El ministro que mira hacia otro lado mientras sus guardias civiles mueren en el agua
(Y que además planta a la Unión Europea para no tener que dar explicaciones)
Hay momentos en la vida política de un país en los que el silencio de un ministro habla más alto que cualquier discurso. Y luego está Fernando Grande-Marlaska, cuyo silencio no es solo cómplice: es ensordecedor, obsceno, casi criminal.
Cuatro guardias civiles muertos bajo su mandato. Cuatro. Dos en Barbate (2024). Dos en Huelva (2026). Destrozados. Sus cuerpos hechos pedazos en el agua mientras su ministro —el mismo que un día fue «juez estrella» contra ETA— permanecía impoluto en su despacho, peinado, sonriente, posando para la foto como si los cadáveres no mancharan la moqueta del Ministerio del Interior.
Pero manchan. Y apestan. Apestan a dejación, a negligencia, a cobardía institucional.
Y ahora, para colmo del esperpento, sabemos que Marlaska no solo ignora a sus agentes: ignora a la Unión Europea. Porque resulta que el Parlamento Europeo envió una misión a España para investigar las muertes de Barbate, elaboró un informe con directrices claras, y el ministro del Interior —el máximo responsable de la seguridad de los guardias civiles— no se dignó a comparecer. Prefirió enviar una carta. Una carta, señores. Como quien pide perdón por no ir a una cena.
Este es el nivel. Este es el hombre que Sánchez mantiene en el cargo mientras los narcos descargan hachís a plena luz del día en la ría de Huelva con fusiles Kalashnikov al hombro.
OCON-Sur: la unidad que Marlaska mató (y los narcos le aplaudieron)
Vayamos al grano. Porque no hay manera de endulzar esta realidad: Marlaska desmanteló OCON-Sur en 2022. ¿Motivos? «Reestructuración». ¿Quién la pidió? Nadie. ¿Qué informe técnico la recomendaba? Ninguno. ¿Qué explicación dio el ministro? Silencio absoluto.
OCON-Sur era la única unidad que había puesto nerviosos a los clanes del hachís en el Campo de Gibraltar. La única que coordinaba fuerzas, que movía ficha, que les arañaba el negocio. Y Marlaska, en su infinita sabiduría —o en su infinita sumisión a quién sabe qué intereses—, decidió que sobraba.
Dieciséis meses después, una narcolancha destrozaba a los guardias civiles David y Miguel en Barbate. ¿Casualidad? No. Complicidad por omisión..
El propio Ministerio Fiscal lo ha reconocido por escrito. La fiscal delegada de Cádiz expresó su preocupación por «la disminución de droga incautada», que atribuye directamente a «una menor presión policial y a la desaparición del grupo OCON-Sur». Es decir: Marlaska elimina la unidad que más incautaba, los narcos incrementan su negocio, y los agentes mueren. La ecuación es tan simple como brutal.
Pero el ministro, que tiene tiempo para viajar a Bruselas a posturear, no tiene tiempo para restituir una unidad que salva vidas. No. Eso molestaría a alguien. Quizá a los mismos que financian las campañas del PSOE en Andalucía. Quién sabe.
Marlaska planta a la UE: el desprecio en estado puro
Después de Barbate, el Parlamento Europeo decidió actuar. Envió una misión de eurodiputados a Andalucía para investigar sobre el terreno. Querían hablar con los agentes, con los mandos, con las familias. Querían ver las embarcaciones. Querían entender por qué España está convirtiendo el Guadalquivir en una autopista del hachís con peaje de sangre.
¿La respuesta de Marlaska? Obstrucción sistemática.
Primero, el Ministerio del Interior retiró la patrullera implicada en el asesinato de Barbate para que los eurodiputados no pudieran examinarla. El informe europeo calificó este movimiento como «una grave obstrucción a la finalidad investigadora de la misión». No es opinión de este periódico: es la letra del Parlamento Europeo.
Segundo, el PSOE intentó impedir que los eurodiputados se reunieran con las familias de los agentes fallecidos. ¿Miedo a que contaran la verdad? ¿Miedo a que se supiera que el ministro no había hecho nada?
