San Sebastián, 29 de marzo de 1975. Amanecía como otro día cualquiera en el barrio de Intxaurrondo. José Díaz Linares, subinspector de Policía, salió de su domicilio familiar en la calle Larramendi con la rutina de quien se dirige a su trabajo. Lo que ignoraba era que un comando terrorista de ETA, compuesto por seis individuos, le acechaba a escasos metros, parapetado tras una furgoneta blanca. Entre los asesinos se encontraba Juan Paredes Manot, “Txiki”.
En cuestión de segundos, la tranquilidad matutina se quebró bajo el estallido de ráfagas de metralleta. Díaz Linares, sorprendido y sin posibilidad de defensa, cayó acribillado por nueve impactos de bala en la espalda. La brutalidad del ataque quedó marcada en el pavimento: más de cuarenta casquillos de diferente calibre, testimonio mudo de la saña y el fuego cruzado de varias armas automáticas. Desde una ventana de su propio hogar, su esposa fue testigo impotente del horror, viendo cómo la vida de su marido se extinguía en la calle.
La furgoneta robada: una hora de preparación del horror
La logística del asesinato se había puesto en marcha apenas sesenta minutos antes. Los terroristas habían robado la furgoneta, una Bedford blanca, en el barrio de Gros. Su propietario, un repartidor que en ese momento descargaba artículos de pastelería, fue sometido violentamente: lo maniataron, amordazaron, encapucharon y lo encerraron en el interior del vehículo. Convertido en un prisionero accidental, fue arrastrado al escenario del crimen mientras los etarras ultimaban su emboscada. Tras el ataque, los asesinos huyeron abandonando al hombre atado dentro del vehículo, que pudo liberarse y dar la voz de alarma.
Una vida truncada, una familia destrozada
José Díaz Linares, de 44 años, se convirtió en una víctima más de la campaña de terror que ETA desplegaba contra los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Su asesinato, frío, premeditado y ejecutado a plena luz del día en un entorno residencial, buscaba no solo acabar con un agente, sino sembrar el miedo en la comunidad y demostrar una capacidad de acción letal.
El crimen dejó una viuda traumatizada por la imagen imborrable que presenció, y una familia sumida en el dolor. Más allá de las estadísticas, su muerte representa el drama humano individual que se esconde tras cada uno de los atentados: una vida de servicio público truncada, un hogar destrozado y una herida que, décadas después, permanece abierta para los suyos.
El contexto de un año sangriento
1975 fue un año particularmente violento. El asesinato de Díaz Linares se inscribe en una espiral de acción terrorista que ETA intensificó en los últimos años del franquismo, con el objetivo de desestabilizar el régimen y aniquilar a sus representantes. La impunidad con la que actuaron aquella mañana en San Sebastián —huyendo sin ser capturados en el acto— reflejaba la dificultad de combatir una organización clandestina dispuesta a todo.
Memoria contra el olvido
Hoy, al recordar a José Díaz Linares, no se recuerda solo un nombre en una lista. Se evoca a un hombre que salió de casa para no volver, a la esposa que lo vio caer, al inocente repartidor usado como instrumento del terror y a una ciudad herida por la violencia. Su memoria exige un recuerdo nítido y sin concesiones de lo que fue el terrorismo: la negación más brutal de los derechos humanos, de la convivencia y de la propia vida.
La memoria de las víctimas del terrorismo permanece como un legado de dignidad y una lección permanente para la defensa de la libertad y la democracia.









