El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra el régimen de los ayatolás no es el inicio de una guerra de agresión, sino el primer capítulo de una liberación largamente esperada. La muerte del Guía Supremo, Alí Jamenei, es una oportunidad histórica que el mundo libre no puede desperdiciar. La madrugada del sábado en Teherán marcó el fin de una era y, esperamos, el principio del fin de la tiranía.
Este sábado 28 de febrero, mientras el mundo miraba con la respiración contenida, Estados Unidos e Israel lanzaban la operación conjunta Furia Épica y León Rugiente contra el corazón del régimen iraní. La noticia, confirmada por el presidente Donald Trump, no era la de un ataque quirúrgico más, sino la de una campaña de envergadura con un objetivo claro y declarado: acabar con la amenaza del régimen y devolver el poder al pueblo iraní. Horas después, sabríamos que el líder supremo, Alí Jamenei, había sido eliminado.
En este momento crucial, España debe salir de sus ambigüedades y asumir sus responsabilidades participando en la coalición que devolverá la libertad al pueblo iraní. Frente a un acontecimiento de esta magnitud, la ambigüedad no es neutralidad; es cobardía.
El fin de una era de terror
Durante casi cinco décadas, desde el secuestro de la Revolución Islámica en 1979, el régimen de los ayatolás ha sido una de las fuerzas más siniestras y desestabilizadoras del planeta. Como bien recuerda la historia, lo que una vez fue una «estrecha amistad» con Occidente bajo el Sha, se convirtió en un pozo de odio antioccidental y antiisraelí, financiando el terrorismo a través de grupos proxy como Hezbolá y oprimiendo ferozmente a su propia población. El lema «Muerte a América» no era una simple consigna, era la política de un Estado que ha sembrado de luto a Oriente Medio y mantenido a su pueblo bajo un yugo de hierro.
La decisión de Trump y Netanyahu de actuar ahora no es un acto impulsivo. Se produce tras meses de debates internos en la Casa Blanca y, lo que es más importante, tras comprobar que la vía diplomática, una vez más, era una farsa. El régimen iraní utilizó las negociaciones sobre su programa nuclear para ganar tiempo mientras seguía desarrollando misiles y reprimiendo las protestas populares que estallaron con fuerza en enero.
Una oportunidad única para el pueblo iraní
El argumento más poderoso a favor de esta intervención no viene de Washington o Jerusalén, sino del propio pueblo iraní. Durante años, millones de iraníes han salido a las calles arriesgando sus vidas, desde la Revolución Verde hasta las recientes protestas por la muerte de Mahsa Amini, gritando «Mujer, Vida, Libertad». Han sido aplastados con una violencia atroz por un régimen que mantiene un aparato represivo de cientos de miles de milicianos basiji para ahogar cualquier atisbo de disidencia.
El presidente Trump apeló directamente a ellos: «Cuando terminemos, tomen el control de su Gobierno. Será suyo. Esta será, probablemente, su única oportunidad en generaciones». El primer ministro Netanyahu se hizo eco: «Nuestra acción conjunta creará las condiciones para que el valiente pueblo iraní tome las riendas de su destino».
Apoyar esta intervención es apoyar la voluntad de un pueblo que lleva décadas pidiendo a gritos la libertad que nosotros damos por sentada. No se trata de imponer una democracia desde fuera con tanques en las calles, como en Irak en 2003. Se trata de eliminar la tapa de hierro que impide que la olla de la libertad exprese su presión interna. Se trata de decapitar a una hidra terrorista para dar un respiro a sus víctimas.
El lamentable espectáculo de Sánchez en el Mobile
Y aquí es donde entra la responsabilidad de España, y la respuesta de nuestro presidente está siendo, sencillamente, vergonzosa. En la cena inaugural del Mobile World Congress en Barcelona, Pedro Sánchez ha ofrecido un ejercicio de equilibrismo moral que sonrojaría a cualquier observador mínimamente informado. «Se puede estar en contra de un régimen odioso como es el de Irán y estar a la vez en contra de una intervención militar injustificada, peligrosa y fuera de la legalidad internacional», afirmó el presidente.
