Cuando dimitir era sinónimo de dignidad (aunque duela recordarlo)
Hubo un tiempo, allá por el lejano 1994, en que un ministro de Interior, Antoni Asunción, cometió el imperdonable error de tener principios. Tras la espectacular fuga de Luis Roldán –el director general de la Guardia Civil que se llevó la caja y la cara–, Asunción no se dedicó a retorcer la verdad ni a esconderse en el despacho oficial. Hizo lo que duele pero honra: dimitió. Asumió su responsabilidad política sin ridículas ruedas de prensa dignas de un mal actor de teatro amateur. Aquel gesto, hoy extinto, se llamaba integridad. Un fósil que en el actual ministerio no encontrarán ni con detector de metales.
El arte sublime de mentir… y luego rectificar como quien cambia de calcetines
Llegó entonces el gran Fernando Grande-Marlaska, juez de profesión y ministro por accidente, a enseñarnos la nueva pedagogía gubernamentil. Primera lección: negar lo evidente. “La directora de la Guardia Civil, Mercedes González, no mantuvo ninguna reunión con Leire Díez. De ningún tipo”, espetó con la seguridad de quien cree que los españoles padecemos amnesia colectiva. Pero he aquí que la propia directora, quizá olvidando que estaba en el mismo guion, emitió un comunicado admitiendo el encuentro. Silencio incómodo. Entonces Marlaska, en un ejercicio de funambulismo político, reculó: “Sí, hubo contactos, pero sin ninguna referencia a la trama”. Ah, claro. Se reunieron para hablar del tiempo, de la última oferta del supermercado o de la mejor forma de bordar uniformes. Por supuesto.
El caso de las cloacas: cuando la Benemérita se convierte en el talonario del PSOE
Lo que se ha destapado no es un simple chascarrillo de pasillo. Es la prueba de que la “fontanera socialista” Leire Díez se sentaba con la jefa de la Guardia Civil para orquestar lo que solo puede llamarse lawfare low cost: pedirle a González que actuara contra los propios agentes que investigaban la trama de hidrocarburos. Es decir, perseguir a los que persiguen delincuentes para proteger a los que deberían estar en los calabozos. Pero no se preocupen, que Marlaska, con su habitual precisión, ya ha asegurado que “no hay nada que ocultar”. Lo mismo dijo el tendero antes de que le pillaran con la báscula trucada.
Una pregunta incómoda, señor ministro (si le queda algo de Asunción en el alma)
Termino con una cuestión que a usted, don Fernando, le producirá urticaria: ¿para cuándo esa dimisión ejemplar que nunca llegará? Antoni Asunción se fue porque un subordinado suyo huyó. Usted tiene a su directora general de la Guardia Civil reunida en secreto con la fontanera de su partido para frenar investigaciones anticorrupción. Y tras mentir descaradamente, solo recula cuando el bochorno es ya insostenible. Así que pregunto con toda la ironía que merece este sainete: ¿va a depurar a Mercedes González, sí o no? ¿O piensa seguir haciendo el ejercicio imposible de defender lo indefendible, mientras clama contra los jueces que sí hacen su trabajo? Porque una cosa es tener “falta de reflejos” y otra, muy distinta, convertir la mentira en método de gobierno. Cuando le crezcan dos dedos de dignidad, ya sabe dónde está la puerta. No se preocupe, que Asunción ya dejó el camino despejado.
Máxima para Marlaska: “La directora general debe encarnar y cumplir, por encima de toda norma, los valores éticos de la Benemérita: honor, lealtad, justicia y servicio al ciudadano, pues solo quien los vive con ejemplaridad puede exigirlos a quienes manda.”








