Cuando la ignorancia y el fanatismo es la única flor que florece en Moncloa
El jardín de la política española sigue ofreciéndonos especies botánicas de lo más variopintas, pero ninguna tan resistente como la variedad Pedrosánchezensis mentalis, una planta trepadora que se agarra al poder con la fuerza de cien pulpos y que, cuando se le señalan sus espinas, responde con un estribillo que ya corean hasta los niños en los patios de los colegios: «No sabía nada, no los conozco, confío en ellos, son inocentes». Cuatro coletillas que, como los mantras de una secta, han sustituido a cualquier atisbo de programa político o coherencia ideológica. Y lo más fascinante es que funciona. Cada vez que el líder socialista suelta una de estas perlas, sus fieles palanganeros, esos que parecen haber bebido del agua del olvido selectivo, le aplauden con la devoción de un coro de autómatas poseídos por el espíritu de la desmemoria.
El decálogo de la desmemoria sanchista
Cuando los periódicos amanecen con un nuevo escándalo que salpica a su partido —ya sea el caso Koldo, el caso Begoña, el caso Cerdán, el caso Leire, el caso de la SEPI, la financiación irregular, o las joyas de Zapatero, por citar solo algunas de las más de 150 causas judiciales que persiguen a miembros del PSOE desde que Sánchez llegó a la Moncloa—, el presidente activa su protocolo de emergencia, que consta de cuatro fases perfectamente ensayadas:
Fase 1: La negación. «No sé nada de eso», dice con esa mirada de niño sorprendido con la mano en el bote de galletas, como si la información filtrada por la UCO, la UDEF o la Fiscalía Europea fuera un bulo de la caverna mediática. Esa misma UCO que, por cierto, él mismo ha puesto en el punto de mira al permitir que su directora de la Guardia Civil investigue a sus propios agentes por hacer su trabajo . Pero no, él no sabe nada. Nunca sabe nada. Es el presidente más despistado de la historia de la democracia, un hombre que gobierna España pero que parece vivir en una burbuja de información teledirigida donde solo entran las noticias que le convienen.
Fase 2: La distancia estratégica. «No los conozco personalmente». Aunque el presunto corrupto de turno haya sido su ministro, su asesor, su número dos en el partido, su socio de viajes, su compañero de cenas en Ferraz o, incluso, su hermano y su mujer. Tiene una memoria prodigiosa para olvidar rostros. Es el arte de la amnesia selectiva, elevado a la categoría de deporte olímpico. Si uno repasa la lista de imputados, investigados o condenados del PSOE en los últimos años, podría llenar el aforo del Santiago Bernabéu, pero Sánchez ni los conoce. Es como si hubiera gobernado siempre solo, rodeado de fantasmas.
Fase 3: La fe ciega. «Confío plenamente en ellos». Una declaración de principios que suena a sentencia irrevocable, como si fuera el Papa de la izquierda otorgando la bendición apostólica a sus cardenales, aunque estos estén siendo investigados por la Audiencia Nacional. Confía en el ministro que ocultó información, confía en la directora de la Guardia Civil que presuntamente obstruyó la justicia, confía en el empresario que financió su partido a través de comisiones ilegales. Confía, confía, confía. Esa confianza es la única moneda de curso legal en su gobierno, una moneda que, curiosamente, siempre se devalúa cuando los jueces empiezan a dictar sentencias.
Fase 4: La declaración de inocencia perpetua. «Son inocentes hasta que se demuestre lo contrario». Un principio jurídico que, en su boca, se convierte en una pataleta de niño consentido que se niega a aceptar que su juguete favorito está roto. Inocentes aunque las pruebas sean abrumadoras, aunque los correos electrónicos revelen tramas, aunque los informes policiales describan operaciones de encubrimiento, aunque los WhatsApp borrados hablen por sí solos. Inocentes, siempre inocentes. Y si finalmente la justicia demuestra su culpabilidad, entonces el problema no es el corrupto, sino el juez que lo ha condenado, el fiscal que lo ha acusado o el periodista que lo ha destapado. La culpa siempre es de otro. De la «campaña del fango», del «lawfare», de la «derecha mediática» o de las «cloacas del Estado». Nunca de quien ha delinquido.
Los palanganeros: un estudio de caso sobre la posesión democrática
Pero lo realmente sobrecogedor de este espectáculo no es el propio Sánchez, que ya ha demostrado ser un maestro en el arte de la supervivencia y del cinismo; lo sobrecogedor son sus seguidores. Esos que, cada vez que su líder suelta una de sus cuatro frases mágicas, saltan como resortes para aplaudirle con la energía de un público de telepredicador que acaba de recibir la promesa de salvación eterna. Les da igual que el día anterior Sánchez afirmara categóricamente una cosa y que al día siguiente la desmienta con la misma contundencia. Les da igual que los informes de la UCO demuestren que su partido ha orquestado campañas de desprestigio contra jueces y fiscales. Les da igual que el hermano de su presidente haya sido imputado, que su mujer esté siendo investigada, que su ministro de Transportes esté condenado, que su directora y el DAO de la Guardia Civil estén citada por prevaricación. Les da igual. Ellos aplauden.
