La Moncloa: La corte del rey desnudo

Jun 14, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 La Moncloa: La corte del rey desnudo

Corrupto hasta los huesos

Vamos a dejarnos de eufemismos y de «presuntas irregularidades». Desde una perspectiva tan cruel como realista, la corrupción en España ya no se esconde en el cajón del concejal de urbanismo de un pueblo de Teruel. No. Eso era para aficionados. Ahora la fiesta del sobre, la comisión y la mentira institucional tiene anfitrión fijo y dirección con chófer: Moncloa. El despacho del presidente. El mismo donde Sánchez posa para la foto con la bandera mientras su abogado prepara el siguiente recurso para no declarar.

Sánchez: no es que esté manchado, es que es la mancha

Cruel pero cierto: Pedro Sánchez no es un político al que la corrupción le haya salpicado. Es la corrupción andante, con corbata y sonrisa de dentífrico. Si la corrupción política, financiera, moral y personal tuviera un rostro, ese rostro sudaría en la sesión de control todos los miércoles. Y lo más sangrante —nunca mejor dicho— es que ningún presidente de la democracia española ha logrado reunir sobre su familia, su pareja, su hermano y su partido una colección tan obscena de investigaciones judiciales abiertas. No es un récord Guinness. Es un expediente penal con patas.

Zapatero: el beato que se forraba con diamantes mientras tú apretabas el cinturón

Ah, pero la crueldad tiene memoria. Sánchez es el hijo ideológico de Zapatero. El discípulo aventajado. Y Zapatero, el Gran Beato de la política española, el que nos miraba por la tele con esos ojos de cordero degollado mientras nos pedía sacrificios, resultó ser un pequeño sátiro avaricioso que acumulaba joyas de cientos de miles de euros como un cuervo recoge chapas. Predicaba austeridad socialista mientras su mujer lucía pulseras que valían más que tu coche. El insulto a la injuria no es que mientan. Es que te mienten a la cara, y tú aplaudes.

Ferraz asaltada: el PSOE como cueva de ladrones que se delatan solos

La crueldad máxima llega cuando la Guardia Civil tiene que entrar a patadas (simbólicas) en la sede del PSOE. No para buscar un ordenador perdido. Para buscar pruebas de que utilizaron los recursos del partido —y los del Estado, que es lo mismo— para sabotear investigaciones judiciales. O sea: el poder usando tu dinero para que no le pillen robándote. Si esto no te parece el colmo del cinismo institucionalizado, es que ya te han lobotomizado del todo. El mensaje es tan claro que hasta un niño lo entiende: te roban, se protegen con tus impuestos y encima te llaman facha por quejarte.

Roban tu dinero, tu sanidad, tu casa y hasta tu dignidad

Porque no solo roban. Corrompen. Todo. La educación ya no enseña: adoctrina para que no protestes. La sanidad se cae a pedazos mientras ellos se operan en clínicas privadas pagadas con fondos reservados. La vivienda es un chiste cruel para menores de 40 años. Y la convivencia, directamente, se ha convertido en una guerra de trincheras donde tú y tu vecino os insultáis por quién tiene más razón en Twitter mientras ellos reparten indultos y sonrisas. Lo más cruel de todo: te convencen de que el culpable eres tú.

Cayetana tenía razón, pero se quedó corta

La duquesa tuiteó aquello de que el sanchismo es el Gobierno declarando la guerra al Estado. Bonito. Pero desde la crueldad más pura, hay que corregirla: el Gobierno también es Estado. Así que no es una guerra contra alguien externo. Es una guerra civil dentro del propio Estado. Una parte —la que controla la fiscalía, el CIS, RTVE y el BOE— actúa ilegalmente. La otra parte —jueces, policías, funcionarios— intenta cumplir la ley, pero está acosada, mal pagada y con miedo a un traslado forzoso si molesta. El resultado: un Estado caníbal que se devora a sí mismo mientras los ciudadanos aplauden desde la grada.

El Estado contra la Nación: el combate final de un circo podrido

Y llegamos a la tesis más cruel de todas, la que ningún político quiere oír: lo que estamos viendo no es una guerra civil dentro del Estado. Es una guerra del Estado contra la Nación. Porque en un país con un mínimo de salud democrática, los anticuerpos institucionales —Tribunal Supremo, Consejo General del Poder Judicial, prensa independiente— habrían parado esto en 2020. Cuando Sánchez, aprovechando la pandemia como un buitre aprovecha un cadáver, alargó el estado de alarma como un niño alarga un castigo para seguir siendo el centro de atención. Pero no lo pararon. Porque los anticuerpos también estaban contagiados. O comprados. O simplemente cansados de intentar salvar a un país que se empeña en no salvarse.

El final cruel: España como espectáculo de la propia desgracia

Lo más cruel de todo, lo más trágicamente cómico, es que esto no va a cambiar. Porque los mismos que roban son los que te dicen por quién votar. Los mismos que corrompen la justicia son los que salen en la tele a pedir ejemplaridad. Y los mismos que destrozan la convivencia son los que te sueltan aquello de «más España, menos bronca». Mientras tú, querido lector, pagas tus impuestos, ves cómo cierra el ambulatorio de tu barrio y sonríes porque «al menos no son los otros». Pues no, no son los otros. Son estos. Y te están tomando el pelo desde la Moncloa con la complicidad de tu silencio.

Así que nada, a reírse. O a llorar. O a irse a Portugal. Que allí la corrupción al menos tiene menos glamour y menos chiringuitos televisivos. Pero no te engañes: cuando cruces la frontera, ellos seguirán allí. En tu casa. Con tu dinero. Y con tu voto en el bolsillo.

Tal vez te gustaría leer esto