Dos juicios, dos análisis
Hay una máxima en la política española que ya merece su propio monumento: “No me enteraba”. Una frase lapidaria, casi mística, que parece haberse convertido en el escudo oficial de dos de los inquilinos más ilustres de La Moncloa. Dos presidentes, dos estilos de no enterarse de nada, y un país partido en dos mitades que aplauden con la misma fe con la que otros rezan a la Virgen del Rocío. El problema no es que sean tontos. El problema es que creen que nosotros nacemos de un repollo.
Rajoy: La desidia elevada a categoría de estado
Por un lado, tenemos a Mariano Rajoy, el hombre que consiguió elevar la desidia a categoría de estado. Su gobierno era tan transparente como un muro de hormigón, pero él lo juraba: no sabía nada de la financiación ilegal de su partido, ni de los sobresueldos en sobres, ni de la contabilidad en B que manejaba su extesorero, Luis Bárcenas. Ah, y menos aún de lo que hacía su número dos, Jorge Fernández Díaz, al frente del Ministerio del Interior. Según Rajoy, el responsable de la “policía patriótica” que fabricaba pruebas y espiaba a políticos era un perfecto desconocido en sus tejemanejes. “Yo confiaba en él”, repetía con esa cara de funeral perpetuo. El resultado: Rajoy estuvo en Babia —metafórica o judicialmente, según se mire— mientras su legado huele a chivatazos, sobres y una dignidad que se evaporó como un tricornio de la Guardia Civil.
Sánchez: No enterarse por necesidad narrativa
Al otro lado del ring, el inquilino actual, Pedro Sánchez. Si Rajoy no se enteraba por dejadez, Sánchez ha perfeccionado el arte de no enterarse por necesidad narrativa. Porque cuando su ministro de Transportes, José Luis Ábalos, y su asesor particular Koldo protagonizaban reuniones en las que se repartían mordidas de mascarillas (eso que llamamos “gestión de crisis sanitaria”), el presidente —oh, casualidad, la más hermosa de las musas— estaba despistado. Cuando el fiscal del ‘caso Koldo’ apunta a la cúpula socialista, Sánchez mira hacia otro lado con la misma convicción con la que Rajoy miraba al suelo. Eso sí: el primero decía “no me enteré” con acento gallego y derrota. El segundo lo dice con corbata ceñida y un powerpoint titulado “España avanza”.
El contraste genial: banquillo para unos, banquillo para otros
Pero aquí viene lo genial: Rajoy, al menos, tuvo la decencia de irse por la puerta de atrás y aguantar el chaparrón judicial con su habitual gesto de vinagre. Sánchez, en cambio, ha decidido cambiar las reglas del juego: si los jueces le investigan a él o a su partido, que se sienten ellos. La diferencia es abismal y, a la vez, hilarante. Rajoy está en el banquillo (de los testigos, de la historia, de la irrelevancia). Sánchez quiere sentar en el banquillo a los jueces que deberían sentarlo a él. Ha convertido la amnistía y la renovación del Poder Judicial en un campo de exterminio para togas incómodas. “O nos absolvéis o reformamos el sistema hasta que lo hagáis”, parece ser su consigna. Todo muy democrático, todo muy europeo, todo muy “no me enteré, pero si insistes, cambio la ley”.
Las dos Españas (siempre defendiendo lo imposible)
Y mientras tanto, los españoles, fieles a su tradición, se dividen en dos trincheras. Los unos, los del PP, defienden lo indefendible: que Rajoy era un malentendido, que él no sabía nada porque era “honrado”, y que los que le acusan son rojos. Los otros, los del PSOE, defienden lo imposible: que Sánchez es el mesías de la transparencia y que el que debe sentarse en el banquillo es el juez que ose preguntar por las comisiones del caso Koldo. Así funciona el pacto de la Moncloa del siglo XXI: tú no ves mis mordidas, yo no veo tus sobres, y ambos señalamos hacia el otro con el dedo acusador mientras metemos la mano en la misma caja.
El esperpento final: nos toman por tontos
Así que ahí estamos: parte del país aplaudiendo a un presidente que no se enteró de que su partido se financiaba ilegalmente, y otra parte aplaudiendo a un presidente que no se enteró de que su ministro montó una trama de corrupción sanitaria. Y en medio, la justicia, convertida en un campo de batalla donde ya no se busca castigar al culpable, sino evitar que el que manda tenga que explicarlo. Lo peor de todo no es que ambos presidentes fueran o sean tontos. Lo peor es que nos tratan como si nosotros lo fuéramos aún más. Porque a estas alturas, quien se crea el cuento del “no sabía nada” se merece que le vendan la moto, el casco, y el seguro a todo riesgo.
Conclusión (amarga): no querían enterarse
Porque el problema no es que no se enteraran. El problema es que no querían enterarse. Y que hoy, los mismos que les votaron, siguen sin querer hacerlo. La crónica de dos tontos muy tontos no es una historia de ignorancia involuntaria. Es la historia de un país que prefiere creer en la inutilidad de sus presidentes antes que asumir la complicidad de sus votos. Y mientras tanto, el banquillo sigue vacío, los sobres siguen circulando, y el espejo nos devuelve la única verdad incómoda: el tonto más tonto de todos no está en La Moncloa. Está mirándose al otro lado del periódico.