¿Qué les pasa? ¿Están poseídos? ¿Han sido víctimas de algún tipo de lavado de cerebro colectivo? ¿Acaso el eslogan «España avanza» es en realidad una fórmula hipnótica que anula la capacidad crítica? Observar a los palanganeros sanchistas en acción es como asistir a una convención de seguidores de un gurú que les promete la felicidad eterna a cambio de su total sumisión intelectual. Si Sánchez dice que el cielo es verde, ellos asienten y buscan argumentos para demostrar que el azul es un invento de la derecha. Si Sánchez defiende a un condenado por corrupción, ellos salen a la calle a gritar que es una víctima del sistema. Si Sánchez miente descaradamente ante el Congreso, ellos tuitean que es «la verdad más incómoda para la oposición».
Este síndrome de Estocolmo político ha alcanzado cotas patológicas. Los palanganeros ya no discuten los hechos; discuten la legitimidad de quien los presenta. No rebaten los informes judiciales; desacreditan a los jueces. No exigen responsabilidades; exigen lealtad al líder. Se han convertido en una suerte de ejército de la desmemoria, un batallón de voluntarios que se han autodesignado defensores de un hombre que les ha demostrado, una y otra vez, que es un mentiroso compulsivo. Porque no hay otra forma de llamarlo: un mentiroso compulsivo. Alguien que ha hecho de la falsedad su principal herramienta de gobierno, que ha construido su relato sobre cimientos de arena y que, cuando estos se derrumban, simplemente los vuelve a levantar con la misma mentira, pero con más énfasis.
El mentiroso compulsivo y el espejismo de la rosa
Y aquí es donde el asunto adquiere su dimensión más trágica. Sánchez no miente por necesidad, miente por naturaleza. Es como ese cardo borriquero que nos han vendido como rosa durante años: su esencia es engañar. Prometió que no iba a indultar a los golpistas catalanes y los indultó. Prometió que no iba a pactar con los herederos de ETA y pactó. Prometió que la ley del «solo sí es sí» no iba a rebajar condenas a violadores y las rebajó. Prometió que su mujer no tenía negocios opacos y resulta que sí. Prometió que su gobierno era el de la regeneración democrática y lo que ha traído es el mayor catálogo de casos de corrupción de la democracia, con más de 150 causas abiertas contra miembros de su partido, más de 40 condenados entre ellos su fiscal general y su número dos, y un número creciente de investigados que incluye a su esposa, su hermano, ministros, asesores, alcaldes, empresarios amigos y, ahora, los máximos responsables de la Guardia Civil.
Cuando el presidente de un país utiliza el término «lawfare» para desacreditar a los jueces que investigan a su entorno, está diciendo mucho más de lo que parece. Está admitiendo, sin decirlo explícitamente, que su proyecto político solo se sostiene si el Estado de derecho se doblega a sus intereses. Que la separación de poderes es un incordio, que la independencia judicial es un estorbo, y que la libertad de prensa es un enemigo. Está construyendo, ladrillo a ladrillo, una narrativa en la que él es la víctima y el resto del sistema, los verdugos. Es el cuento de la buena de la izquierda perseguida por las malvadas derechas, aunque los que investigan sean jueces progresistas y las pruebas sean irrefutables.
El cardo que no da sombra
La metáfora del cardo borriquero se agota en su propia mezquindad. Porque el cardo, al menos, tiene la honestidad de ser lo que es: una mala hierba que pincha y estorba. El PSOE de Sánchez, en cambio, se ha disfrazado de rosa durante décadas para ocultar sus espinas. Nos han vendido una flor para entregarnos un cardo, y cuando hemos protestado por el pinchazo, nos han dicho que éramos nosotros los que no sabíamos cogerla. Pero ya no cuela. La rosa se ha marchitado, los pétalos se han caído, y lo que queda a la vista es la planta espinosa y yerma que siempre fue.
Sánchez, rodeado de su coro de palanganeros poseídos, sigue repitiendo su letanía: «No sabía nada, no los conozco, confío en ellos, son inocentes». Y mientras tanto, la justicia sigue su curso, los informes se acumulan, los jueces citan a declarar, y los ciudadanos asisten atónitos a este espectáculo de degradación institucional. ¿Cuántas veces más tendrá que decir que no sabía nada? ¿Cuántos «no los conozco» tendremos que escuchar? ¿Cuánta confianza ciega y cuántas declaraciones de inocencia perpetua vamos a tolerar?
Llegará un día, quizás, en que el jardín de las delicias socialistas sea desbrozado por completo y, entre las malas hierbas, los cardos y los restos de rosas podridas, aparezca la verdad. O quizás no. Quizás los palanganeros sigan aplaudiendo, los jueces sigan investigando, y Sánchez siga mintiendo, en un bucle infinito que solo terminará cuando el propio sistema colapse por el peso de tanta corrupción y tanta mentira. Mientras tanto, la rosa que nunca fue rosa sigue ahí, clavando sus espinas en la democracia, y sus defensores, esos pobres ilusos poseídos por la fe en el mesías de Ferraz, siguen aplaudiendo como si el mundo se fuera a acabar si dejan de hacerlo. Porque para ellos, el cardo borriquero no es un cardo: es la flor más hermosa del jardín. Y esa es, quizás, la mentira más trágica de todas.








