De la muleta en Banco de España al escaño en Carrera de San Jerónimo: 35 años de degradación simbólica

Jun 7, 2026

Sucesos España - Portada 5 POLÍTICA 5 De la muleta en Banco de España al escaño en Carrera de San Jerónimo: 35 años de degradación simbólica

O cómo pasar de un icono violento e involuntario a una ministra profesional de la ruptura. La España que rompía carteles es ahora la que rompe códigos penales con eslóganes de TikTok

No, querido lector, no se equivoca. Estamos a punto de hacer algo que ningún sociólogo con dos dedos de frente se atrevería a formular en voz alta: comparar a Jon Manteca Cabañes, el mítico «Cojo Manteca», aquel vagabundo punk que destrozó un cartel del metro de Banco de España en el 87, con Irene Montero, si esa que le gusta ir sola a casa y borracha, la exministra de Igualdad que ha destrozado —eso sí, con decreto ley y rueda de prensa mediante— más de un consenso jurídico.

Suene a chiste, a sacrilegio o a simple provocación. Pero agárrese, porque la ironía de la historia española a veces es más cruel que una carga de los grises.

El salto evolutivo: de la calle al escaño

Jon Manteca era un marginal. Un pobre diablo con una pierna amputada por un error adolescente, al que la vida había puesto en la puerta de un banco de alimentos. Su violencia era real, sucia y desesperada: rompió un cartel porque no tenía nada que perder, porque la policía le estaba dando una paliza y porque el hambre y la marginación no entienden de protocolos.

Irene Montero, en cambio, es una profesional de la ruptura. No rompe carteles —Dios le libre, eso es violencia de género simbólica o algo así—, sino que rompe leyes. O mejor dicho: las reforma con una pericia tal que dejan de funcionar. ¿Su obra maestra? La famosa ley del «solo sí es sí», que logró la proeza de que más de un millar de agresores sexuales vieran reducidas sus condenas. Un destrozo jurídico que ni el mismísimo «Cojo Manteca» con un martillo neumático habría conseguido.

Allí donde Jon necesitaba una muleta para golpear, Irene Montero necesita un grupo de letrados y una mayoría parlamentaria. El resultado es el mismo: caos, polarización y un reguero de afectados. Pero ¡ay!, la diferencia de clase: uno acabó en el hospital Vega Baja muriendo de sida; la otra, de eurodiputada, con chaqueta de poder y eslogan feminista.

La iconografía de la pataleta

El parecido no es solo funcional, sino estético. Fíjense.

Jon Manteca tenía una pierna amputada y una cicatriz en la cabeza que le recorría el cráneo como un mapa de sus desgracias. Irene Montero, por su parte, luce su melena suelta y su mirada de «a mí no me vas a colonizar el lenguaje» mientras espeta un «cariño» en el hemiciclo. Ambos son imágenes imborrables. Uno, en blanco y negro, en la portada del Herald Tribune. La otra, en 4K, en el Telediario, mientras el presidente del Gobierno pone los ojos en blanco.

Si Jon Manteca fue el «Johnny Rotten» involuntario de la kale borroka, Irene Montero es la «Juana de Arco» del postureo institucional. La diferencia es que a Juana de Arco la quemaron en la hoguera. A Irene Montero la aplauden (y la pitan) en la misma sesión.

El daño colateral: del mobiliario urbano al mobiliario jurídico

Repasemos los efectos.

Jon Manteca provocó daños a la propiedad pública: un cartel de chapa en la boca del metro. El coste de reposición: unos pocos cientos de pesetas de la época. Su arrepentimiento: nulo, pero entendible. Era un pobre desgraciado.

Irene Montero, con la complicidad de sus socios de gobierno, provocó daños a la seguridad jurídica del país. El coste de su ocurrencia legislativa: cientos de revisiones de condena, decenas de violadores en la calle, una crisis judicial mayúscula y una reforma exprés para parchear lo que no debía haberse roto. El coste económico: millones de euros en recursos, sentencias y años perdidos. El coste social: incalculable.

¿Y el arrepentimiento? «No es mi ley, es la de las feministas» —dijo con una sonrisa. Ahí radica la grandeza (o la miseria) del símil. Jon Manteca rompía porque no tenía nada. Irene Montero rompe porque cree tenerlo todo: la razón, la mayoría y la historia de su lado.

Con la bilis en la boca

España ha pasado de tener a un vagabundo violento como icono de la protesta callejera a tener a una exministra competente en la carnicería legislativa como icono de la protesta institucional. La evolución es aparente. En el fondo, ambos representan lo mismo: una forma de entender la política (o la supervivencia) como la confrontación pura, el gesto de romper por romper, el grito de «aquí estoy yo» aunque sea a costa de dejar el país un poco más hecho pedazos.

Eso sí, al menos Jon Manteca no cobraba escaño ni asesoría. Rompía por hambre. Irene Montero rompe por soberbia. Y no, no es lo mismo. Pero en el retrovisor de la historia, los dos aparecen con la misma pose: alzando un objeto (una muleta o un escaño) contra un sistema que, la verdad, ya no sabe si reír o llorar.

Artículo de opinión. La ironía es intencionada. La crítica, también.

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