La hiena que quiso ser león: Crónica de un galgo en La Moncloa

Sep 8, 2026

Sucesos España - Portada 5 POLÍTICA 5 La hiena que quiso ser león: Crónica de un galgo en La Moncloa

El espécimen 

En la vasta y convulsa sabana política ibérica, deambula desde hace años un espécimen que ha desconcertado a zoólogos, etólogos y ciudadanos de a pie. Se trata de la Crocuta crocuta sanchista, más conocida en los mentideros como «El Mancho» o, para los más irreverentes, como «El Galgo de la Moncloa».

Su ficha zoológica es un prodigio de contradicciones: se le atribuye la ferocidad del león, pero posee la velocidad del antílope —eso sí, únicamente en sentido contrario al problema—. Se le supone el liderazgo de la manada más numerosa del país, pero su instinto territorial se limita a la distancia que separa su butaca del helicóptero de despegue.

Bienvenidos al retrato más crítico e irónico jamás escrito sobre un animal que, pudiendo ser el rey de la selva hispana, ha preferido ser su más ilustre carroñero.

La cobardía como sistema de gobierno 

Todo en la naturaleza del «Mancho» está regido por un único instinto superior: la huida. No es una cobardía ocasional o un momento de flaqueza; es un método de estado, una filosofía de vida elevada a categoría de arte.

Cuando el león de la oposición ruge en el hemiciclo, nuestra hiena no gruñe, no se eriza, no defiende el territorio. Simplemente agacha las orejas, dobla el lomo y sale disparado hacia la puerta de atrás cual galgo olímpico. Su velocidad punta ha sido cronometrada en múltiples ocasiones: cada vez que un periodista pregunta por la inflación, cada vez que un barón territorial reclama fondos, cada vez que una DANA se ceba con los más débiles.

«Lo siento, son las 5 de la tarde y no he comido» —aúlla mientras desaparece—, dejando tras de sí una estela de polvo y promesas incumplidas. Los guardas de su propia zoocueva ya tienen un código interno para avisar cuando se acerca el peligro: «Cuidado, que el jefe se nos galga».

El jefe que abandona su manada 

Pero lo más indignante de esta especie no es su miedo, sino su absoluta deslealtad hacia los suyos. Siendo teóricamente el alfa, el líder máximo de su clan, su responsabilidad con los congéneres es inversamente proporcional a su poder.

Mientras sus ministros —sus pobres hienas subalternas— se desangran en el barro de la crispación política, soportando la lluvia de piedras de la oposición y la sequía de las encuestas, el jefe se lava las manos en la charca más cercana.

  • Cuando su manada pasa hambre electoral en las autonómicas, él alza la mirada al cielo y sentencia: «Son problemas de la manada, no míos. Yo solo pongo la firma».
  • Cuando sus cachorros parlamentarios son devorados simbólicamente en los debates televisivos, él prefiere acicalarse el pelaje en el despacho y planificar su próxima escapada europea.
  • Cuando sus barones territoriales reclaman atención, él los mira con esa sonrisa nerviosa que le caracteriza y susurra: «Que se lo pidan a la vicepresidenta».

En su manual de liderazgo, el capítulo de «asunción de responsabilidades» fue arrancado de cuajo y sustituido por una foto suya con mochila al hombro, huyendo hacia La Mareta.

El miedo al foco: Cuando el problema es real 

La cobardía de esta hiena alcanza cotas épicas cuando el problema se vuelve tangible y cercano. Si hay una riada en el levante huye con el rabo entre las piernas, una crisis migratoria en Ceuta o un incendio en la sierra, él no se atreve a ir donde duele.

Mientras otros animales —los barones territoriales, los alcaldes, los bomberos— se manchan las pezuñas en el barro y el fango, él prefiere la comodidad de su madriguera climatizada en la calle Génova. Su lema no escrito reza: «Para eso están los subalternos, los presidentes autonómicos y, en última instancia, los servicios de emergencia» y si necesitan ayuda que la pidan.

Su estrategia es tan predecible como cobarde: delega, demora y desaparece.

