Cuando la justicia contradice al poder
El cuerpo, sin duda, se le queda como un tronco tieso. No de la indignación, sino del sobresalto que produce ver cómo la realidad se encarga de ajustar cuentas con tanta precisión como un juez con sentencia firme. Es la torsión involuntaria que surge al recordar aquel despliegue de fuerza moral de diciembre de 2024, cuando el presidente Pedro Sánchez, con el ceño fruncido y el dedo acusador, lanzaba su pregunta retórica al universo: «¿Quién va a pedir disculpas al fiscal general del Estado, quién lo va a hacer?».
La pregunta, que entonces sonó a escudo protector contra una supuesta injusticia, hoy resuena con el eco hueco de quien pidió perdón para un condenado. El mismo fiscal general, Álvaro García Ortiz, a quien Sánchez defendió con uñas y dientes como un «ejemplar servidor público» y en quien reiteró su «confianza plena», ha sido declarado culpable. El cuerpo no puede evitar una mueca de asombro ante esta maestría para situarse en el lado equivocado de la historia judicial.
Y es que la base de aquel enfado presidencial era de una fragilidad pasmosa. Sánchez exigía disculpas tras conocerse un informe de la Guardia Civil que, lejos de exculpar, evidenciaba un agujero negro en la investigación: el móvil del fiscal general aparecía misteriosamente vacío de cualquier mensaje —»0 mensajes», especificaban los informes— precisamente en los días clave de la filtración. Los agentes de la UCO testificaron que no pudieron hallar información «porque estaba borrada». Lejos de ser una prueba de inocencia, este borrado de los mensajes fue, de hecho, una de las piedras angulares sobre las que se construyó la convicción de culpabilidad.
La ironía alcanza su punto más sublime cuando uno contempla el cuadro completo: el presidente que acusó a algunos jueces de «hacer política», se erigió en juez y parte para prejuzgar una causa que, finalmente, ha terminado como él mismo debería haber previsto que terminaría. El mismo líder que prometió acabar con los «thrillers» de la corrupción , se ha visto obligado a navegar por un mar de casos judiciales que salpican a su familia, sus aliados y sus colaboradores más cercanos.
Así que, cuando se le queda el cuerpo a uno es con la sensación de haber asistido a un espectáculo de alta hipocresía. Con la certeza de que, en el fondo, la pregunta de Sánchez tenía una respuesta mucho más sencilla de lo que parecía: quien debe pedir disculpas al Estado de Derecho, a la ciudadanía que espera que sus gobernantes se sometan a la ley y no al revés, es, precisamente, quien pidió perdón para quien no lo merecía. El cuerpo, en definitiva, se le queda a uno con la lógica y agotadora torsión que provoca ver cómo la justicia, aunque a veces tarde, siempre acaba pasando factura.









