verano madrileño. Con una frialdad sospechosa, ordenó lavar los cuerpos de los marqueses, una acción que pudo eliminar huellas cruciales, y luego se dirigió al despacho para quemar documentos en el jardín.
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El Silencio del Caniche: Uno de los detalles más enigmáticos fue el comportamiento de Boly, el caniche de la familia. Un perro conocido por su mal carácter que, sin embargo, no ladró en toda la noche. Para muchos, esta era la prueba definitiva de que el asesino era alguien que el animal reconocía.
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El Lazo Negro: Un misterioso lazo negro fue encontrado a los pies de la cama de la marquesa. Cuando la asistenta y el mayordomo intentaron informar a la policía, Myriam de la Sierra, la hija de los marqueses, se lo impidió.
La Sombra del Yerno: Rafael «Rafi» Escobedo
Todas las miradas se dirigieron pronto al yerno de la pareja, Rafael Escobedo Alday («Rafi»), un joven de 25 años de buena familia pero sin oficio conocido, que se había casado con Myriam en 1978
. El matrimonio fue un fracaso casi inmediato. Escobedo chocaba constantemente con su suegro, quien lo despreciaba por su falta de ambición. La gota que colmó el vaso fue que Myriam, animada por su padre, solicitó la nulidad matrimonial.
Se dice que, en una discusión solo cuatro días antes del crimen, Rafi le gritó a su esposa: «Te vas a acordar de mí, voy a hundir a tus padres, esta vez va en serio». La amenaza resonaría con fuerza tras el asesinato.
Una Investigación Plagada de Irregularidades
La investigación estuvo marcada por una cadena de desapariciones y eventos extraños que alimentaron las teorías de una conspiración.
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El Arma Fantasma: La pistola, una Star calibre .22 Long Rifle, un modelo muy poco común, fue encontrada por unos bañistas en el pantano de San Juan. Sin embargo, los casquillos balísticos que vinculaban el arma con Escobedo y que se encontraron en una propiedad de su familia, desaparecieron misteriosamente de los juzgados.
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La Confesión Bajo Sospecha: Escobedo fue detenido el 8 de abril de 1981. Tras una larga y agotadora noche de interrogatorios, confesó ser el autor material. Sin embargo, siempre se mantuvo en la ambigüedad: admitió haber entrado en la casa, pero en su declaración judicial afirmó que el crimen lo cometió «solo o en compañía de otros». Su hermano denunció más tarde que esa confesión fue extraída tras largas jornadas de tortura.
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La Huida a Londres: Justo después del crimen, dos personas clave viajaron de forma precipitada a Londres, donde se encontraba Juan, el hijo de los marqueses: Javier Anastasio (amigo de Escobedo que lo acompañó la noche del crimen) y el propio administrador, Diego Martínez Herrera.
Un Final Envenenado y un Misterio sin Resolver
Condenado a 53 años de prisión, la historia de Rafi Escobedo terminó de la manera más trágica. El 27 de julio de 1988, encontraron su cuerpo ahorcado con una sábana en su celda de la prisión de El Dueso. La autopsia encontró restos de cianuro en sus pulmones, lo que llevó a algunos a especular con la posibilidad de que hubiera sido envenenado antes del ahorcamiento. No dejó ninguna nota de suicidio.
Mientras, Javier Anastasio, procesado como coautor, huyó a Brasil antes de su juicio y solo regresó cuando el delito prescribió en 2010. En una entrevista, negó siempre su culpabilidad.
¿Culpable o Cabeza de Turco?
El caso Urquijo sigue abierto en el imaginario colectivo. Las dudas sobre la autoría son muchas:
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¿Por qué se habría declarado culpable si era inocente? Las supuestas torturas y la posible intención de proteger a otros son hipótesis recurrentes.
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La precisión de los disparos, que para algunos no coincidía con el perfil de Escobedo.
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El comportamiento del administrador y la quema de documentos apuntan a que quizás había algo más que un simple crimen pasional, tal vez intereses financieros relacionados con el Banco Urquijo.
El crimen de los marqueses de Urquijo es hoy una herida mal cerrada en la historia de España, un rompecabezas al que le faltan piezas cruciales. Un caso donde la justicia dictó una sentencia, pero la verdad sigue escapándose entre las sombras de una mansión en Somosaguas.









