El fuego como cortina de humo y la DANA como memoria incómoda
El curso político se extingue, no con un balance de logros, sino entre cenizas. Pero no son las cenizas del debate parlamentario ni las de una legislatura agotada: son las de los bosques que arden cada verano con puntualidad británica. Y, como por arte de birlibirloque, aparece Pedro Sánchez. No llega como presidente del Gobierno, sino como un bombero de película: gesto grave, camiseta técnica y un discurso que parece ensayado frente al espejo mientras se pone el chaleco reflectante.
El problema no es que acuda a las zonas incendiadas. El problema es que convierte el fuego en su mejor aliado político. Porque cuando las llamas se elevan, también lo hace su relato. Y cuando el humo lo envuelve todo, resulta más fácil esconder la debilidad parlamentaria, la inestabilidad de sus socios y unas encuestas que no invitan al optimismo. Sánchez ha encontrado en la emergencia climática el enemigo perfecto: no vota, no pacta y, sobre todo, no le exige explicaciones.
El pacto de Estado que siempre llega tarde
Con la solemnidad de un líder que se sabe en horas bajas, el presidente clama por un «pacto de Estado» frente a los incendios. Una propuesta tan etérea como el propio humo, que suena a brindis al sol mientras las comunidades autónomas —muchas de ellas gobernadas por el Partido Popular— se desgañitan pidiendo medios que, casualmente, dependen del Gobierno central.
Es la esencia del trilerismo político: ofrecer soluciones mágicas y abstractas para el futuro mientras se esquiva la gestión concreta del presente. Pero, ojo, que el presidente no viene con las manos vacías. Anuncia ayudas, beneficios fiscales y extensiones de cuotas a la Seguridad Social para los afectados por los incendios. Suena bien, ¿verdad? Parece que el Gobierno reacciona con rapidez y sensibilidad.
La memoria selectiva del presidente: la DANA no arde, pero duele
Sin embargo, conviene echar la vista atrás. No hace tanto, la DANA que asoló la Comunidad Valenciana, así como a zonas de Aragón, Castilla-La Mancha, Andalucía y Cataluña, y dejó un reguero de destrucción, viviendas anegadas, negocios arruinados y familias enteras que perdieron todo lo que tenían. Entonces, Sánchez también prometió ayudas. También compareció con gesto grave. También habló de reconstrucción.
Pero los afectados por la DANA aún esperan. Esperan esas mismas ayudas fiscales. Esperan esas mismas extensiones de cuotas a la Seguridad Social. Esperan que alguien, desde La Moncloa, recuerde que su tragedia no se apaga con el cambio de estación. Mientras tanto, el presidente ha cambiado de desastre favorito: el fuego vende más, se ve mejor en prime time y permite hablar de «emergencia climática» en lugar de «gestión negligente de infraestructuras».
La comparación resulta tan cruel como reveladora: para Sánchez, no todas las catástrofes merecen la misma urgencia. Depende de la cobertura mediática, de la foto oportuna y, sobre todo, de si la tragedia puede servir para cerrar el curso con una imagen de liderazgo o para abrir otro frente incómodo. La DANA ya no interesa porque es pasado; los incendios, en cambio, son el presente perfecto para el relato.
El enfrentamiento como combustible
Y, como no podía ser de otra manera, la tragedia se convierte en trinchera. El PP acusa de dejadez; el Gobierno responde con descalificaciones. Los ciudadanos, mientras tanto, miran al cielo esperando que llueva o que, al menos, los políticos dejen de usar el fuego como arma arrojadiza.
Sánchez se aferra a los incendios como un náufrago a una tabla, pero su habilidad de trilero le permite jugar con tres barajas a la vez: la emergencia climática, el pacto de Estado y el agravio comparativo que él mismo alimenta al ignorar a los damnificados de la DANA. El curso se cierra, sí, pero no con un balance, sino con una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el fuego se apague? ¿Volverá a acordarse de los que aún esperan? ¿O buscará otra cortina de humo para seguir escondiendo su debilidad?
Porque, en el fondo, el único fuego que realmente le preocupa a Sánchez no es el que arrasa bosques, sino el que podría quemarle a él en las próximas citas electorales. Y mientras tanto, que arda el monte, que ya encontraremos un chaleco para la foto.