Tercero, y más grave: cuando la Comisión de Peticiones del Parlamento Europeo invitó formalmente a Marlaska a comparecer para presentar sus conclusiones y explicar qué medidas había adoptado, el ministro no acudió. No hubo disculpa de altura. No hubo explicación convincente. Envió una carta. Una carta de funcionario. Una carta de quien sabe que no va a pasar nada, porque en este país los ministros no dimiten, los muertos los ponen otros.
¿Qué decía esa carta? Lo de siempre: chalecos, inversiones, 70 millones de euros, plantilla incrementada un 14,3%. Todo mentira o media verdad. Porque los chalecos no sirven contra una hélice de 400 caballos. Las inversiones no han llegado al Servicio Marítimo. Las plazas no se han cubierto. Y la plantilla, en el puesto clave —el de los agentes que se juegan la vida en el agua—, sigue siendo la misma: insuficiente, mal dotada, abandonada.
El informe europeo que Marlaska tiró a la basura
La Comisión de Peticiones del Parlamento Europeo aprobó su informe final en noviembre de 2025. Con 18 votos a favor —incluidos los del Partido Popular Europeo— y la abstención de Renew. Los socialistas europeos, Verdes y La Izquierda votaron en contra.
Lean eso otra vez: los socialistas europeos votaron en contra de un informe que pedía más protección para los guardias civiles. El PSOE de Sánchez, el mismo que ondea la bandera de España en los mítines, votó en contra de medidas que habrían salvado vidas. ¿Por qué? Porque el informe señalaba al Gobierno. Porque mencionaba la desaparición de OCON-Sur. Porque ponía nombre y apellidos a la negligencia.
¿Qué pedía ese informe? Tres cosas, ni una más:
- Reforzar la seguridad física de los agentes, reconociendo que el narcotráfico «representa un peligro real» para ellos.
- Restablecer OCON-Sur «con financiación y personal adecuados».
- Acometer una reforma legislativa para que los actos violentos contra agentes se incluyan en la lista de eurodelitos.
Tres peticiones razonables. Tres peticiones que cualquier ministro mínimamente digno habría aplicado al día siguiente. Marlaska no ha aplicado ninguna.
Dos años después de Barbate, OCON-Sur sigue enterrada. Las patrulleras siguen siendo semirrígidas de plastilina. Los agentes siguen saliendo al mar con pistolas contra fusiles de asalto. Y el ministro sigue en su sillón, peinado, sonriente, esperando que el escándalo pase y riéndose de la Guardia Civil.
Todas las tragedias no pueden evitarse: La frase que retrata a un incompetente, por no llamarle otra cosa
El pasado viernes, Jerónimo y Germán murieron en Huelva. Dos veteranos de la Guardia Civil con más de 30 años de servicio al chocar las embarcaciones en las que perseguían una narcolancha en la costa de onubense. Destrozados. Otra persecución. Otra lancha imposible. Otra semirrígida que no debió estar allí.
¿La reacción de Marlaska? No acudió al funeral. Compareció en rueda de prensa desde Madrid —en una convocatoria oficial sobre otro asunto— y pronunció la frase que ya quedará para la historia de la desvergüenza política: «Todas las tragedias no pueden evitarse».
No, señor Marlaska. No todas. Pero las suyas sí. Porque las tragedias que usted no evita son aquellas para las que lleva años recibiendo informes, advertencias, ruegos, súplicas. Los sindicatos le dijeron que pasaría. Los mandos le dijeron que pasaría. Los agentes le dijeron que pasaría. La Unión Europea le dijo que pasaría. Y usted, señor ministro, hizo lo que mejor sabe hacer: nada.
No fue un accidente. Los mandos de la Guardia Civil lo han explicado con claridad: los narcos realizaron una maniobra «estudiada» —hacer eses con la lancha— para provocar la colisión entre las dos patrulleras de los agentes. Es una práctica «habitual», dicen. Y el Ministerio del Interior lo sabe. Y no hace nada.
¿Qué hace Marlaska? Desmantelar unidades. Retirar pruebas. Plantar a la UE. Y luego, cuando los cadáveres flotan en el agua, soltar un «todas las tragedias no pueden evitarse» que es, sencillamente, la confesión de un incompetente que ha renunciado a su deber.
