El estratega del caos
Hay momentos en la historia de una nación en los que el ruido de la trinchera impide ver el precipicio. España, acostumbrada a las dicotomías, ha sobrevivido a guerras civiles, a dictaduras y a golpes de Estado. Pero ninguna de aquellas amenazas externas hizo tanto daño a la fibra interna de la democracia como la que hoy ejerce, desde la Moncloa, quien debía ser su máximo garante. Pedro Sánchez no es un presidente controvertido; es, a mi juicio, el personaje más siniestro que ha ocupado la primera línea de la política española, no por lo que dice, sino por lo que ha normalizado: la podredumbre del método.
La semilla del odio como herramienta de gobierno
Su siembra de odio y división no ha sido un daño colateral de la política, sino la semilla deliberada de su estrategia. Durante años, el PSOE presumió de ser el partido de la concordia, la bisagra que unía las dos Españas. Sánchez ha convertido esa bisagra en una cuchilla. Su discurso no busca convencer, sino humillar; no aspira al diálogo, sino a la aniquilación moral del adversario. Al llamar «fascista» a todo aquel que discrepa, al equiparar a la oposición constitucional con los herederos del franquismo, ha conseguido que la política deje de ser el arte del acuerdo para convertirse en un ring de boxeo sin árbitro. Y en ese ring, él ha sido el primero en saltarse todas las reglas.
La mentira institucionalizada
Esa política diabólica, concebida exclusivamente como un instrumento para alcanzar el poder y conservarlo a cualquier precio, ha terminado por devorar los cimientos de la verdad. Cuando la mentira se institucionaliza, la realidad se vuelve maleable. Hemos visto a un presidente negar con rotundidad lo que al día siguiente firmaba en un BOE. Hemos escuchado promesas que se desvanecían en el mismo aliento en que eran pronunciadas. Pero lo grave no es el electoralismo; lo grave es la ausencia de pudor. Sánchez ha gobernado como si la verdad fuera un estorbo y los hechos, meros accesorios de un relato que él mismo se encarga de escribir y reescribir cada mañana. Esta es la peor de las corrupciones: la corrupción del entendimiento, la que convierte el debate público en un lodazal donde ya no se distingue lo cierto de lo interesado.
Pactos que manchan la Constitución
Y sin embargo, el colmo de esta deriva no está en sus palabras, sino en sus pactos. La amnistía no es un indulto, es una reescritura de la legalidad hecha a medida para salvar un proyecto de poder. Negociar con Bildu no es tender puentes, es blanquear el brazo político del terrorismo a cambio de unos votos que sostengan una investidura. Pero, ¿qué es un caudillo moderno sino aquel que se siente por encima de la ley porque cree representar la «voluntad popular» por encima de las instituciones? Sánchez ha ejercido un caudillismo disfrazado de progresismo, donde el fin justifica los medios y donde el desprecio a la separación de poderes se ha vuelto moneda corriente. La ley ya no es el límite; es el botín.
La impunidad como sistema
La ausencia de responsabilidad política es el síntoma más evidente de este declive. Un político responsable asume el error y rectifica. Sánchez, en cambio, se ha erigido en el gran impune de la democracia. Su estrategia es la del «y tú más», la del embudo que todo lo justifica. Ha convertido la irresponsabilidad en un arte, sabiendo que su electorado, atrapado en la trinchera del miedo al retroceso, le aplaudirá cualquier decisión, por descabellada que sea.
La peor corrupción: la del alma cívica
Amnistía, Bildu, caudillismo, desprecio de la verdad, ausencia de responsabilidad política. Esa es la peor corrupción de Sánchez. No es la corrupción del dinero, que también la hay; es la corrupción del alma cívica. Es la que destruye la confianza en el sistema, la que vacía de contenido las urnas y la que hace que los ciudadanos, cansados de tanta bajeza, terminen por creer que todos los políticos son iguales. Pero no lo son. Nunca lo fueron. Lo que ocurre es que Sánchez ha logrado bajar el listón ético hasta un punto tan profundo que la mediocridad parece virtud y la tiranía de la minoría, democracia.
El abismo y la hoguera
España necesita recuperar el sentido de la realidad, volver a creer en la verdad como pilar común y rescatar la política del lodazal donde este presidente la ha sumergido. Mientras tanto, observamos con estupor cómo el péndulo de la historia, roto por la demagogia, se balancea al borde del abismo. Y en ese abismo, el rostro de la política española es el de un hombre que, en su afán de perpetuarse, ha decidido quemar la casa para ser el único bombero.