¿De verdad se puede? ¿Se puede uno declarar opuesto a la tiranía y al mismo tiempo negarse a apoyar a quienes están haciendo algo para derrocarla? Es como decir que se está en contra de la esclavitud pero también en contra de la Guerra de Secesión americana. Es la cuadratura del círculo, la coartada perfecta para no mojarse, para no asumir riesgos, para quedarse cómodamente en la barrera mientras otros luchan y mueren por la libertad.
Sánchez llegó a acusar a Estados Unidos de amenazar al mundo con sus «bombas y aranceles» , pero omitió cualquier mención a los más de 50.000 iraníes masacrados por el régimen de los ayatolás en las últimas décadas. Su discurso fue una colección de lugares comunes sobre la «legalidad internacional» y la necesidad de «diálogo», como si fuera posible dialogar con una teocracia que ha hecho de la represión su razón de ser . Llegó incluso a afirmar que «siempre hay espacio para una solución negociada en vez de dejarse arrastrar por la solución de las armas».
Uno se pregunta: ¿con quién negocia Sánchez ahora que Jamenei ha muerto? ¿Con sus verdugos? ¿Con los mismos Guardianes de la Revolución que han ahorcado a adolescentes en plazas públicas por asistir a manifestaciones? El ministro Albares, siguiendo la misma línea, calificó el ataque de «unilateral» y aseguró que «no tiene un encaje dentro de la Carta de las Naciones Unidas». Magnífico. Mientras tanto, Alemania, a través de su canciller Friedrich Merz, declaraba que «no es el momento de dar lecciones» a sus socios estadounidenses e israelíes, y reconocía que «los llamamientos desde Europa han sido insuficientes durante años y décadas».
Ahí tienen la diferencia. Mientras Merz entiende que ha llegado la hora de la acción y no de los sermones, Sánchez se refugia en la burocracia internacional y en una supuesta superioridad moral que suena a hueca. Incluso el Rey Felipe VI, con la prudencia que le caracteriza, hizo un llamamiento a la «máxima moderación en el uso de la fuerza» y a respetar las vidas civiles , una posición que, sin ser belicista, al menos reconoce la gravedad del momento. Pero Sánchez fue más allá, incluyendo en su crítica a Venezuela y Gaza, equiparando situaciones que nada tienen que ver y demostrando una alarmante incapacidad para distinguir matices.
España debe superar sus complejos
La reacción de Sánchez, calificando la acción de «injustificada» y apelando a la «legalidad internacional», es el colmo de la miopía política. ¿Qué legalidad internacional invoca? ¿La que permite a un régimen teocrático aplastar a su pueblo durante medio siglo y desarrollar armas de destrucción masiva mientras financia el terrorismo en toda la región? España, que tanto presume de defender los Derechos Humanos, no puede quedarse al margen cuando se presenta la oportunidad de acabar con una de las dictaduras más sangrientas y longevas de la historia reciente. No se trata de un capricho: es un imperativo geoestratégico y moral. Si España no está del lado de quienes luchan contra la tiranía, ¿de qué lado está?
La eliminación de Jamenei es un punto de inflexión. Los escenarios que se abren son inciertos, sí: una lucha de poder entre los Guardianes de la Revolución y los sectores civiles, un posible vacío que podría llenar un ejército regular menos ideologizado, o el caos. Pero el statu quo, el de un Irán con capacidad nuclear y un pie en el terrorismo internacional, era sencillamente insostenible. Los líderes iraníes han entrado en «modo de supervivencia». Es el momento de asestar el golpe definitivo.
Ahora toca acompañar al pueblo iraní
Apoyar la intervención estadounidense e israelí en Irán no es belicismo; es solidaridad activa con las víctimas de la tiranía. Es entender que, a veces, la paz solo llega tras la tormenta que barre a los tiranos. Las medias tintas y las equidistancias solo sirven para perpetuar el sufrimiento.
El régimen de los ayatolás ha muerto. Sus verdugos han huido o yacen bajo los escombros. Grupos de personas han festejado la muerte del líder supremo en varias ciudades iraníes ondeando la bandera prerrevolucionaria . Ahora toca acompañar al pueblo iraní en su marcha hacia la libertad. España y Europa deben estar a la altura de su propia historia y unirse a la coalición de la libertad. La ambigüedad, en este día histórico, es una mancha que no podremos limpiar. La libertad de Irán está cerca, y no podemos fallarle.









