El Ministro y su Infamia: el hombre que pudo ser leyenda y eligió ser caricatura

Sep 7, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 El Ministro y su Infamia: el hombre que pudo ser leyenda y eligió ser caricatura

Cómo un juez de leyenda se convirtió en la peor caricatura del poder

Vendió su toga, manchó su nombre y entregó las instituciones por un sillón. Pero no fue un traidor: fue algo peor. Fue un mediocre con ínfulas de estratega.

Hay nombres que la historia engrandece. Otros que condena al olvido. Y luego están los que, como Fernando Grande-Marlaska, logran lo imposible: ser recordados no por lo que hicieron, sino por lo que dejaron de ser. Este artículo no es un ajuste de cuentas de un expolicía. Es un epitafio en vida para un hombre que cambió la dignidad de un oficio honrado —el de juez— por el papel de celestino del poder, de lacayo de lacayos, de perro faldero de un amo que ni siquiera merecía tener perros.

Porque traicionar, señores, requiere grandeza. Requiere tener algo que perder. Y este sujeto, este juez con ínfulas de maquiavelo, no tenía más que su fama por su lucha contra ETA, una reputación que, visto lo visto, nunca fue más que un espejismo. Vendió su alma, sí, pero ¿quién compra un alma tan barata? Ni el diablo se rebaja a tanto.

Del yunque al fango: El mito que nunca existió 

Imaginen al juez. A Grande-Marlaska, el del azote de ETA y la mirada de jurista implacable. El que llevaba a juicio a asesinos. Ese hombre, el del mito barato que los periódicos nacionales se empeñaron en construir, nunca existió. Fue una ficción, un cartel de «made in Spain» pegado a un producto caducado.

Cuando colgó la toga para coger la llave del Ministerio del Interior —porque ministro fue su segundo disfraz, su segunda mentira profesional—, ya olía a podrido. No fue el ministerio lo que lo corrompió. Fue él quien llevó su podredumbre a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Y qué metáfora tan perfecta: el ministro que acabó destruyendo el sistema policial entero desde dentro, no con un golpe, sino con mil pequeños recortes, con nombramientos dubiosos, con silencios cómplices y con una gestión que más parecía un ejercicio de autosabotaje que de gobierno.

Porque si algo caracteriza su paso por Interior no es la firmeza, sino la renuncia. Renuncia a la autoridad, renuncia al criterio, renuncia a la independencia que un día juró defender. El juez que persiguió a ETA se convirtió en el ministro que persiguió a sus propios agentes, no con esposas, sino con desprecio.

Superando a Fouché: El récord de la mediocridad

Joseph Fouché, el genio de la supervivencia política, el obispo que votó la muerte del rey y después sirvió a Napoleón, y luego a los Borbones, y luego a quien hiciera falta… Fouché, al menos, tenía estilo. Sabía que la traición era un arte, y la practicaba con la delicadeza de un cirujano. Sus memorias son obras maestras de cinismo. Sus cambios de chaqueta, coreografías de la desvergüenza.

Grande-Marlaska, en cambio, traicionó con la elegancia de un borracho en una boda. Sin disimulo, sin estrategia, sin siquiera la dignidad de guardar las apariencias. Entregó a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado —esos que, con todos sus defectos, siguen siendo el último dique contra el caos— como quien entrega un paquete de tabaco de contrabando. Los vendió por migajas, por un asiento en la mesa de los que mandan, por el privilegio de lamer las botas de un tirano menor que ni siquiera merece ser nombrado en estas líneas.

¿El resultado? Que mientras Fouché pasó a la historia como el arquetipo del oportunista ilustrado, Grande-Marlaska pasará a la historia como el ministro que desafió el sentido común, como el hombre que pudo haber sido alguien y eligió ser nada con pretensiones. Fouché era un genio del mal; Marlaska, un torpe del bien (y del mal, y de todo).

La policía como víctima colateral de un ego sin límites

No se puede entender la deriva de Grande-Marlaska sin entender su relación con los cuerpos policiales. No los dirigió: los humilló. No los protegió: los expuso. No los modernizó: los desangró. Bajo su mandato, la guerra sucia contra el independentismo catalán dejó heridas aún abiertas, y su gestión de la seguridad se convirtió en un rosario de errores de comunicación, el desmantelamiento de OCON-Sur, las filtraciones interesadas y las órdenes contradictorias que sembraron la confusión entre los propios agentes.

Pero lo peor no fue lo que hizo, sino lo que no hizo. No defendió a sus hombres cuando fueron atacados políticamente. No blindó la neutralidad del cuerpo cuando la política exigía partisanía. No levantó la voz cuando la justicia se doblegaba al poder. Se limitó a mirar hacia otro lado, con esa sonrisa de funcionario satisfecho, mientras el edificio se incendiaba a su alrededor.

Y todo ello con una soberbia impropia de quien, en el fondo, sabía que su nombramiento no era fruto del mérito, sino de la lealtad. Una lealtad mal entendida, mal pagada y peor ejercida.

El espejo roto de la justicia 

Quizá lo más doloroso de todo sea el contraste. Porque Grande-Marlaska no llegó al ministerio como un advenedizo cualquiera. Llegó como juez, como símbolo de una justicia que se quería independiente, como ejemplo de lucha contra el terrorismo. Y fue precisamente esa sombra alargada de su pasado lo que hizo más estrepitosa su caída.

Porque un juez que se pliega al poder no es solo un mal ministro: es una traición a la propia idea de justicia. Es decirle a la ciudadanía que la toga no pesa, que el juramento no importa, que la independencia judicial es un brindis al sol. Y eso, señores, es más grave que cualquier delito de tráfico de influencias o prevaricación. Es un delito de conciencia, de aquellos que no aparecen en el Código Penal pero quedan grabados en la memoria colectiva.

¿Qué queda de Grande-Marlaska?

Al final del camino, cuando el polvo se asiente y los reflectores se apaguen, ¿qué quedará de Fernando Grande-Marlaska? ¿Un ministro eficaz? No. ¿Un juez íntegro? Tampoco. ¿Un político hábil? Mucho menos.

Quedará la imagen de un hombre que tuvo en sus manos la oportunidad de ser leyenda y eligió ser anécdota. Que pudo ser el guardián de las instituciones y prefirió ser su sepulturero. Que cambió el respeto por el cargo, la autoridad por la sumisión y la memoria por el olvido.

Y quedará, sobre todo, una pregunta incómoda para todos aquellos que un día creyeron en él: ¿fue siempre así, o el poder lo transformó en lo que siempre llevaba dentro? La respuesta, probablemente, la saben los que lo conocieron antes de que el espejo le devolviera la imagen de un hombre que ya no reconocía ni su propia toga.

Epitafio para un falsario sin honor

Que quede escrito en las páginas más viscosas de nuestra crónica contemporánea: Fernando Grande-Marlaska no fue un traidor. Fue algo peor. Fue un ridículo. Un hombre que cambió la dignidad de un oficio honrado por el papel de celestino del poder, de lacayo de lacayos, de perro faldero de un amo que ni siquiera merecía tener perros.

Porque la historia no juzga a los que sirven, sino a los que sirven mal. Y él sirvió tan mal, con tan poca gracia y tan escaso talento, que ni siquiera el diablo querría comprar su alma.

«Fouché fue un genio del cinismo. Marlaska, un aprendiz de nada. Uno pasó a la historia; el otro, a la papelera.»

Tal vez te gustaría leer esto