El arte de gobernar según La Moncloa: si no se habla, no existe
Si la desvergüenza fuera un deporte de élite, el Consejo de Ministros de Pedro Sánchez habría colgado el cartel de “completo” hace varias legislaturas. Pero ayer, en una muestra de que siempre se puede ir más allá, el Ejecutivo superó todas las marcas previas al salir en tromba a defender lo indefendible: el autoplagio perpetrado por el nuevo vicepresidente primero, Carlos Cuerpo, en su tesis doctoral.
Los hechos: un corta-pega de 28 páginas que a nadie debería sorprender
Los hechos son toscos, casi de novato. Según se lee, Carlos Cuerpo copió íntegramente 28 de las 112 páginas de su tesis de un artículo que él mismo había publicado cinco años antes. Un descuido menor, dirán algunos. Un fraude académico en toda regla, según el código ético de la Universidad Autónoma de Madrid, dirán otros. Pero en el universo paralelo de La Moncloa, donde los problemas se disuelven con el poder del “pero mira tú”, esto no es ni siquiera un tema de conversación.
La reacción oficial: “Es fascinante que eso sea lo peor”
“Es fascinante que eso sea lo peor”, soltaron este martes miembros del Consejo de Ministros a este periódico, con una sonrisa socarrona que debió de escocerse de tanto ensayar. Fascinante. Como si fuera una anécdota de salón, una curiosidad menor de la que hablar en un cóctel. Fascinante, sí, la capacidad de escurrir el bulto que tiene un Ejecutivo que ha hecho de la supervivencia su única ideología.
“Nada que decir”: el silencio como escudo ministerial
Fuentes de La Moncloa, en su afán por restar hierro al asunto, añadieron el remate perfecto: “Nada que decir”. Porque, claro, ¿cómo iban a tener algo que decir sobre un ministro que incumple las normas éticas de su propia universidad? Habrá que dejar el “decir” para cuando toque aprobar un indulto, negociar con los que quieren romper España o gestionar las decenas de casos judiciales que salpican al entorno del presidente. Eso sí que es importante. Una tesis, con 28 páginas calcadas, es solo papel mojado.
La escala de valores del Gobierno: del fraude mayor al autoplagio menor
Y es que en el club de los “fraudes hechos persona”, que diría aquel, el autoplagio es una falta de principiantes. Si el “capo di capi” del Gobierno es, según sus críticos, el propio Pedro Sánchez —un líder al que sus adversarios señalan como un producto manufacturado por la necesidad de mantenerse en el sillón—, ¿qué importa que su flamante número dos haya hecho un corta-pega con sus propios textos antiguos?
Ironía de Estado: cuando la falta de argumentos se viste de sofisticación
La ironía, ese recurso tan barato cuando no se tienen argumentos, se ha convertido en la coartada perfecta. “Es fascinante que eso sea lo peor”, repiten. Y lo dicen con la soberbia de quien sabe que, efectivamente, en un país donde la política se ha convertido en un culebrón interminable de filtraciones, indultos y pactos con el independentismo, una tesis plagiada (o autoplagiada, que suena menos feo) no moverá un solo voto. Saben que la ciudadanía está anestesiada, que el umbral del escándalo está tan alto que ya no se ve.
La moraleja que nadie pidió: la “pecata minuta” también suma
Pero habrá que recordarles algo: la “pecata minuta” también suma. La falta de ética académica, el ninguneo a las universidades y esa manera de reírse de las formas mientras se aferran al poder no son anécdotas. Son la esencia de un Gobierno que, a fuerza de defenderse de lo “peor”, ha terminado normalizando lo mediocre.
Proverbio (por si alguien aún cree en las lecciones)
“Del autoplagio hacen gracia, del fraude hacen gobierno; con la ética dan risa, pero la mano tienen tiesa. Al final, quien ríe de lo que mancha, termina con la conciencia tan manchada como la tesis.”









