El falso mesías de la mascarilla: Fernando Simón, el tonto útil que nos enterró en cadáveres

May 10, 2026

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El mismo «experto» que nos vendió la pandemia como un resfriado de tres días vuelve con el hantavirus. Y encima lo aplauden. País.

Hay figuras que deberían desaparecer del imaginario colectivo con la misma contundencia con que sus meteduras de pata nos mandaron al cementerio. Fernando Simón es una de ellas. Pero no, aquí sigue. Como un herpes mediático que reaparece cada vez que bajan las defensas democráticas. Porque este hombre, este epidemiólogo de andar por casa que viste como si comprara sus camisas en un contenedor de donaciones, tiene la habilidad única de equivocarse siempre mirando a la cámara y salir indemne. ¿Cómo se explica? Solo en España.

Empecemos por el principio, que es ya de traca. Febrero de 2020. El coronavirus lleva semanas campando a sus anchas por Wuhan, Italia empieza a temblar, y este insufrible iluminado suelta con una jeta que tumba a un toro: «España no va a tener, como mucho, más allá de uno o dos casos diagnosticados». Uno o dos casos. Sí, señores. El mismo país que meses después necesitaría pabellones militares para apilar cadáveres en las pistas de hielo. Pero no pasaba nada, ¿verdad, Fernando? Porque tú lo decías con tu vocecita cascada de sabio de taberna. Y mientras tanto, el virus hacía la maleta para mudarse a España con todos los muebles.

Pero ahí no acaba la colección de perlas. Cuando ya todo el mundo con dos dedos de frente llevaba mascarilla hasta para ir al baño, este catedrático de la desgracia dictó sentencia: no era necesario usarlas. La OMS callaba (para variar), los países asiáticos daban lecciones de sentido común, y nuestro gurú particular nos aseguraba que con lavarnos las manos cinco veces al día íbamos sobrados. ¿El resultado? España se convirtió en el país del mundo con más sanitarios contagiados, porque incluso a los que nos curaban les dijeron que la mascarilla era un exceso de prudencia. ¿Asume Simón su culpa? No, el hombre aparece semanas después con una mascarilla puesta, como si él hubiera sido el primero en llevarla. El cinismo hecho carne.

El 8-M: ese «efecto marginal» que llenó el gobierno de virus

Y entonces llegó el 8 de marzo de 2020. La manifestación feminista. Decenas de miles de mujeres en la calle. El virus ya estaba aquí, claro, pero Simón y sus compinches del sanchismo habían decidido que la política iba antes que la salud. Y este hombre, este titán del despropósito, aseguró que la concentración tendría un «efecto claramente marginal» en el progreso de la pandemia. ¿Marginal? Semanas después, Irene Montero daba positivo. Varias ministras también. El gobierno entero tuvo que hacer cuarentenas cruzadas. Y el resto de España, confinada y viendo cómo la muerte se paseaba por las residencias de ancianos mientras el gobierno hablaba de «gestión de lo inevitable».

Pero ojo, que lo de «efecto marginal» tiene guasa. Porque mientras los muertos se contaban por miles, nuestros dirigentes seguían yendo a actos públicos de la mano de este visionario. Simón decía «marginal», y los españoles entendíamos «vamos camino del exterminio». Y él tan ancho. Sin dimitir, sin pedir perdón, sin asumir ni una sola de sus barbaridades. Porque este país tiene una vara de medir la responsabilidad que es directamente inversa a la gravedad de los errores.

El hombre que lo tocaba todo y lo empeoraba todo

El confinamiento: Simón lo apoyó. Y con ello se cargó a cientos de miles de autónomos, hosteleros y pequeños comerciantes mientras él teletrabajaba desde su casa con el sueldo público asegurado. ¿Que los bares cerraban para siempre? Eso era «marginal». ¿Que las pymes morían? «Uno o dos casos». ¿Que la cultura se desangraba y los cines y teatros cerraban sine die porque él así lo recomendaba? Pues a tomar viento. Porque este hombre, que nunca ha creado un empleo en su vida ni ha arriesgado un euro en una empresa, se dedicó a destrozar sectores enteros de la economía española con la alegría de quien juega al SimCity en modo dios.

