La ocurrencia del presidente de las tuercas perdidas: marketing emocional para analfabetos históricos
Pedro Sánchez, ese estratega del postureo que ha hecho de la contradicción su seña de identidad, ha tenido otra «idea genial». No podía ser menos: con los indultos a los golpistas catalanes en el retrovisor, la ley del ‘sí es sí’ sembrando de violadores las calles y los aforamientos de su partido blindando a sus corruptos, necesitaba un tema telúrico que emocione a su clientela electoral. ¿Qué mejor que usar los huesos de los abuelos como reclamo pedagógico? La propuesta del PSOE de llevar a escolares de ocho años a fosas comunes del franquismo no es memoria histórica; es turismo macabro de bajo coste para adoctrinar a mentes que aún preguntan si los muertos respiran. Porque un niño de segundo de primaria no tiene pesadillas con Franco; las tiene con suspender matemáticas. Pero claro, construir un relato de «buenos y malos» con cadáveres es más fácil que explicar la complejidad de una Guerra Civil.
La cursilería sentimentaloide de Ferraz: la cortina de humo más fétida de la democracia
La iniciativa, envuelta en ese lenguaje lacrimógeno de «nunca más» que tanto gusta en las sedes socialistas, urge a protocolos para que los estudiantes deambulen por cementerios de tierra como si fueran al Parque de Atracciones. «Defensa de la democracia», «garantía de no repetición»… Qué enternecedor. Y qué vergonzante hipocresía. Este es el mismo Sánchez que besaba la Constitución con una mano mientras con la otra firmaba la ley mordaza a sus socios de Bildu, los mismos que vitorean a etarras. La memoria, presidente, o es íntegra o es basura ideológica. Usted no busca verdad, busca relato. Y el relato sin verdad se llama propaganda.
Paracuellos y Torrejón de Ardoz: el agujero negro que explota su relato oficial
Hablemos de Paracuellos y Torrejón de Ardoz. El PSOE quiere que los niños aprendan lo malo que fue el franquismo, pero que ningún docente les cuente que allí, en las tapias del Jarama, miles de presos derechistas, muchos de ellos sin delito de sangre, fueron fusilados por chequistas republicanos en 1936 y que en el castillo del Soto de Aldovea (Torrejón de Ardoz) se realizaron ejecuciones aprovechando los traslados de presos de diversas cárceles madrileñas, conocidos popularmente como sacas. Ese capítulo no aparece en el folleto turístico de Moncloa porque, para Sánchez, Paracuellos y Torrejón de Ardoz son el armario de los horrores del Frente Popular. Es como su expediente académico o su etapa en el Club Estudiantes de Baloncesto: mejor que nadie investigue demasiado, porque la realidad siempre estropea el cuento de hadas.
Barbastro: el reguero de sotanas que el laicismo militante prefiere ignorar
Y Barbastro (Huesca) debería ser visita obligada. Allí, la República se ensañó con Dios: 123 de 140 sacerdotes diocesanos asesinados. El PSOE, ese partido que se llena la boca con el laicismo, seguro que lo califica como «excesos inevitables del pueblo en su justa rebeldía». ¿O acaso van a llevar a los niños a rezar un responso por los curas? No, no vaya a ser que a algún alumno le dé por hacerse católico. Sánchez besa cruces en los funerales de estado, pero olvida a los que murieron por llevarla colgada. Eso no es memoria; es amnistía selectiva para sus crímenes históricos.
Barcelona: la checa de San Elías y el ‘chorizo de monja’ que la izquierda indigesta
En Barcelona, el paraíso anarcosindicalista del 36, los milicianos no solo asesinaban: profanaban, descuartizaban y convertían el horror en chiste macabro. El caso de la madre Apolonia Lizárraga, torturada, descuartizada viva y alimentada a cerdos para vender luego ese «chorizo de monja», no es un exceso puntual: es la esencia de un odio antropófago que la izquierda española se ha empeñado en maquillar con cocteles libertarios. ¿Llevará Sánchez a los niños a ver la checa de San Elías? No, porque allí la memoria escuece. Pero que no os engañen: el infierno republicano también tuvo sus demonios.
