Jordi Pujol, el Molt Honorable Trincón se libra del juicio

Abr 27, 2026

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«Deterioro cognitivo»: la coartada perfecta para que un prócer se lleve el botín a la tumba

Llamémoslo por su nombre: no es justicia, es un esperpento con toga. La Audiencia Nacional, en un alarde de creatividad judicial que haría palidecer a Berlanga, ha dictaminado que Jordi Pujol, 95 años, no puede ser juzgado por su fortuna oculta en Andorra porque sufre «deterioro cognitivo». Qué oportuno. Qué milagrosamente conveniente. Lástima que durante décadas tuviera la mente tan lúcida para robar, esconder, gestionar testaferros, amenazar con «tirar de la manta» y dar mítines con una dialéctica de catedrático. El deterioro, al parecer, es una dolencia selectiva: ataca solo cuando toca sentarse ante el juez, pero respeta escrupulosamente la memoria bancaria.

11 años: la estrategia perfecta para ganar por knock-out cronológico

Once. Van a ser 11 años desde que estalló el escándalo y Pujol declaró ante la jueza en enero de 2015. La investigación, que se unificó en la Audiencia Nacional en 2016, señaló una supuesta organización criminal familiar dedicada al blanqueo y cohecho. Once años de recursos, de escritos, de cuestiones previas, de peritajes médicos pedidos a tiempo y de silencios cómplices. Pongamos esto en perspectiva: un parado que roba un jamón está en el banquillo en seis meses. Un banquero que estafa a miles de jubilados, quizá en dos años. Pero un expresidente con poder, con abogados de oro y con un partido que aún le rinde pleitesía, logra estirar el chicle procesal hasta que la edad le concede el indulto de facto. ¿Dilación? ¿Dejadez? ¿Estrategia? La respuesta es sí a todo lo anterior. La defensa de Pujol ha jugado al reloj como un maestro del ajedrez, y la Justicia, obediente, ha ido moviendo ficha cada vez más lento. El resultado: el máximo responsable político del saqueo catalán se va de rositas no por inocente, sino por viejo. Y por muy, muy listo.

La memoria selectiva del prócer: falla solo para el fiscal

Porque no nos llamemos a engaño. El informe médico dice que Pujol ya no puede declarar, que confunde fechas, que no reconoce documentos. Puede ser cierto. O puede no serlo. Pero lo que sí es inapelable es que ese mismo cerebro, ese que ahora los forenses describen como una amoladora sin cuchillas, fue el mismo que diseñó durante años un entramado familiar de corrupción. El mismo que colocó a sus hijos en consejos de administración opacos. El mismo que movió millones a paraísos fiscales con una precisión de cirujano. El mismo que, cuando le convenía, soltaba aquello de «España nos roba» mientras su familia laminaba las arcas públicas como si fuera un chiste. El deterioro cognitivo, milagrosamente, ataca solo cuando toca responder ante el juez. Para cobrar comisiones, el patriarca siempre estuvo en plenas facultades. Qué casualidad, ¿verdad? Casi tanto como la casualidad de que sus hijos sigan en plenas condiciones para ser juzgados. Por separado, claro. Para que la solidaridad familiar no alcance para compartir el diagnóstico.

Menos piedad, más puñetazo en la mesa

Este auto no es un acto de humanidad. Es una claudicación con corbata y peluca. Es la Justicia española poniéndose de perfil, otra vez, ante un poderoso. Porque esto ya lo hemos visto. En 1983, con Banca Catalana, otro gobierno socialista le limpió el culo al prócer con aquel célebre «no hay nada que investigar». Ahora la función se repite con diferente reparto pero el mismo guion: un político corrupto, unos jueces condescendientes y un sistema que premia al que sabe esperar. ¿Y el aviso de Pujol? Aquello de «si vas segando la rama, al final caerán todas» no era un consejo agrícola: era una amenaza. Y la Justicia, como una secretaria asustada, ha preferido guardar las tijeras.

A la merda (como dicen los catalanes) la compasión forense

Que la Justicia tenga en cuenta la edad y el estado de salud de un acusado es razonable. Que utilice ese estado como una puerta giratoria hacia la impunidad total es obsceno. Porque lo que este auto dice, en voz baja pero con letras claras, es lo siguiente: si eres poderoso, si tienes buenos abogados, si consigues retrasar el proceso el tiempo suficiente, la propia naturaleza se encargará de librarte. No hace falta declararte inocente. Basta con que te dé tiempo a envejecer. Lo que hay aquí no es piedad forense: es cobardía institucional, es miedo a tocar al que aún mueve hilos, es un país que se ríe de los pobres diablos que sí van a la cárcel porque no tuvieron apellido, ni palancas, ni 11 años de margen para pudrir el caso.

Sentencia para el ciudadano indignado (y para el que ya solo quiere escupir):

  • ¿Pujol es culpable? Eso lo sabe hasta el apuntador del Liceo. Confesó, por cierto. En diferido, sí, pero confesó.

  • ¿Pujol será juzgado? Nunca. El deterioro cognitivo le ha concedido el sobreseimiento que la ley le negaba.

  • ¿Y la fortuna? A salvo. En Andorra, en testaferros, en nombres que no se pronuncian. La familia, intacta. El patrimonio, blindado.

  • ¿La Justicia española? Un chiste mal contado entre notarios, forenses amigos y ex presidentes que aún se creen intocables.

Eso sí: no le llamemos «deterioro». Llamémoslo impunidad con esclerosis, un mal endémico de una democracia de saldo donde la edad es el único delito que realmente prescribe. Mientras tanto, Pujol descansa en su casa, la familia sigue gestionando lo suyo, los jueces se frotan las manos por haber esquivado el marrón, y el ciudadano, como siempre, paga los platos rotos y asiste al espectáculo con la mandíbula desencajada. Porque eso es España: un país donde para librarte de un juicio no hace falta ser inocente. Basta con llegar a los 95. O con tener un buen amigo que te ponga el certificado médico a tiempo. O con las dos cosas. Que así funcionan los milagros.

 

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