El postureo europeo de Marlaska (mientras sus agentes se mueren)
Porque no se confundan: Marlaska no es tímido. Marlaska no es retraído. Marlaska viaja. Marlaska posa. Marlaska da ruedas de prensa en Bruselas y París presumiendo de su «liderazgo» en la lucha contra el narcotráfico.
El pasado abril, el ministro apremiaba a la UE a prohibir la fabricación de narcolanchas. Conseguía que Portugal se uniera a una coalición contra el crimen organizado. Hablaba de «intensificar la respuesta». Exigía penas más duras. Todo postureo. Todo humo.
Porque en casa, donde los narcos descargan fardos a plena luz del día en la ría de Huelva —con ciudadanos anonadados mirando y tres hombres armados con AK-47 cubriendo la operación—, Marlaska no hace nada. En casa, donde sus agentes se juegan la vida en embarcaciones que no deberían estar allí, Marlaska no hace nada. En casa, donde la Unión Europea le ha pedido por activa y por pasiva que actúe, Marlaska no hace nada.
Marlaska solo actúa cuando le ponen una cámara delante. El resto del tiempo, mira hacia otro lado. O hacia arriba, hacia Moncloa, esperando que Sánchez no le eche.
La pregunta que Marlaska no quiere oír (y Sánchez menos)
¿Es Fernando Grande-Marlaska un cómplice del narcotráfico en Andalucía?
La pregunta ofende. Pero no ofende a Marlaska: ofende a la inteligencia de los lectores, porque la respuesta es tan evidente que duele.
Marlaska no empuña un kalashnikov. Pero firma los presupuestos que dejan a sus agentes indefensos.
Marlaska no descarga hachís. Pero desmantela las unidades que lo persiguen.
Marlaska no maneja las narcolanchas. Pero pone a sus agentes en barquitas de papel contra lanchas de guerra.
Marlaska no mata directamente. Pero mira hacia otro lado mientras sus hombres mueren. Y cuando la UE le pide explicaciones, planta a la UE.
¿Cómo se llama eso en un código penal riguroso? Prevaricación por inacción. ¿Cómo se llama eso en la calle? Cobardía. ¿Cómo se llama eso en el Campo de Gibraltar? Cómplice.
Y encima, Sánchez lo mantiene. El presidente que pasea por Huelva con el Niño del Moro, que se abraza a los agentes para la foto, que promete medios y luego no da nada. El mismo Sánchez que, cuando le preguntan por Marlaska, responde con un «confío plenamente en mi ministro». Pues ya sabe: confía en un hombre que planta a la UE mientras sus guardias civiles se ahogan.
Los narcos navegan tranquilos
Cuatro guardias civiles. Cuatro héroes. Cuatro mártires de una guerra que su propio ministro decidió perder antes de empezar.
Los narcos, mientras tanto, navegan tranquilos. Con sus AK-47 al hombro. Con sus motores de 400 caballos. Con sus lanchas capaces de alcanzar 70 nudos. Con la certeza de que, al otro lado del teléfono, en el Ministerio del Interior, no hay un enemigo. Hay un político que ya decidió hace tiempo que esta guerra no merece la pena ganarla.
Y los agentes, los que aún siguen vivos, siguen saliendo al mar. Con sus semirrígídas de goma. Con sus pistolas. Con la esperanza de que hoy no sea su día. Con la certeza de que, si algo sale mal, su ministro no vendrá al funeral. Pero que seguro que sale en la tele.
España avanza, dice el cartel de Ferraz. Sí. Avanza hacia tener cuatro muertos, un informe europeo ignorado, un ministro que planta a la UE y un presidente que aplaude desde la barrera mientras sus agentes se desangran en el agua.
Marlaska sigue ahí. Con su traje. Con su corbata. Con esa sonrisa de funcionario que sabe que nunca pagará por sus errores. Porque aquí, en este país, los ministros no dimiten. Los muertos los ponen otros.
Y los narcos, mientras tanto, le dan las gracias. En silencio. Pero se las dan.








