Sánchez, el «torero» de opereta: Cómo convertir a España en el pararrayos de Trump mientras intentas salir en los periódicos

Mar 6, 2026

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«Némesis europea», «adalid anti-Trump» o, directamente, «tonto útil de Irán». La prensa internacional ha dedicado sus mejores titulares a Pedro Sánchez, ese líder que ha descubierto que plantar cara al hombre más poderoso del mundo es mucho más rentable que explicar por qué la luz sigue por las nubes. El problema es que, en esta película, los efectos especiales los pagamos todos.

Hay dos cosas que a Pedro Sánchez le gustan casi tanto como la Moncloa: salir en los periódicos internacionales y apuntarse a cualquier causa que suene a «progresista» y «transgresora». Por eso, cuando Donald Trump decidió bombardear Irán y derrocar a un régimen que llevaba décadas ahorcando homosexuales y lapidando mujeres, el presidente español vio el cielo abierto. Por fin, una guerra lejana que no manchaba sus manos y que, además, le permitía echarle un pulso al ogro republicano.

Lo que siguió fue una obra maestra del marketing político. Sánchez prohibió a EEUU que utilizasen las bases de Rota y Morón. Lo hizo, eso sí, con la solemnidad de quien firma un tratado de paz y la convicción del que sabe que, al otro lado del charco, los tanques no van a llegar a la Castellana. Porque claro, una cosa es decirle a Trump que no, y otra muy distinta es que Trump se lo tome a broma. Y aquí, querido lector, es donde la función empieza a torcerse.

De «torero» a «tonto útil»: el brindis al sol más caro de la historia

El Wall Street Journal lo resumió con una metáfora taurina que haría sonrojar al mismísimo El Juli: Sánchez quiso jugar a ser «torero», pero en lugar de un toro bravo se encontró con Trumptauro con ganas de revancha. La maniobra, diseñada para contentar a las bases socialistas más antiamericanas y, de paso, arañar votos a Podemos, se ha convertido en un ejercicio de funambulismo internacional que pone en jaque al 30% de nuestro suministro de gas y al 5% de nuestras exportaciones .

Y mientras tanto, en la Moncloa, alguien debió pensar: «¿Y si además de torero quedamos como defensores de la libertad?». Porque lo mejor de todo es que Sánchez se ha erigido en paladín de la paz y la legalidad internacional justo en el momento en que los ayatolás huían como ratas por alcantarillas. El régimen de Teherán, ese que pagaba milicias para decapitar periodistas y que reprimía a sus mujeres con la furia de un inquisidor medieval, ha encontrado en el presidente del Gobierno español a su más inesperado aliado. Como señala el Jerusalem Post, los «antifascistas» de salón siempre encuentran la manera de llorar al dictador equivocado .

Ahora resulta que nuestro presidente es el azote de Trump, pero no tuvo ni un minuto para criticar a los que colgaban a jóvenes de las grúas. Qué cosas tiene la coherencia.

El «héroe» de salón: entre brindis y facturas

La prensa internacional, bendito sea su cinismo, también ha retratado la jugada con una mezcla de admiración y sorna. El Financial Times le dedica perfiles loando su valentía, y el Washington Post le regala titulares que en Ferraz deben enmarcar al lado de la foto con Obama. Pero luego, cuando pasas de página, te encuentras con que esos mismos medios te explican que España depende energéticamente de Estados Unidos como un niño de su chupete.

Y aquí viene lo mejor: mientras Sánchez posa de «némesis europea», las navieras americanas ya buscan puertos alternativos, los contratos de gas empiezan a oler a humo y los exportadores de vino y aceite se muerden las uñas. Pero no pasa nada, porque el PSOE ya ha hecho sus cálculos. Una encuesta interna debe decirles que el «no a la guerra» moviliza al personal. Que enfrentarse al americano da réditos. Que, total, la factura del gas llegará dentro de unos meses, y para entonces ya habrá elecciones, o una amnistía, o una mesa de diálogo, o lo que haga falta para cambiar de tema.

Sánchez, el gran estratega, ha entendido que en política lo que importa no es la realidad, sino el relato. Y el relato dice que él es el David que plantó cara al Goliat de la Casa Blanca. Lo que el relato omite es que David, en esta versión, usó la honda de sus ciudadanos para tirar piedras contra su propio tejado.

La coherencia: un concepto sobrevalorado

El remate final, el que convierte la tragicomedia en sainete, es el baile de fechas y principios. Porque a ver, nos explicamos: en Ucrania, Sánchez dijo «no a la guerra» y luego envió tanques. En Gaza, dijo «alto el fuego ya» y siguió comerciando con Israel. Y en Irán, dice «no a los bombardeos» justo cuando los bombardeos han derrocado a una teocracia sanguinaria.

Uno ya no sabe si es un pacifista convencido o un oportunista con GPS averiado. Lo que sí sabemos es que, mientras él disfruta de su minuto de gloria en la prensa anglosajona, España se juega el tipo en una pelea de la que nadie le había pedido que fuera el protagonista.

Porque esa es la gran verdad que nadie cuenta: nadie esperaba que España liderara nada. Ni la OTAN nos lo pidió, ni Bruselas nos lo exigió. Fue Sánchez, en su infinito afán de protagonismo, quien decidió que era el momento de convertirse en el azote del trumpismo. Un brindis al sol que, de salir mal, pagaremos con sobrecostes energéticos, aranceles y una relación diplomática hecha trizas.

Conclusión: aplausos, que la función continúa

Al final, lo más probable es que esto acabe como el rosario de la aurora. Que Trump se canse, que los mercados se estabilicen y que, dentro de unos meses, Sánchez salga en otra foto sonriendo al lado de quien toque. Mientras tanto, que nadie se preocupe: el presidente ya tiene su titular. El «torero» ya tiene su paseíllo. Y los españoles, como siempre, tenemos la suerte de pagar la entrada para ver la corrida desde la grada, con el riesgo de que, en cualquier momento, el toro salte la barrera.

 

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