El sector turístico le adora, claro. Sobre todo cuando recomendó no viajar a España. Un país que vive del turismo, y su máximo responsable sanitario dice a los cuatro vientos que mejor no vengan. ¿Patriotismo? ¿Sentido común? No, lo suyo es la incompetencia elevada a categoría de arte.

La derecha le odia, pero con razón

Y aquí llega lo más divertido. Porque la derecha, que tampoco se caracteriza por su inteligencia superlativa, decidió que Simón era el chivo expiatorio perfecto. Y tenían razón, pero por los motivos equivocados. No le atacaban porque fuera un incompetente —que lo era—, sino porque era la cara visible de un gobierno que gestionó la pandemia como quien gestiona una comunidad de vecinos desde la desidia.

Pero claro, cuando hasta los tuyos te señalan como un peligro público, algo falla. Y a Simón le llovieron hostias de todos los lados. «Este hombre no sabe nada, ¿sabes? Así, en general», dijo un epidemiólogo de verdad. Otro fue más directo: «Dice estupideces diarias sin pedir perdón. Es uno de los culpables». Y la gente en la calle, con una saña que casi emociona: «Este señor me da verdadero asco por infinidad de motivos». Infinidad. O sea, que ni siquiera los que le odian pueden concretar, pero el odio está ahí. Como un poso de razonamiento en un mar de indignación.

Pero Simón, el héroe, siguió ahí. Cobrando. Compareciendo. Equivocándose. Porque en España equivocarse no tiene coste si tienes el carné político adecuado. Y él lo tiene. Vaya si lo tiene.

Las 120.000 muertes y la memoria de pez

Al final, cuando el polvo se asentó, España llevaba más de 120.000 muertos reconocidos (que los reales serán un 40% más, pero no se lo digan a nadie). Simón no dimitió. Nadie pidió responsabilidades políticas. El gobierno aprobó una comisión de investigación que nunca empezó ni acabó. Y la vida siguió, como si aquellas imágenes de militares desinfectando residencias mientras los ancianos se pudrían en sus camas nunca hubiera existido.

Fernando Simón se retiró a sus dominios, a seguir cobrando el sueldo de sus más de 100.000 euros anuales por hacer Dios sabe qué entre pasillo y pasillo del CCAES. Y España, fiel a su tradición de no aprender nunca, le olvidó. Le perdonó. Le absolvió.

El regreso del profeta: hantavirus, ratas y la misma cantinela

Pero la historia, como los virus, se repite. Un crucero. Tres ancianos muertos por hantavirus (que vaya usté a saber qué es eso). Y Fernando Simón, con su barba de profeta posmoderno y su mismo aspecto de indigente ilustrado, vuelve a la televisión para decirnos que no hay riesgo. Que el hantavirus se transmite por cacas de rata. Que no pasa nada. Que esto no será otra pandemia.

¿En serio? ¿El mismo que dijo que el COVID sería «uno o dos casos»? ¿El mismo que nos aseguró que las mascarillas sobraban? ¿El mismo que calificó de «marginal» el mayor acto de propagación de la historia reciente? ¿Ese mismo hombre quiere que le creamos ahora?

Y lo peor no es él. Lo peor es que hay imbéciles útiles que todavía le toman en serio. Que le aplauden en ruedas de prensa. Que le consideran «científico de prestigio» cuando lo único que ha demostrado es una capacidad casi sobrehumana para equivocarse siempre, sistemáticamente, en todo. Si el hantavirus resulta ser el apocalipsis que él dice que no será, que quede constancia: lo avisamos. Y si no, pues Simón se apuntará otro tanto de «yo lo dije», como hizo con el COVID, olvidando que lo que realmente dijo fue todo lo contrario y nos costó la vida a decenas de miles de personas.

El ídolo de los mediocres

Fernando Simón es el héroe que España merece. Un país que aplaude a los que se equivocan con tal de que lo hagan con gracia. Un país donde la competencia es sospechosa y la ineptitud se viste de naturalidad. Un país que prefiere a un tipo con cara de haber dormido en un coche y voz de profesor de instituto quemado antes que a cualquier experto serio que se exprese con claridad.

Simón sigue ahí. Seguirá ahí. Porque en este país, la única pandemia incurable es la de la mediocridad instalada en los cargos públicos. Y él, el «futurólogo de las pandemias», es el primer enfermo. Crónico. Terminal. Y encima con barba.

Que aproveche el hantavirus. O no. Tampoco es cosa de hacerle caso.

 

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