Las checas de Madrid: un paseo que Ayuso no tendría problema en ofrecer (y Sánchez nunca haría)
Si Sánchez es tan valiente, que complete la excursión con una visita guiada por las checas de Madrid. La calle Fomento, la glorieta de Quevedo… allí, queridos niños, el Partido Comunista y el SIM no solo torturaban a fascistas. A veces lo hacían por deber tres pesetas, por leer el ABC o por haber votado a la CEDA. Esa es la memoria «plural» que tanto defiende Ferraz: una memoria dictatorial de izquierdas. Ayuso, con su cinismo, montaría la ruta. Pero Sánchez no puede, porque entonces los niños preguntarían: «Profe, ¿entonces los buenos también mataban?» Y adiós relato.
Montjuïc: el paredón de los fusilamientos sin etiqueta política que el PSOE borra del mapa
Montjuïc es un paredón tan democrático que fusilaba a todos por igual: anarquistas que se resistían a Stalin, militares leales a la República ejecutados por otros republicanos, obreros que se negaron a matar curas. Para Sánchez, eso es la memoria incómoda que cabe en un maletín con fondo falso. Si la víctima no lleva la etiqueta de «fascista» o no es reivindicable por Bildu, no existe. Así de sencillo. Así de miserable.
La Mola en Menorca: el acantilado de los 150 ametrallados por «desleales»
En Menorca, el castillo de la Mola fue testigo de cómo los republicanos ametrallaban a sus propios soldados por sospecha de desafectación. 150 ejecuciones en un acantilado. ¿Memoria histórica? No, señor Sánchez, eso es limpieza política interna. Pero claro, el mar se ha llevado los cuerpos y con ellos su responsabilidad. Qué cómodo.
Guernica y Cabra: cuando el sueño de la memoria produce monstruos sectarios
Los niños irán a Guernica, claro. Allí aprenden que el malo era la Legión Condor. Pero que no se desvíen hacia Cabra (Córdoba). Porque allí, tres «Katiuskas» republicanos bombardearon el mercado de abastos un lunes por la mañana, matando a 109 civiles sin objetivo militar. Eso no es «daño colateral», es terrorismo de estado republicano. Pero como los aviones llevaban estrellas rojas en lugar de cruces gamadas, no existe. La memoria de Sánchez es un guión de cine de Tarantino: solo muestra la sangre que le interesa.
El cambio de Azaña por Sánchez: de la «paz y el perdón» al «odio y la revancha»
Sánchez ha dinamitado el legado de Azaña. Aquel presidente que pidió «paz, piedad y perdón» para cerrar heridas ha sido sustituido por un sanchismo de odio, rencor y cacería política. Porque esto no busca reparar víctimas; busca crear nuevas trincheras electorales. No se honra a los muertos; se les usa como ariete contra el adversario. ¿Alguien cree que Sánchez se emociona con los restos de las cunetas? Si pudiera cambiarlos por un titular de portada que hable de su gestión, los vendería al peso.
La única lección que sacarán los niños.
La conclusión es tan clara como demoledora: con tanto revanchismo sectario, con tanto olvido interesado, lo único que se consigue es echar más leña al fuego de la división. Los niños no aprenderán historia; aprenderán odio institucionalizado. Crecen con la mentira de que la Guerra Civil la empezaron Franco y cuatro barbudos solos, sin Frente Popular, sin checas, sin paseos republicanos y sin gulag mediterráneo. Así se cría una generación de necios útiles para la causa socialista.
El aviso final: cuando los niños pregunten la verdad.
Así que ya saben: si el PSOE insiste en que la memoria se estudia sobre el terreno, que alquilen flotas de autobuses. Todas las fosas. Todos los paredones. Todas las checas. También las republicanas. Cuando los niños vuelvan a casa, igual no odian a Franco. Preguntarán con esa sinceridad cruel de la infancia: «Mamá, papá… ¿los rojos también mataban curas? ¿También asesinaban a la gente?». Ese día, el castillo de naipes de Pedro Sánchez se vendrá abajo con un solo soplido de verdad. Y esa sí que sería una lección de democracia. Pero claro, esa no sale en el guion oficial de Moncloa.
«Pedro Sánchez dice que quiere memoria para los niños, pero la suya es como un cementerio con dos puertas: por una entran sus muertos de alquiler, por la otra huyen los cadáveres que le acusan. Quien siembra rencor en las escuelas cosecha odio, no verdad; y quien lava sus crímenes con lágrimas de otros, termina ahogado en su propio fango. Porque la historia, esa vieja y paciente juez, no negocia con manipuladores: al final, los muertos escogidos callan, pero los olvidados gritan, y el rey desnudo de la hipocresía se queda sin aplausos y sin trono, solo con los huesos que le prestaron para mentir.»