  • Si el problema persiste, echa la culpa a los leones (la derecha, jueces, bulos, etc.).
  • Si el problema se agrava, convoca una rueda de prensa telemática (para no tener que ver las caras de los periodistas críticos).
  • Si el problema se vuelve insostenible, cuelga y se va a comer un bocadillo de calamares mientras su manada arde en llamas y sus congéneres se preguntan dónde está su líder.

La paradoja del peligro: Cuando la cobardía mata 

Y aquí está la paradoja más letal de este espécimen: su cobardía no lo hace inofensivo, sino impredecible y terriblemente peligroso.

Como la hiena que se cuela en las chozas a robar niños mientras duermen, nuestro antihéroe es capaz de aprobar una Ley de Amnistía a las tres de la madrugada, pactar con las ratas cheposas y con la serpiente más mortal del territorio, eso si, con el Congreso vacío y los medios dormidos. Cuando despiertan, ya es demasiado tarde: el «niño» —la separación de poderes, la igualdad ante la ley, la convivencia— ha sido devorado, y solo queda el hueso roído de la Constitución.

Los guardas del zoo —los jueces, los fiscales, los que aún creen en el Estado de Derecho— intentan ponerle collares de rastreo, pero la hiena los esquiva con una inteligencia casi sobrenatural. Sabe que, mientras siga riendo y señalando a otros, mientras siga huyendo y delegando, su madriguera seguirá intacta.

El séquito de la vergüenza 

Los miembros más veteranos de su clan ya han asumido su cruz: saben que cuando el jefe huele la sangre —la sangre de la derrota electoral, del desgaste político, de la crisis institucional—, no acude a defenderlos, sino que los utiliza como escudo humano.

Él es el primero en chillar «¡Unidos venceremos!» cuando están en la cueva, pero el primero en salir por patas cuando los cazadores —los jueces, la prensa internacional, la historia— se acercan.

En las noches de luna llena, cuando la manada aúlla desesperada pidiendo respuestas sobre el futuro, solo se escucha el eco de su risa nerviosa y cínica, y sus pasos acelerados alejándose hacia la frontera.

El refrán de la sabana 

Como dice el nuevo refrán adaptado a la sabana hispana:

«Perro que huye, no caza; hiena que galga, no gobierna; y presidente que no se moja, al final se ahoga en su propia charca de corrupción y cobardía».

Mientras el resto de animales —los ciudadanos de a pie— ven cómo la sabana se quema, cómo la vivienda se vuelve inalcanzable, cómo la inflación devora los ahorros, cómo la convivencia se resquebraja, cuando su territorio es invadido por el León del Atlas, la hiena se lame las heridas en su madriguera y piensa:

«Qué bonito es esto de gobernar sin que te importe nada, solo el hedor del poder y la comodidad de mi butaca».

Y es que, como dice el viejo adagio darwiniano adaptado a la política española: «Dime de qué presumes —de progresista, de dialogante, de estadista— y te diré de qué huyes: de la realidad, de la responsabilidad y de tu propia sombra».

El zoólogo opina y remata 

Los expertos en comportamiento animal coinciden en un diagnóstico escalofriante: esta hiena no es un error evolutivo, sino un mutante perfectamente adaptado a su entorno. Ha descubierto que, en la selva política actual, la cobardía no se castiga: se premia con indultos, con mayorías absolutas cosidas a golpe de decreto, con sillones blindados y con una prensa que, a veces, confunde el análisis con el carroñeo.

Pero los biólogos también advierten: ningún galgo huye eternamente. Llegará el día en que la manada se dé cuenta de que su líder no es un león, ni siquiera una hiena digna. Es solo un animal que supo reír más alto que los demás mientras el bosque se quemaba a su alrededor.

Y ese día, cuando el viento cambie y el olor a presa fresca se desvanezca, quizá el «Mancho» descubra que ni su risa cínica ni su velocidad de galgo podrán salvarle de la única realidad que siempre supo esquivar: la suya propia.

Fdo.: Un cronista que prefiere no dar su nombre, no sea que la hiena huya antes de leer el artículo.

Tal vez te gustaría leer esto