La Gran España Transhistórica: Un Proyecto de Ingeniería Censal con Aire de Cruzada

Dic 30, 2025

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 La Gran España Transhistórica: Un Proyecto de Ingeniería Censal con Aire de Cruzada

La nacionalización  de «nietos del exilio» de la Guerra Civil

Es conmovedor, casi lírico, contemplar el fervor como el Gobierno de Pedro Sánchez se ha embarcado en la más ambiciosa arqueología legislativa desde que a alguien se le ocurrió que un decreto podía resucitar muertos. La nacionalización  de «nietos del exilio» no es un mero trámite administrativo; es un acto de alta poesía burocrática. Traer de vuelta a las almas errantes del 39, sanar heridas históricas con una firma y, oh, qué feliz coincidencia, crear un bloque de votantes republicanos. La solidaridad intergeneracional es loable, sobre todo cuando tiene código postal y está inscrita en el censo. Se llora por la diáspora y, de paso, se secan las lágrimas con papeletas.

Pero limitarse al siglo XX es de una pobreza imaginativa bochornosa. Es quedarse en la pedrea y olvidar la cantera. Afortunadamente, nuestros sabios legisladores, iluminados por el brillo de las encuestas, han mirado más allá. Han descubierto que la verdadera injusticia no empezó en la Guerra Civil, sino en 1588, cuando una tormenta bastante maleducada y unos piratas ingleses mal afeitados frustraron el sueño imperial. Aquellos bravos marinos de la Armada Invencible que lograron no ahogarse, integrándose felizmente en la vida irlandesa o escocesa durante cuatro siglos y criando a generaciones de O’Briens o MacLeods con típicos ojos azules celtas, ¡claro que anhelan en secreto su nacionalidad española! ¿Qué es la asimilación cultural frente al imán de un DNI que les permita jubilarse en la Costa del Sol? El trámite es un pequeño peaje para lavar la afrenta de la Reina Isabel I. Una victoria póstuma contra el anglicanismo y el mal tiempo.

Y aquí es donde el cinismo, perdón, la audacia histórica, alcanza su cénit. Trazar una línea arbitraria en 1939 es tan absurdo como poner puertas al campo genético. Si el principio es la «sangre española» o el «vínculo histórico», entonces la administración debe ser consecuente. Abramos el melón, no, la sandía de la genealogía universal.

Hablemos de Doña Sancha de Mallorca, 1284. Un personaje crucial para la identidad nacional del siglo XXI. Casada con un rey napolitano, con su prole ilegítima desperdigada por Tierra Santa tras unas cruzadas… Es obvio que un pastor beduino en Jordania, cuyo décimo quinto abuelo fue un vástago bastardo de Sancha, lleva en su alma el anhelo de la ortografía castellana y la declaración de la Renta. Negarle el pasaporte sería un acto de islamofobia involuntaria y, lo que es peor, de desprecio a nuestro glorioso pasado aragonés. ¿Acaso el espíritu de la Reconquista no nos exige reconquistar a esos descendientes perdidos, aunque solo sea para las europeas?

No nos olvidemos de los descendientes de los legionarios romanos nacidos en Hispania que fueron destinados a la Muralla de Adriano. ¿No merecen volver a la tierra de sus antepasados, aunque sus apellidos sean ahora Smith y hablen con acento de Newcastle? O los marineros fenicios de Gadir que naufragaron en el Báltico. Sus genes, probablemente mezclados con los de algún vikingo, claman por una subvención a la rehabilitación de fachadas en algún pueblo de Soria. Además, porque no dar la nacionalidad para los descendientes de Hernán Cortés, otorgando pasaportes con retrato incluido.

Estamos, en definitiva, ante el nacimiento de un nuevo paradigma: la España por Derecho Histórico Aplicable Selectivamente (HAS). Un país que se construye no hacia adelante, con proyectos de futuro, sino hacia atrás, con una especie de radar genealógico que busca «españolidad» perdida en los pliegues del tiempo. Un país cuyo Ministerio de Inclusión pronto necesitará una Subsecretaría de Recuperación de Descendientes Estratégicos (SRDE), equipada con equipos de ADN y algoritmos que crucen archivos parroquiales con potenciales asientos electorales.

La grandeza de un pueblo se mide por su capacidad de mirar al pasado para solucionar los problemas del presente. Y qué mejor manera de solucionar los problemas de gobernabilidad, abstención o disputas territoriales que importando ciudadanos con derechos adquiridos por hechos de armas, naufragios o líos dinásticos medievales. Es una política de Estado visionaria: mientras otras naciones se desangran en debates sobre inmigración, nosotros recuperamos la que se fue hace siglos. Es ecológico (reutilizamos sangre antigua), es justiciero y, sobre todo, es matemáticamente conveniente.

Al final, el lema de esta nueva España global y atemporal no podría ser otro: «Donde hubo fuego, quedan brasas; donde hubo un español, quedan votantes potenciales. Bienvenidos a casa, decimoterceros primos. La Seguridad Social os espera (consultar carencias).»

Opinión irónica sobre La Ley de Memoria Democrática (2022) que permite a descendientes del exilio republicano y de otros colectivos históricos solicitar la nacionalidad española.

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