Robles, el espejo en el que no quieres mirarte
Y aquí llega el momento más sonrojante de la función. La ministra Margarita Robles, se ha negado a aplaudir. ¿Y qué ha hecho el séquito de lameculos de Sánchez? Pues atacarla, como no podía ser de otra manera. Porque en este régimen, la lealtad se mide por la capacidad de aplaudir las mentiras del jefe.
Robles, que tuvo la osadía de decir » El CNI advirtió de la entrada en Ceuta un día antes», ha sido puesta en la picota por decir la verdad. Y Sánchez, con su característica mezquindad, la ha ninguneado en público. Porque en el universo sanchista solo hay sitio para los acólitos miserables del PSOE que repiten el evangelio según Pedro, no para los que recuerdan que existe un manual de mínima decencia política.
El gesto de Robles al no aplaudir es el único acto de dignidad que ha visto este hemiciclo en meses. Pero no le cantemos loas demasiado alto, no vaya a ser que su jefe la castigue con un traslado a la embajada de Pekín para que aprenda a ser sumisa.
Justicia: ese concepto que Sánchez desprecia
Ahora vayamos a lo gordo. ¿Dónde está la justicia? ¿Qué hay de los informes que demuestran que el ejército marroquí no solo no impidió la entrada, sino que facilitó el paso? ¿Qué hay de los testimonios fotográficos y de los propios inmigrantes que aseguran que la gendarmería les abrió el camino? ¿Qué hay del hecho evidente de que era un castigo, un chantaje, un aviso a navegantes?
No habrá justicia, claro. Porque Sánchez es el jefe de los fiscales, de los jueces, de todo el tinglado que él mismo ha diseñado con la complicidad de sus socios populistas, los descendientes de ETA y los independentistas. No habrá justicia porque si la hubiera, este sujeto debería ser imputado por prevaricación, por traición a la patria y por cobardía. Y no habrá justicia porque la ciudadanía está anestesiada, entre el y tú más y la bronca mediática, mientras el verdadero debate—el de la soberanía vulnerada—se diluye como un azucarillo en un café de la Moncloa.
La Fiscalía, que debería actuar de oficio ante las evidencias, mira para otro lado. El Tribunal de Cuentas, que debería investigar el dispendio de fondos para repatriar a los invasores, está más preocupado de las dietas de los diputados. Y el Tribunal Constitucional, pues bueno, ya sabemos lo que pasa cuando el Gobierno controla los nombramientos.
El estraperlo más sucio de la democracia
Porque esto no es un error diplomático, señores. Esto es un negocio. Mientras Sánchez se arrodilla ante Rabat, las empresas españolas siguen haciendo su agosto en Marruecos. El gas, la pesca, las infraestructuras… todo eso está en juego. Y el presidente, fiel a su estilo, prefiere vender la dignidad de un país entero antes que perder un contrato millonario para una multinacional con amigos en el PSOE.
Es el estraperlo de pacotilla más grande de la historia de la democracia. Pero con una diferencia: el estraperlo de posguerra era de tabaco y alimentos; este es de soberanía nacional. Y el beneficiario no es un contrabandista de barrio, sino un presidente del Gobierno que ha convertido el cinismo en arte y la mentira en método de gobierno.
80.000 invasores, 100 muertos, una frontera violada, y el presidente felicitándose por su «gestión excelente». Yo ya no sé si esto es política o es un capítulo de «El Ministerio del Tiempo» pero en versión distopía. Lo que sí sé es que cuando un dirigente es capaz de mirar a los ojos de sus conciudadanos y mentirles con esta desvergüenza, lo que está diciendo es: «sois tontos, os tomo por imbéciles, y además me da igual».
El problema es que, a este paso, va a conseguir que tenga razón. Pero no porque los españoles seamos tontos, sino porque estamos cansados de un sistema que permite que este personaje siga en la Moncloa vendiendo la patria por cuatro perras y un aplauso en Bruselas.
Sánchez no es un incompetente; es un traidor. Y la traición, en cualquier país medianamente serio, se paga con cárcel. Pero aquí, en esta España nuestra donde el PSOE ha secuestrado las instituciones, el traidor es premiado con una moción de confianza y una alfombra roja en La Moncloa. Así nos va. Así nos irá. Y mientras tanto, el rey de Marruecos se ríe de nosotros con un buen té con hierbabuena. Y el presidente de España le sirve la segunda taza.








