El Gobierno concede el indulto parcial a Borràs mientras Sánchez blinda a los suyos: la coherencia es para los demás
Hay momentos en la vida política en los que la realidad supera con creces cualquier intento de parodia. Y luego está el momento actual, donde la realidad directamente se ríe en la cara de la coherencia, la ética y el más mínimo sentido del ridículo. Asistimos, boquiabiertos pero ya no sorprendidos, al espectáculo de un Gobierno que ha hecho del indulto su principal herramienta de gobierno, y de la desvergüenza, su seña de identidad.
Borràs: corrupta, pero con derecho a un descuento
Laura Borràs, la expresidenta del Parlament, fue condenada a cuatro años y medio de cárcel por un delito tan «sutil» como contratar a dedo a un amigo para que se llevara 335.700 euros de dinero público mientras dirigía la Institució de les Lletres Catalanes . Nada grave, ya saben, solo un pequeño abuso de poder, unas cuantas facturas falseadas, ese clásico «descuido» de quien confunde lo público con el bolsillo de su colega.
La Fiscalía, con una osadía que roza lo subversivo, se ha opuesto al indulto argumentando algo tan anticuado como que Borràs «no ha mostrado el más mínimo signo de arrepentimiento». ¡Qué exigencias! La señora Borràs no se arrepiente, no reconoce su responsabilidad y, para más inri, se presenta como víctima de una «persecución judicial». Es decir, la misma cantinela de siempre: «no he robado, me persiguen por mis ideas».
Y sin embargo, el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, en un alarde de generosidad que ya quisiera ver en un banco, propone un indulto parcial que le permitiría eludir la prisión. El Gobierno, por supuesto, está encantado. ¿Para qué sirve la justicia si no podemos hacer descuentos cuando nos conviene?
Sánchez y su fe en la inocencia ajena
Pero donde el asunto alcanza cotas de verdadera genialidad es en el frente doméstico. Pedro Sánchez, ese defensor a ultranza de la separación de poderes (cuando le interesa), ya prepara el terreno para el indulto de su hermano y su esposa en caso de que sean condenados. ¿Por qué? Porque, según su lógica, son inocentes. Palabra de presidente.
Resulta reconfortante saber que en España la justicia ya no es necesaria cuando el presidente tiene un presentimiento. «Zapatero es inocente, su mujer es inocente, mi hermano es inocente». Quizá deberíamos ahorrarnos el dinero de los juzgados y que el presidente dicte sentencia por inspiración divina .
El «sanchismo», como bien señala el análisis más crítico, ha invertido la carga moral: el problema no son los corruptos, sino los jueces que se atreven a investigarlos. Si un juez condena a un adversario político, es un héroe de la democracia; si investiga al entorno del presidente, es un «facha con toga» que ejerce «lawfare». Qué bonito es el mundo cuando uno puede cambiar las reglas a su antojo.
El círculo de la impunidad
El espectáculo es tan absurdo como predecible. El Gobierno utiliza los indultos como moneda de cambio político para asegurarse el apoyo de los independentistas, mientras blinda a los suyos con la excusa de una supuesta persecución política . Es la cuadratura del círculo: los corruptos indultan a los corruptos y todos tan contentos.
La Fiscalía advierte que Borràs no está «reeducada ni rehabilitada» y que podría reincidir si no cumple su condena. Pero ¿qué importa la reinserción cuando hay una mayoría parlamentaria que mantener? El mensaje que se envía es demoledor: puedes robar, puedes falsear documentos y, si tienes los amigos adecuados, al final todo quedará en un susto.
Mientras tanto, el presidente proclama su fe ciega en la inocencia de su familia y de su antecesor, confundiendo la política con una secta donde la lealtad al líder es el único dogma. Porque en el sanchismo, como bien apuntan algunos análisis, «la lealtad al líder se sitúa por encima de la lealtad a la ley». Y ese, queridos lectores, es el principio del fin de cualquier democracia que se precie.
Pero, ojo, no gobierna la derecha. ¿No es maravilloso?








