De la cueva de Alí Babá a los despachos de la Moncloa: manual de (des)honestidad para profesionales modernos
Era una tranquila mañana de invierno. Mientras leía Alí Babá y los Cuarenta Ladrones, esa conmovedora historia de un pobre leñador que, tras descubrir la cueva de una banda organizada, pronuncia las mágicas palabras «Ábrete, sésamo» para apropiarse de parte de su botín, decidí hacer una pausa para leer las noticias del día. Craso error. La realidad, con su afilado sentido del humor, decidió que el siglo XXI español supera con creces cualquier ficción oriental. En el relato, los ladrones operaban desde una cueva secreta; hoy, parecen preferir ministerios, empresas públicas y sedes de partidos.
Una operación policial con más sedes que el cuento tenía ladrones
La Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil no ha tenido que buscar una cueva en las montañas. Esta semana, los agentes se personaron en el Ministerio de Hacienda, el Ministerio para la Transición Ecológica y Correos. Su objetivo: recabar documentación sobre licitaciones públicas en el marco de la denominada operación ‘Leire’. Según los informes, buscan expedientes de contratación bajo sospecha, en una investigación que dirige la Audiencia Nacional y la Fiscalía Anticorrupción. Los investigadores también han acudido a la Dirección General de Patrimonio del Estado y al Tribunal Administrativo Central de Recursos Contractuales.
Mientras Alí Babá se las ingeniaba con cuarenta cómplices, aquí las cifras bailan en millones. Se habla de una empresa familiar investigada por la UCO que, según un medio digital, habría recibido 29 millones de euros en contratos públicos de administraciones gobernadas por el PSOE desde 2018. La trama se extiende como una mancha de aceite: detenciones de expresidentes de sociedades públicas, exmilitantes socialistas y empresarios presuntamente vinculados a antiguos altos cargos. Todo ello sazonado con delitos que suenan a guión de thriller: prevaricación, malversación, tráfico de influencias y organización criminal.
Blanqueo de capitales: del oro de la cueva al oro venezolano
El cuento original tenía un tesoro en monedas y joyas. Nuestra versión moderna incluye un guion internacional digno de John le Carré. La aerolínea Plus Ultra está siendo investigada por un presunto blanqueo de dinero procedente de la corrupción venezolana, específicamente de fondos públicos de programas sociales y ventas de oro del Banco de Venezuela. La trama investigada se extiende por España, Venezuela, Suiza, Francia y Panamá. La sospecha judicial es que el dinero de un rescate público de 53 millones de euros concedido a la aerolínea durante la pandemia pudo servir para devolver «préstamos» que en realidad eran dinero ilícito que necesitaba ser lavado. Vamos, que el «Ábrete, sésamo» aquí se pronuncia ante los registros de la Comisión Nacional del Mercado de Valores y las cuentas bancarias en paraísos fiscales.
La respuesta política: del silencio de la cueva al silencio en la Moncloa
Frente a esta tormenta, la reacción del protagonista de nuestro relato nacional dista mucho de la valentía del leñador. Según algunos medios, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha congelado su agenda pública. Optó por no acudir al último pleno del año en el Congreso, y se indica que habría despejado su agenda para este fin de semana. Mientras, el líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, ha exigido un pleno extraordinario para la semana que viene, petición que, sin embargo, no será debatida debido al calendario de las elecciones en Extremadura del 21 de diciembre.
La presión no solo viene de la oposición. Los socios de investidura del Gobierno han expresado abiertamente su preocupación. Desde Podemos se ha hablado de que esto «no es una cuestión de manzanas podridas» sino de «una auténtica trama». Otros socios, como el PNV, Esquerra Republicana o EH Bildu, han mostrado inquietud, aunque con distintos matices, ante la cascada de noticias. Esta situación ha llevado a algunos a preguntarse si el Gobierno pretende «desviar el foco» hacia la campaña extremeña.
Alí Babá, un principiante con moral
Al cerrar el libro de cuentos y apagar la pantalla de las noticias, la conclusión es inapelable. Alí Babá era un simple aficionado, casi un santo comparado con algunos elencos contemporáneos. Su banda era un grupo reducido y local que escondía sus riquezas de forma casi pintoresca. No tenía acceso a fondos de rescate público, no creaba «enjambres» de sociedades para licencias, no tejía tramas internacionales de blanqueo y, desde luego, no operaba desde el corazón de las instituciones del Estado.
Él se limitó a tomar una ínfima parte de un botín que no era suyo. En nuestra realidad paralela, el relato involucra dinero público, contratos amañados y una sensación de impunidad que hace que «Ábrete, sésamo» suene a mera formalidad administrativa. Y lo más inquietante: mientras en el cuento la justicia poética acaba con los ladrones, aquí el guion lo escribe un juez de la Audiencia Nacional y el desenlace aún está por ver. El último barómetro del CIS, por cierto, situaba la corrupción como el quinto problema del país para los ciudadanos, ascendiendo varios puestos respecto a meses anteriores. Quizás la ciudadanía, a diferencia de algunos de sus representantes, no haya perdido la capacidad de asombro. Ni la memoria de los cuentos.









