Bildu: De ‘lo siento mucho’ a ‘los necesitamos mucho’
Crónica de una reconciliación a la española: cuando los verdugos dan lecciones de democracia y el Gobierno descubre que ETA, en el fondo, era un problema de comunicación.
Qué bonito es el perdón. Sobre todo cuando llega justo a tiempo para conseguir escaños, presupuestos y, de paso, que te inviten a La Moncloa a tomar café. Arnaldo Otegi, ese hombre que pasó de secuestrar empresarios a secuestrar legislaturas, nos ha dado una lección magistral sobre reinvención profesional.
Hace apenas unos años, Otegi andaba ocupado en asuntos varios que ahora llamamos «error» (qué palabra tan ligera para designar balas, bombas y chantajes). Hoy, convertido en estadista, recorre los platós de televisión con la soltura de quien siempre tuvo claro que la violencia no era el camino (bueno, excepto durante esas tres décadas en las que sí lo era).
El milagro de la conversión repentina
Según cuentan las crónicas, el proceso fue así: un día Otegi se miró al espejo y dijo: «Caramba, quizás asesinar a 853 personas no era la mejor estrategia para conseguir más autogobierno«. Y acto seguido, como por arte de magia, la izquierda abertzale descubrió las virtudes de las urnas sobre las bombas.
¡Qué casualidad! Justo cuando la Policía les pisaba los talones y la sociedad vasca empezaba a plantarles cara, se les ocurrió que quizás lo de disparar por la espalda a concejales, policías nacionales, militares, guardias civiles y periodistas no quedaba bien en el currículum europeo.
Ahora Otegi nos pide que miremos hacia adelante. Es decir, que olvidemos los cadáveres y nos fijemos en sus escaños. «Lo pasado, pasado está», viene a decir, mientras las víctimas siguen visitando cementerios y los verdugos visitan el Congreso.
El Gobierno: de «nunca negociaremos con terroristas» a «¿cuántos votos necesitan?»
Y luego está el PSOE, ese partido que durante años nos explicó que con ETA no se pactaba. Ahora nos explican que, en realidad, todo era un malentendido. Resulta que no se trataba de terroristas, sino de «actores políticos» que simplemente tenían una forma «alternativa» de hacer política.
Pedro Sánchez, ese presidente que parece haber descubierto que para gobernar basta con repartir abrazos a diestro y siniestro, ha encontrado en Bildu el socio perfecto. Juntos forman esa pareja de baile que nadie sabía que necesitábamos: el que condenaba el terrorismo y el que lo practicaba.
La ecuación es simple: tú me das tus votos, yo miro para otro lado cuando coloquéis a vuestros condenados por asesinato en las listas electorales. Y si alguien protesta, le acusamos de no entender la «nueva política».
Las víctimas: esos pesados que no saben pasar página
Claro, siempre están las víctimas para fastidiar la fiesta de la reconciliación. Ellos, que se empeñan en recordar a sus muertos, que insisten en que no es lo mismo morir por una bala que por un infarto. Qué falta de empatía con los pobres terroristas que, después de todo, solo querían liberar Euskal Herria (aunque fuera cadáver a cadáver).
Consuelo Ordóñez y demás familiares de asesinados deberían entender que esto es política, queridos. No se puede estar siempre con lo mismo de «mi hermano», «mi hijo», «mi marido». Hay que pensar en el país, en los presupuestos, en la gobernabilidad. ¿Acaso no entienden que es más importante investir a un presidente que recordar a un muerto?
Otegi lo ha dicho claro: siente «de corazón» el dolor causado. Y nosotros le creemos, por supuesto. Igual que creemos que los toros se van a Méjico por la Vuelta Ciclista o que en verano hace calor.
La España de Sánchez, país de pandereta
Así estamos, amigos. En el país donde los terroristas de ayer dan lecciones de democracia hoy. Donde el Gobierno premia con leyes de amnistía a quienes intentaron romper el Estado. Donde las víctimas son los malos por no perdonar y los verdugos son los buenos porque… bueno, porque tienen votos.
Moraleja: si quieres que te reciban en La Moncloa, no hace falta tener razón. Basta con tener escaños. Y si para conseguirlos tuviste que dejar un reguero de sangre… bueno, eso ya son detalles que solo interesan a gente amargada.
¡Larga vida a la nueva política! Donde el pasado solo importa cuando conviene y donde la memoria es selectiva, especialmente selectiva.









