

Esto ya no es solo una acusación de estafa, que lo es. Esto es un presunto delito de falso testimonio, un agravante de consecuencias potencialmente graves. Laporta no acudió a declarar como un testigo colaborador, sino como un investigado que eligió la estrategia de la negación total. Una estrategia que, a la luz de los documentos, se revela como un monumental error de cálculo y, lo que es peor, como un insulto a la inteligencia de la jueza y al propio procedimiento judicial.
El doble rasero de la moral superior
Este es el mismo Joan Laporta que, desde su tribuna presidencial, se ha erigido en paladín de la «dignidad» del Barcelona, que ha criticado con dureza los manejos de directivos anteriores y que ha vendido una imagen de rectitud intachable. ¿Qué queda de esa máscara? La misma firma que avala su palabra como presidente, avala ahora su vinculación con una operación opaca que huele a timo.
Mientras exige lealtad a sus jugadores y culpa a árbitros y rivales, él se sienta en el banquillo de los investigados por estafa. Mientras pregona la transparencia, oculta su firma en un contrato que pretendía borrar. La doble moral no podría ser más obscena. El hombre que quiere ser el rostro de un club «más que un club» se retrata a sí mismo como un personaje de la peor trama de intrigas financieras.
El silencio cómplice y la credibilidad perdida
A la salida de los juzgados, Laporta, ufano, declaró que todo había «ido muy bien». ¿Qué parte de ser desmentido por un documento firmado puede ir bien? Solo en la distorsionada realidad de quien cree que su cargo le pone por encima de la ley. Luego, el silencio. El mismo silencio cómplice que ha rodeado este y otros asuntos turbios de su gestión. Un silencio que ya no es una estrategia, sino la evidencia de que no hay explicación posible.
La jueza ya no investiga solo una posible estafa. Ahora tiene sobre la mesa la prueba de que el principal investigado le mintió a la cara. La credibilidad de Laporta, en sede judicial, está destrozada. Y, con ella, la poca credibilidad institucional que le quedaba al FC Barcelona, secuestrado por los pleitos, las deudas y los escándalos de su presidente.
La hora de las consecuencias
Laporta ya no puede esconderse detrás de la camiseta del Barça. Su firma lo delata. Su palabra, ante la ley, ha quedado invalidada. Este no es un ataque mediático; es un hecho judicial probado. Un presidente que miente a un juez pierde, ipso facto, la autoridad moral para dirigir la entidad más importante de Catalunya.
La justicia seguirá su curso. Pero la sociedad, los socios y los aficionados deben hacer el suyo. ¿Es este el liderazgo que merece el FC Barcelona? Un liderazgo que firma contratos en las sombras y luego los niega bajo juramento. El contrato está ahí. La firma también. Y la mentira, por desgracia para Laporta, ha quedado grabada para siempre. Su presidencia está, a partir de hoy, firmemente cuestionada por su propia mano.









